Queridos hermanos y hermanas:

El Papa Benedicto XVI nos ha convocado para la celebración de esta vigilia de oración por la vida naciente, en una sociedad dominada por la cultura de la muerte, que ya no valora otra vida que la vida placentera y útil, la vida que en nuestros días se ha convenido en llamar “vida con calidad”. Se dice así que una vida sin calidad no merece vivirse y que hay que facilitar al ser humano una “muerte digna”, ayudándole a dejar este mundo sin otro deseo que el poder irse en paz, para que pueda verse libre del sufrimiento que provoca el sentimiento de la propia inutilidad o parálisis, del dolor de la enfermedad. Es la lógica de una argumentación que pretende justificar la eutanasia que se pretende aplicar sobre todo a enfermos incurables y ancianos.

Es la misma lógica que amenaza la vida naciente, cuando el ser humano engendrado y no deseado es suprimido por un acto soberano de la madre, con la complicidad del padre o sin ella, que se somete al aborto procurado, a cuyo servicio se han puesto los medios técnicos que hoy es posible aplicar para la destrucción y muerte del ser indefenso que ha comenzado a desarrollarse en el vientre en el cual fue concebido.

Se pretende justificar esta práctica, crimen nefando, en expresión del último concilio (Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, n.51), por razones eugenésicas, es decir, cuando la malformación del feto permite albergar la duda o desesperación ante el nacimiento del un ser humano posiblemente no perfecto, afectado de algunas limitaciones. El aborto se ha convertido por lo demás en un medio de control de natalidad mediante la supresión de la vida del no nacido, no deseado por razones diversas incluida la violencia ejercida sobre la madre. Millones de vidas de seres humanos, dotados de dignidad personal por el hecho de serlo y sujetos de derechos son sacrificados en el vientre de su madre.

A los medios técnicos que la ciencia pone hoy al servicio de la muerte  del feto se suma la manipulación de los embriones humanos que hiere la dignidad personal de la vida concebida y no nacida. Lo más grave de todo es la conversión de lo que objetivamente es el más grave atentado contra la vida, su supresión intencionada, en un derecho que supuestamente asistiría a la mujer. Tal perversión del concepto mismo de los derechos sólo es posible en el contexto de una cultura que ha entregado a la discrecionalidad de la voluntad del hombre el reconocimiento de los derechos y su disminución o ampliación. Los derechos humanos, por el contrario, son inherentes a la condición personal del ser humano y tienen que ser reconocidos en su verdad más profunda, ya que descansan sobre el origen trascendente del ser humano y su destino sobrenatural. Creado a imagen y semejanza de Dios, el hombre tiene un destino en Dios, de ahí la condición sagrada de la vida humana y el respeto debido a la misma, propio de una conciencia moral rectamente formada (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn.2258.2319).

Dios es la fuente de la vida y sólo él puede otorgar la paz que salva al hombre de todas sus limitaciones, y porque Dios es amante de la vida al hombre, amenazado por la muerte, le ha prometido la superación definitiva de toda imperfección, dolor y muerte, realidades contundentes que acompañan nuestra condición histórica, son fruto del pecado. Dios, que “no hizo la muerte, no se alegra con la destrucción de los vivientes, lo creó todo, para que subsistiera” (Sb 1,13s). El libro de la Sabiduría dice que “Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo semejante de su mismo ser” (Sb 2,23). La dignidad de la vida dimana de su verdad divina, y se ha revelado en la encarnación del mismo autor de la vida, Jesucristo nuestro Señor, cuya venida en carne celebramos en cada Navidad, para la cual nos preparamos, una año más, en este Adviento que ahora comenzamos.

Mientras esperamos la Navidad y nos preparamos para celebrar el nacimiento en nuestra carne del Hijo de Dios, no dejamos de abrir nuestra mirada al futuro de la historia humana, esperando la manifestación gloriosa de Jesucristo, que vendrá como quien, por designio del Padre, ha sido constituido Juez de vivos y muertos. Es nuestra esperanza aquello que nos ha sido revelado y que aguardamos en la fe ver confirmado en el reino de Dios: que “ahora somos hijos de Dios, aunque aún no se ha revelado todo lo que seremos” (Jn 3,2). Una esperanza en la que pedimos a Dios que él nos guarde y que “todo nuestro ser, alma y cuerpo sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts 5,23).

Nunca nos cansaremos de contemplar con admiración el prodigio de la vida, que el evangelio de Cristo nos ha revelado en su mismo origen divino. Dios se nos ha manifestado en Cristo como la fuente misma de la vida, de la cual procede el Hijo, como leemos en el evangelio según san Juan: “Lo que se hizo en la Palabra era la vida y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1,3b-4). Jesús es la Palabra de Dios hecha carne y en su encarnación se nos ha revelado que todo cuanto vive fue hecho en él, que es la vida que procede del Dios vivo. Porque, contra el parecer de los hombres, el Dios que todo lo creó de la nada, “no es un Dios de muertos sino de vivos” (Mt 22,32). Todo cuanto vive respira en la respiración de Dios, y sin el aliento de Dios en cual han sido creados los vivientes “vuelven al polvo al polvo que son” (Sal 103,29).

Dios nos ha enviado a su Hijo para que no volvamos al polvo del que fuimos sacados. Cristo es la respuesta al grito del hombre que siente los terrores de la muerte. Dios libró en otro tiempo a los israelitas nuestros padres para enseñarnos que en los prodigios que realizó por amor a Israel se hallaban prefigurada la salvación definitiva de la vida en Cristo Jesús. Dios, que es Padre de misericordia infinita envió a su Hijo a la muerte para que nosotros tengamos vida. En el nacimiento de Cristo se ha cumplido la promesa del salmo: “Envió su palabra para sanarlos y arrancar sus vidas de la fosa” (Sal 107/108, 20). El Hijo de Dios apareció en nuestra carne mortal para que nosotros recibiéramos por su encarnación y nacimiento y por su muerte y resurrección la vida inmortal. En verdad, como dice el libro de la Sabiduría de Jesús Ben Sirá: “Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su mismo ser; pero la muerte entró en el mundo por envidia del diablo, y la experimentan sus secuaces” (Sb 2,24).

La victoria definitiva de Dios sobre la muerte se nos ha manifestado en la victoria de María sobre la serpiente tentadora que indujo al pecado a nuestros primeros padres. La fe de la inmaculada Virgen María ha vencido sobre la desconfianza incrédula de Eva, dando cauce en la historia humana a la vida divina que Dios ofrece a los hombres en Cristo. Sí, podemos decir con Isabel, contemplando el gozoso misterio de la visitación de la Virgen a su prima: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno (…) ¡Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1,45).

El misterio de la visitación de María a Isabel desvela el misterio superior de la acción creadora de vida que Dios ha confiado a su Hijo, que ha venido “para que te todos tengan vida en abundancia” (Jn 10,10). Jesús, el buen Pastor de nuestras vidas da vida eterna a cuantos creen en él ofreciendo su propia vida mortal a cambio de la vida de ellos (cf. Jn 10,15). Quienes atentan contra la vida naciente rechazan a Dios, origen de la vida y se labran su muerte eterna. Contra los agentes de la muerte, Cristo dador divino de la vida hace exultar de gozo al Precursor en el vientre de su madre, poniendo así de manifiesto el gozo que trae consigo el Redentor del hombre.

El misterio de la Navidad es un misterio de vida y luz que preludia la victoria definitiva sobre las tinieblas de la muerte en la gloriosa resurrección de Cristo de entre los muertos.  Contra la oscuridad que la muerte arroja sobre mundo por obra de sus secuaces, los discípulos de Jesús están llamados a proclamar las obras de aquel que nos llamó a salir de las tinieblas y entrar en la luz maravillosa de la vida, porque sólo él es “el Camino y la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), y para gozo del mundo amenazado por la muerte es la resurrección de los muertos (cf. Jn 11,25).

Con estas convicciones de fe nos hemos reunido en esta vigilia de oración, para suplicar a Dios por intercesión de la inmaculada Virgen María la protección y defensa de la vida concebida y no nacida, en la esperanza de que Dios por su infinita misericordia quiera convertir el corazón de los que viven de la muerte y, por la fe la esperanza y el amor, transformar la existencia de los seres humanos en el anticipo de la vida eterna. Que este pensamiento esperanzado alimente nuestra purificación de Adviento mientras salimos al encuentro de Cristo que viene a nosotros trayendo consigo la salvación del Dios vivo.

Lectura breve de I Vísperas del I Domingo de Adviento: 1 Ts 5,23-24

S.A.I. Catedral de la Encarnación 27 de noviembre de 2010

                                                                        + Adolfo González Montes 

                                                                                              Obispo de Almería

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