Querido señor Rector y formadores del Seminario,

Queridos seminaristas, familiares y amigos;

Hermanos y hermanas:

La solemnidad de san José Esposo de la  bienaventurada Virgen María llena de gozo a la Iglesia, que ve en el santo patriarca el varón justo bajo cuya custodia quiso el Señor, en su designio de salvación colocar a su Hijo, nacido según la carne de la estirpe de David, de la Virgen María.

La Iglesia se sabe puesta, al igual que la familia de Nazaret bajo la fiel custodia de san José, patrono de la Iglesia y aquel a quien la Iglesia ha encomendado la promoción y conservación de las vocaciones sacerdotales.  Ayer admitíamos tres nuevos candidatos a las sagradas Órdenes y hoy el Señor nos concede instituir en el ministerio del Lectorado a dos seminaristas más y en el del Acolitado a otros tres.  Así, pues, reciben hoy cinco seminaristas los ministerios llamados también laicales, porque también pueden ser desempeñados por los laicos, si bien esta recepción es preceptiva para los candidatos a las sagradas Órdenes, como un paso más gradual y progresivo en su preparación para recibir un día la sagrada ordenación, primero como diáconos y luego, llegados a la meta de su recorrido vocacional, como presbíteros de la Iglesia.

Conviene recordar que la institución en los ministerios, aunque no constituye la recepción de un sacramento, es un rito sacramental, que consiste en la bendición que sobre aquellos que los reciben. Una bendición pronunciada por el Obispo, quien suplica a Dios conceda a estos nuevos ministros desempeñar su cometido con acierto y dedicación para edificación del pueblo de Dios. Toda la comunidad ora por los elegidos y éstos reciben como parte de la colación del rito sacramental aquello que constituye la razón de cada uno de estos ministerios: en el caso del lector, el libro de las sagrada Escritura; y en el caso del acólito, el copón o la píxide con el pan o bien el cáliz con el vino que han de ser consagrados en la celebración eucarística.

Recordemos además que fue el Papa Pablo VI quien reordenó la colación de estos ministerios, antiguamente llamados “órdenes menores”, pero que nunca fueron consideradas participación del sacramento del Orden. El Papa, en la Constitución apostólica Ministeria quaedam, del 5 de agosto de 1972, consideró la contingencia histórica de estos ministerios, en la medida en que son de institución eclesiástica, pues siempre y fueron concebidos para un mejor servicio de la proclamación y enseñanza del Evangelio y de la  acción litúrgica de la asamblea eclesial. Las antiguas órdenes menores fueron diversas: el ministerio  del ostiario, cuya función consistía en ejercer de conserje de la iglesia y custodio del orden en su interior, con la responsabilidad de la apertura y cierre de la iglesia y el toque de campañas; y los ministerios del lectorado y acolitado, a las que se añadía el ministerio del exorcista y el subdiaconado. Por lo demás estos ministerios sólo se conferían a clérigos, después de la recepción de la primera clerical tonsura. Si la función del ostiario cayó en desuso, asumiendo sus funciones el sacristán, que asimismo se ocupó de otras funciones que correspondían a estas órdenes, el ministerio del exorcista, una vez reformado el rito, lo confía el Obispo a presbíteros experimentados. El encargo para realizar el exorcismo lo ha de confiar el Obispo diocesano “a un sacerdote piadoso, docto, prudente y con integridad de vida y preparado para este oficio específicamente” (Praenotanda al nuevo Ritual de exorcismos, n.13).

Las funciones del subdiácono han sido confiadas a lectores y acólitos, particularmente a estos últimos, a los que puede denominarse «subdiáconos» cuando así lo dispusiera la Conferencias episcopal de un país por razón de la tradición litúrgica. Es verdad que el subdiáconado fue contado entre las órdenes mayores e incluso fue considerado por algún teólogo medieval (Pedro el Cantor: PL 205, 184), pero aun cuando se confería previo el canto de las letanías y fueron embellecidas sus funciones mediante vestiduras sagradas propias (amito, manípulo y tunicela), el subdiaconado no fue considerado en sentencia común como sacramento, ya que nunca tuvo ni imposición de manos ni prefacio consecratorio, elementos constitutivos del Orden sacramental.

Hemos querido recordar los elementos descriptivos de estos ministerios, para ayudar a comprender mejor su naturaleza y función, y poder establecer la diferencia entre estos ministerios y el Ministerio ordenado como tal. Sin embargo, la Iglesia entiende que la recepción por los seminaristas de estos ministerios contribuye decisivamente a su misma preparación para el ejercicio de las funciones sacerdotales. Así lo establecía el siervo de Dios Pablo VI en la mencionada constitución: “Los candidatos al diaconado y al sacerdocio deben recibir, si no los recibieron ya, los ministerios de lector y de acólito, y ejercerlos por un tiempo conveniente, para prepararse mejor a los futuros servicios de la palabra y del altar” (Ministeria quaedam, norma XI).

Damos gracias a Dios porque de los seminaristas que hoy reciben estos ministerios podremos admitir más adelante a la ordenación de diaconaos a quienes avanzan paso a paso hacia la ordenación de presbíteros. Los ponemos bajo la fiel custodia de san José, el esposo castísimo de la Virgen María, “el administrador fiel y prudente a quien el Señor ha puesto al frente de su familia, para que reparta la ración de alimento a sus horas” (Lc 12,42: antífona de entrada en la solemnidad de S. José). San José encarna en su vida y ministerio aquella divina procura por su Hijo humanado mediante la cual Dios, en su designio de salvación, puso en manos de un varón justo, de un varón creyente, en quien adelantó la imagen del esposo consagrado a su familia: la misión y ministerio que confió a su propio Hijo para que fuera el verdadero esposo de la Iglesia, congregación y familia de los hijos de Dios.

Con toda razón y lógica bíblica, la liturgia de la palabra de la solemnidad que celebramos recoge, en la primera lectura, la crónica del segundo libro de Samuel, para afirmar que José es el canal por donde corre la sangre de David, el padre de la estirpe de la que nacería de la Virgen María  el verdadero Hijo y heredero de David, a quien el rey padre del Mesías llamaría su Señor siendo su propio hijo (cf. Mc 12,35-37; Hech 2,14). Después, en la segunda lectura, es la carta de san Pablo a los Romanos, la que recuerda que la descendencia de David llega hasta Jesús mediante la fe que hizo de Abrahán padre de los creyentes, la fe que hizo de José, situado en el horizonte de Abrahán, el varón creyente, por cuya confianza en la acción divina acogió en su casa a María superando el reparo y la duda ante el misterio de su embarazo y consiguiente maternidad. Es la  fe hizo de José transmisor, por designio divino, del nombre de David al Mesías e hijo de David, Jesucristo nuestro Señor.

Que esta misma fe de José alimente vuestra vocación, queridos seminaristas, para que superando las dudas y la atracción que sobre vosotros pueda ejercer una vida consagrada por valores legítimos, seáis capaces de aquella renuncia que os capacitará para seguir a Cristo en estrecha comunión de amistad con él, asociados a su ministerio de salvación. No fue fácil tampoco para María y José comprender la entrega de Jesús a este ministerio, al cual quiere el Señor asociaros. Ellos le buscaron desconcertados en la peregrinación a Jerusalén entre parientes y amigos, pero sólo llenos de desolación lo encontraron en el templo entre los doctores y maestros de la ley, y les tocó escuchar de labios de Jesús todavía niño aquellas desconcertantes palabras: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2,49).

También hoy los padres experimentan el tirón de la separación de sus hijos vocacionados que desean ingresar en el Seminario. Es natural que sea así, sobre todo en un tiempo en que, por una parte, son escasos los hijos, y por otra, resulta difícil el seguimiento de Jesús en una sociedad tan hondamente marcada por el principio de lo placentero, y por el bienestar de una vida que se quiere exenta de sacrificios y de renuncia; y al mismo tiempo profundamente influida como está la sociedad por una cultura agnóstica y roma para la percepción de los valores trascendentes y la apertura al sentido y al destino sobrenatural de la vida humana.

Hoy le pedimos a la sagrada Familia de Jesús, María y José que velen sobre la vocación sacerdotal de nuestros adolescentes y jóvenes, y que custodien el tesoro que llevan en vasijas de barro, para que del semillero del Seminario de hoy podamos contar con los sacerdotes de mañana que tanto necesitamos y a los que Cristo ha querido asociar a su obra redentora.

Lecturas bíblicas: 2 Sam 7,4-5a.12-14a.16

                         Sal 88,2-5.17 y 29

                         Rom 4,13.16-18.22

                         Lc 2,41-51a

Capilla Mayor del Seminario Conciliar

19 de marzo de 2011

Solemnidad de San José

                                                        + Adolfo González Montes

                                                          Obispo de Almería

 

 

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