“Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados” (Mt 1,21).

Lecturas:      Núm11, 11-17.24-25

                   Sal 88 (89), 221-22.-25.27

                   1 Pe 5,1-4

                   Mt 1,18-24

Queridos hermanos sacerdotes,

Queridos hijos que hoy recibís el sacramento del presbiterado;

Hermanos y hermanas:

El Señor nos concede hoy por su misericordia la ordenación de dos nuevos presbíteros, que vienen a ocupar el puesto de los que por ley natural nos van dejando para ir al encuentro de Cristo, al que han entregado su vida. Los nuevos presbíteros han sido llamados al ministerio sacerdotal y son ordenados después de ejercer un tiempo el ministerio del diaconado en algunas de las comunidades parroquiales, que hoy agradecen a Dios el haberlos tenido con ellas por la generosidad con la que las han servido. Todos nos alegramos en este día de gracia con estos dos hermanos nuestros, porque se aumenta el número de nuestros sacerdotes en un tiempo de tan marcado por una visión de la vida alejada de los valores trascendentes, que dan sentido a nuestra existencia y orientan nuestro caminar hacia Dios.

Para que no cese la proclamación del evangelio de Cristo, hoy ordenamos a estos hermanos nuestros e hijos queridos, para que, colaborando ellos con Cristo, siga el Señor valiéndose de frágiles instrumentos que lleven a los hombres la salvación que Jesús vino a traer a la tierra. El Hijo de Dios, como acabamos de escuchar en el evangelio que ha sido proclamado, se hizo por nosotros Emmanuel, “Dios-con-nosotros”, para que nosotros pudiéramos participar de la vida divina y alcanzáramos la salvación en el perdón de los pecados. El ángel confió a José la misión de custodio de María y de Jesús, dándole el cometido de poner nombre a Jesús como hijo de David. José le puso el nombre que el ángel le había indicado: Jesús, que quiere decir “Dios-salva” o “Dios-libera”, “porque él salvará a su pueblo de los pecados” (Mt 1,219).

El autor de la carta a los Hebreos dice, evocando el ministerio sacerdotal de la antigua Alianza que Cristo llevó a plenitud, que “todo sumo sacerdote está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados” (Hb 5,1). Los nuevos sacerdotes tienen la misión de prolongar sacramentalmente los efectos de la salvación que Cristo ha llevado a cabo de la humanidad pecadora, haciendo presente en cada comunidad para la que celebren los sagrados misterios la redención de Cristo: el sacrificio de su generosa pasión y muerte; entregado como él fue por nosotros para ser muerto en la cruz a manos de sus propios enemigos. De este modo nos dio la mayor prueba de amor, manifestando al mundo la misericordia de Dios Padre.

Esta acción de redención divina, realizada por Cristo, requirió previamente la encarnación del Hijo de Dios en el seno de María y su nacimiento en nuestra carne. Esta humanación de Dios, que por nosotros se hizo Emmanuel, se prolonga por voluntad de Cristo en las acciones sacramentales de sus ministros. Toda la acción evangelizadora que llevaron a cabo los apóstoles y que es cometido y tarea perpetua de sus sucesores, tiene su propia razón de ser en llevar a los hombres a Cristo por medio de la predicación evangélica, para que por su palabra vengan a la fe y se les abran las puertas de la misericordia al participar en la celebración de los sacramentos. La palabra de Dios así proclamada por su boca y las acciones sagradas realizadas por ellos sirven a la transformación interior del ser humano, a su conversión a Dios y al comienzo de la vida nueva en quienes han sido salvados y se han agregado a la comunidad de los redimidos.

         Es lo que quiere  poner de manifiesto san Pablo cuando expone la acción de su propio ministerio como un encargo de Dios para la reconciliación de los hombres con Dios mismo. Dios, que actuaba en Cristo para el perdón de los pecados, ha querido prolongar la obra redentora de Cristo confiando a sus ministros “la palabra de la reconciliación” (2 Cor 5,19); por esto, concluye el Apóstol diciendo de su oficio: “Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios os exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!”  (2 Cor 5,20).

La palabra de la reconciliación se la ha confiado Cristo a los apóstoles y a sus sucesores y con ellos a los presbíteros, colaboradores de los obispos en orden al ejercicio sacerdotal del ministerio de la nueva Alianza. Los obispos hacen partícipes a los presbíteros del ministerio sacerdotal de Cristo  mediante la imposición de manos y la recitación de la plegaria de ordenación. Como hemos escuchado en el libro de los Números, los presbíteros fueron ya prefigurados en los setenta ancianos de Israel que Moisés eligió, por indicación divina, para que mediante la participación del espíritu de profecía y discernimiento de Moisés se repartirán con él las cargas del ministerio. Así se lo dijo el Señor al caudillo de Israel: “Apartaré una parte del espíritu que posees y se lo pasaré a ellos, para que se repartan contigo la carga del pueblo y no la tengas que llevar tú solo” (Núm 11,17). Este hecho anuncia la elección de los varones probados que harán los apóstoles, en orden a la comunicación del ministerio apostólico, dando lugar al orden de los presbíteros como colaboradores inmediatos de los obispos como sucesores de los apóstoles. El hermoso texto de la plegaria de ordenación hace mención de la acción de Moisés que por mandato divino eligió a los setenta colaboradores durante la travesía del desierto camino de la tierra prometida.

Los presbíteros son ministros de la reconciliación y han de ser pastores que gobiernan el rebaño “no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad” (1 Pe 5,2). Ha de ser así porque la comunidad cristiana es comunión de redimidos, a los que se ha de gobernar no mediante el sometimiento de aquellos mismos a quienes les ha tocado cuidar, sino convirtiéndose ellos mismos en “modelos de la grey”  (1 Pe 5,3). Los presbíteros necesitan para obrar conforme al corazón de Cristo aquella mansedumbre que carga de autoridad moral su llamada a la reconciliación y a la paz con Dios.

La caridad pastoral es el distintivo del pastor bueno de su grey, de aquel que da la vida por sus ovejas afrontando los peligros sin irritación ni miedo; ejerciendo la custodia del rebaño en representación del Niño que ha venido a guardar a su pueblo en la paz. Por esto, el pastoreo del sacerdote de Cristo acontece como propuesta en la libertad  del yugo suave de la ley del amor, que se alimenta de la fe confiada en la fidelidad de Dios. La fe de José que, al despertarse del sueño revelador, “hizo lo que le había dicho el ángel del Señor” (Mt 1,24).

Contemplar a Jesús en el pesebre de Belén es contemplar la obediencia en la humildad de nuestra carne, de la cual el Hijo eterno del Padre todopoderoso quiso revestirse para que, imbuidos del misterio de la Navidad, aprendamos nosotros mansedumbre y renunciemos a nuestra soberbia. De ella y de todos los malos deseos del corazón ha venido a librarnos el Pastor de la casa de Israel, nacido de la humilde esclava del Señor, la Virgen María. A ella confiamos el ministerio de nuestros dos nuevos presbíteros que ahora vamos a ordenar.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería 18 de diciembre de 2010

                                                           + Adolfo González Montes

                                                                Obispo de Almería

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