Muy Rvdo. P. Provincial y hermanos sacerdotes;

Padres de la Compañía de Jesús y diocesanos; y

familiares y amigos del P. Carlos.

Queridos hermanos y hermanas:

El fallecimiento inesperado del P. Carlos Huelin deja al presbiterio de la Iglesia diocesana y a la Compañía de Jesús sin un sacerdote muy amado por los fieles. Sucede su muerte como un aldabonazo en nuestras conciencias, haciéndonos pensar en el misterio de la vida humana, que contra la manera de pensar de los hombres sólo a la luz de su término, de su consumación en Dios encuentra explicación y sentido pleno. Las palabras de san Agustín resuenan una vez más en nuestro interior: «Nos hiciste, Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti».

Es san Pablo el que nos da la clave de este pensamiento agustiniano: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor» (Rom 147-8). Lo que afirma san Agustín lo encontramos en san Pablo, y se resume en que somos pertenencia del Señor, de suerte que en todo momento y circunstancia, “en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hech 17,28). No nos pertenecemos a nosotros mismos, como advierte el Apóstol: “¡Habéis sido comprados!” (1 Cor 6,20). Esta compra divina es rescate por el cual Dios ha pagado el precio de la sangre de su Hijo, como lo recuerda san Pedro a los primeros cristianos: “Habéis sido rescatados (…) no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de Cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo” (1 Pe 1,18-19). Venimos de Dios y a él vamos, porque Cristo, cuando estábamos “muertos por nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo” (Ef 2,5). Somos, pertenencia “de Cristo y Cristo de Dios” (1 Cor 3,23).

El hombre no lo sabe y es culpable de no saberlo, por muchas excusas que quiera poner ante sí mismo y acallar su propia conciencia con unos u otros eximentes, como nos lo recuerda la doctrina sobre la revelación divina. Hay pocos pasajes del Nuevo Testamento tan críticamente radicales, como el pasaje de la carta a los Romanos dirigido contra la soberbia de la vida y la manipulación de Dios por el interés del hombre en afirmarse a sí mismo, por vivir para sí mismo sin la molestia de Dios. Es el conocido pasaje en el que el Apóstol, cuando afirma que los hombres, actuando como si de hecho pudieran argumentar que razonablemente no conocen a Dios, creyéndose sabios se tornaron, en verdad, con toda certeza necios, porque Dios se ha dado a conocer y el desconocimiento de Dios sólo es atribuible a la culpa del hombre (cf. Rom 1,20-23).

El ser humano atenazado por el pecado cabalga sin remedio sobre la soberbia de la vida y olvida la finitud de la misma y su condición mortal. Por eso, la liberación viene de la fe que confiesa que sólo Dios es Dios. Las palabras del salmista nos exhortan a no confiar en el poder humano, porque todos, incluidos los príncipes son “seres de polvo que no pueden salvar; / exhalan el espíritu y vuelven al polvo, / ese día perecen sus planes” (Sal 146,3-4), por el contrario,  es será dichoso aquel “a  quien auxilia el Dios de Jacob /el que espera en el Señor, su Dios” (v.5). El profeta Jeremías  confirma la fe del salmista radicalizando la enseñanza del salmo con duras palabras: “Maldito quien confía en el hombre, / y busca el apoyo de las criaturas, / apartando su corazón del Señor” (Jer 17,5).

El hombre, ávido de sí mismo busca salvarse en el poder y pone su confianza en los hombres y se fía de los jefes, atribuyéndoles algo que no pueden hacer: salvarle la vida. Lo sabía como nadie san Ignacio de Loyola, que vio cambiar su vida por la gracia divina al reparar en las palabras de Jesús: “¿De qué le vale al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? Pues ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?” (Mc 8,36s). Estas palabras impactaron en el corazón inquieto y hastiado de Ignacio, que al reparar en ellas comprendió que, en efecto, las palabras de Jesús encerraban la explicación nítida y transparente del sentido de la vida: que sólo se puede ganar perdiéndola y sólo se alcanza renunciando a la búsqueda de sí mismo, para entregarse sin descanso a la búsqueda de Dios, el único nos que puede dar la vida eterna. ¿Cómo hacerlo si no es entregando al propia vida a Cristo y al Evangelio? Algo que no es posible sin renunciar a sí mismo y cargar con la propia cruz de cada día. La renuncia a sí mismo exige disciplina de la voluntad, fruto de la obediencia de la fe, del sacrificio de la sí para que dé su fruto la paradoja divina: que Dios salva al que está dispuesto a perderse por él.

A la pregunta crítica de qué hace la Iglesia por el mundo, recientemente nos ha recordado el Papa Benedicto XVI la respuesta justa y cierta: “Le ha entregado a Dios”. Dar al mundo el don de Dios es algo que está en la génesis de toda vocación sacerdotal y constituye la clave de la consagración de vida. El seguimiento de Cristo está movido por la pasión de Dios. Seguir a Jesucristo sólo es posible cuando se ha conocido el don de Dios y uno quiere entregar la vida dando el don preciado que ha encontrado, por el cual merece la pena perderlo todo. Darlo todo a manos llenas dando a los demás el don que uno ha recibido. San Pablo, que todo lo dejó por Cristo, nos recuerda que nada es comparable al conocimiento de Cristo, por el cual uno resta valor a cualquiera otra cosa, porque todo es basura comparado con el conocimiento de Cristo que es puro amor de Dios (cf. Fil 3,8).

El padre Carlos quiso realizar en su vida este ideal y seguir la senda trazada por san Ignacio ingresando en la Compañía, para darse por entero al Evangelio.  Se quiso así hacer pobre con Cristo para enriquecer a los más pobres, no dudó en relativizarlo todo, llegando a considerarlo todo como meramente discrecional ante el imperativo del conocimiento de Cristo, único bien que podía otorgar a los demás. Dio a sus hermanos cuanto llegó a sus manos, pero si algo dio fue aquello que le empujaba a darlo todo dándose a sí mismo: el don de Dios. Como los que entregaron su vida por Cristo, cuya gloria canta el Apocalipsis, no amó la vida tanto como para temer la muerte (cf. Ap 12,11); y por eso hoy, aunque su muerte nos parezca prematura, dadas las condiciones de vida actuales, sabemos que ha sido llamado a participar de la dicha de Dios y su vida está ya las manos del Padre, como así lo esperamos de la infinita misericordia de Dios por fe que tenemos, rogando le sean perdonados sus pecados y sus faltas inevitables en todo mortal.

Esta muerte suya inesperada es para todos una advertencia clara, como nos lo dice el Señor en la parábola de las vírgenes sensatas y necias. Vivamos como las vírgenes sensatas esperando al Esposo con lámparas encendidas; es decir, vivamos ocupados sin tiempo siquiera para morir, dando a los hombres la luz que ha iluminado el mundo con la resurrección de Cristo. Luz esplendorosa que anuncia la resurrección de los muertos, y que Dios quiso anticiparnos en la luz que brilló en Belén descubriendo a los hombres el nacimiento del Hijo de Dios en nuestra carne. Vivamos así para que el mundo conozca el amor de Dios hecho carne en las entrañas de santa María Virgen, a cuya intercesión maternal encomendamos el alma de nuestro hermano y la de todos los muertos en Cristo.

Lecturas bíblicas:Sb 4,7-5

Sal 129

Rom 14,7-12

Mt 25,1-13

Pin It

728x90ES2

BANNER02

728x90