HOMILÍA EN LA MISA DEL XIII ANIVERSARIO DE LA CONSAGRACIÓN EPISCOPAL

Querido y venerado hermano en el episcopado, Sr. Obispo emérito; Queridos hermanos sacerdotes y semianristas; Queridos hermanos y hermanas:

En este día en que se cumple el XIII aniversario de mi consagración episcopal quiero dar gracias a Dios con vosotros por esta inmerecida elección del Señor para asociarme al ministerio pastoral de Cristo, a pesar de todas mis debilidades y flaquezas. En Cristo Señor, Dios mismo ha querido ser verdadero y único pastor de su pueblo, dando cumplimiento a sus palabras: “Yo mismo en persona buscaré a las ovejas, siguiendo su rastro” (Ez 34,11).

El ministerio del buen pastor tiene por objetivo y tarea confiada a Cristo por su Padre ir a la búsqueda y encuentro de las ovejas dispersas, para traerlas al aprisco y devolverlas a la unidad primera, perdida por causa del pecado. Es el evangelista quien comenta la razón teológica de la muerte de Cristo con esta explicación: Jesús “iba a morir no sólo por la nación”, como profetizó el sumo sacerdote, “sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11,52). La muerte de Jesús recobra a las ovejas perdidas de la casa de Israel y abre la entrada en la comunidad de salvación a cuantos reconocen haber sido salvados en su sangre y vienen al redil de Cristo por la fe en su nombre. Jesús mismo da a conocer el alcance universal de su misión redentora: “También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a estas las tengo que conducir y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo pastor” (Jn 10,16).

La narración alegórica y llena de simbolismo del buen pastor viene, en el evangelio de san Juan, detrás del milagro del ciego de nacimiento y su expulsión de la sinagoga. Los exegetas nos recuerdan que ambas imágenes, la luz y el pastoreo divino, van unidas en algunas tradiciones de Israel, como sucede con el Libro de Henoc, donde aparece las doble comparación de la ceguera y la dispersión de las ovejas, que habían sido cegadas y recuperan la vista cuando el mismo Señor se ocupa de ellas. Las ovejas y los corderos recuperan la vista cuando son instruidos por el Maestro que es también el buen pastor (X. Léon-Dufour). Ambas imágenes convergen en Jesús, que dice de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).

Se entiende que el conocimiento de Jesús ilumina a las ovejas y a los corderos cegados por los malos maestros, que desvían al rebaño del verdadero conocimiento, que sólo puede proceder de Cristo. Sí, entendemos qué quiere decir Jesús cuando afirma que conoce a sus ovejas y las suyas le conocen a él. Ser conocido por Jesús es haber sido objeto de su amor y haber experimentado por la fe en el riesgo que los seres humanos corremos al adentrarnos por las oscuras cañadas de la vida, él mismo, Jesús, nos ha acompañado para rescatarnos de las tinieblas de una existencia sin sentido y de una andadura errada y perturbada por el pecado.

Jesús como maestro divino ilumina la mente de quienes le sigan, pero no porque, al modo de otros grandes fundadores de religiones, proponga a sus seguidores un método de ascenso a una iluminación interior, meta que, no sin gran esfuerzo ascético y experiencia mística, sólo logran alcanzar los iniciados y seguidores de la doctrina del maestro, que intentan asemejarse al maestro repitiendo sus mismos pasos. Estos esfuerzos humanos, sin duda, son meritorios y no dejan de tener un singular valor religioso, pero no dan razón de aquello que Cristo dice de sí y de los que le siguen.

Ser iluminado por Cristo es saber y experimentar el amor de Cristo como principio y lugar único de salvación. De ahí que experiencia de iluminación libere la inteligencia de sus propias aspiraciones, atrapada en las redes de la autosuficiencia y en los espejismos del pecado. Conocer a Jesús y ser conocido por él es saberse liberado y salvado en su entrega a la muerte por amor al pecador alejado de Dios, saberse recobrado de su condición definitivamente perdida sin Dios y sin Cristo; haber comprendido a qué le hubiera llevado el alejamiento de Dios, que irremediablemente le habría dejado sin el futuro de felicidad eterna, que llegará con la plena participación en el amor de Dios, con la participación de la vida divina que Cristo ofrece por anticipado a cada ser humano, mediante la configuración con la muerte y la resurrección de Cristo por el bautismo. Por eso y con toda justicia teológica, en la etapa apostólica y después por parte de algunos padres, se llamó al bautismo «iluminación».

Las bellas imágenes que utiliza Ezequiel, aludiendo a los pastizales escogidos y a las fértiles dehesas, donde se recostarán las ovejas en los altos de los montes de Israel, encuentran en el discurso alegórico de Jesús la aplicación existencial que encontramos en la parábola del buen Pastor. Por medio de estas imágenes Jesús se revela no sólo como el pastor bueno, que busca las ovejas perdidas y garantiza la prosperidad de las sanas, sino como el pastor que da su vida por las ovejas, haciendo de sí mismo el pasto y la comida de las ovejas. ¿Cómo no evocar el discurso del pan de vida en el cual Jesús se ofrece como alimento de vida eterna? La palabra de Dios es el alimento que Jesús, Palabra de Dios encarnada, ofrece a las ovejas en el redil de la reunión y restauración de la unidad perdida. La comunión escatológica de los discípulos se funda en la entrega de su cuerpo y de su sangre como comida y bebida que dan vida eterna.

El evangelista contrapone la imagen de Jesús como pastor generoso que da la vida por las ovejas a la imagen de los pastores que viven del rebaño, y no defienden a las ovejas, sino que las sacrifican para salvarse a sí mismos, tal como profetizara Ezequiel contra los malos pastores: “Porque mi rebaño ha sido expuesto al pillaje y se ha hecho pasto de todas las fieras del campo por falta de pastor; porque mis pastores  no se ocupan de mi rebaño, porque ellos se apacientan a sí mismos, no apacientan mi rebaño” (Ez 34,7-8). Duras palabras a las que se contrapone el consuelo de un ministerio pastoral divino, que redimirá la esclavitud de las ovejas de su condición perdida: “Yo mismo apacentaré mis ovejas (…) buscaré a las ovejas perdidas, haré volver a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas…” (Ez 34,15.16).

Queridos hermanos sacerdotes, el Señor nos ha llamado, ciertamente, para prolongar en el tiempo su ministerio pastoral, pero sólo podremos ser la imagen de Cristo buen pastor, si  su presencia trasparece en nuestra vida como vida entregada por el rebaño que nos ha sido confiado. El Año sacerdotal que hemos clausurado ha querido ser, en la intención del Papa Benedicto XVI, un aldabonazo en nuestra conciencia sacerdotal, para reavivar en nosotros los efectos de la gracia sacramental que abundantemente derramó el Espíritu Santo sobre nosotros para convertirnos en hacedores de la unidad. El ministerio sacerdotal se le ha dado a la Iglesia como ministerio de la edificación del pueblo santo, para que lo ejerzamos por medio de la caridad pastoral. Si el ministerio episcopal es el ministerio de la unidad de la Iglesia particular y de ésta con las demás Iglesias en la comunión de la Iglesia universal, no podré cumplir con el cometido que me confió el Señor sin la colaboración de los presbíteros y diáconos, para mí de más preciado valor cuanto mayor es mi debilidad, como reza la oración consecratoria de la ordenación de presbíteros.

Al mismo tiempo, queridos sacerdotes, vuestra ayuda no acertará a llevar nuestro ministerio sacerdotal a su plena realización sacramental y a su visible expresión en la comunión diocesana, si no actuáis estrechamente unidos a vuestro Obispo, secundando el programa de acción y caridad pastoral que es el mismo Cristo. Porque sólo él es, en efecto, programa y contenido de nuestro ministerio apostólico y pastoral. Nada será más eficaz que nuestra comunión eclesial en nuestras tareas de evangelización ye instrucción en la fe, como expresión viva de la caridad de Cristo para con nuestros hermanos: hombres y mujeres, niños y ancianos, jóvenes y sanos y enfermos y alejados de la fe. Nada, en verdad, será comparable al gozo de sembrar y recoger con Cristo frente a las operaciones de descrédito dirigidas contra nuestro ministerio. Nada es comparable a vivir de aquella vocación a la santidad que es vocación de todo cristiano y que ha de alcanzar en los sacerdotes expresión visible si llevamos una vida llena de significación evangélica que, por sí sola, aparecerá a los ojos de quienes nos contemplan como expresión de la de la caridad de Dios. Imitemos esta caridad de Dios, que se nos ha manifestado en la entrega de Cristo a la muerte por nosotros como mayor testimonio de amor. Procuremos que se cumpla en nosotros el ideal de vida que nos propone como ministros de Cristo el Apóstol de las gentes: “Por tanto, que nos tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Cor 4,1), pero como él mismo matiza: “Ahora bien, lo que se exige de los administradores es que sean fieles” (1 Cor 4,2).

Seamos, pues, fieles a la vocación con que el Señor ha querido incorporarnos a su ministerio sacerdotal para edificación del Cuerpo de Cristo, de forma que ante el acoso del mundo podamos manifestar con san Pablo que todo lo hemos cifrado en predicar a Cristo, posponiendo y olvidando incluso todo lo demás: “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, predicamos que Cristo es Señor, y nosotros, siervos vuestros por Jesús” (2 Cor 4,5).

Que nos lo alcance la Virgen María, fiel esclava del Señor, ejemplo de santidad y figura de la Iglesia; y nuestro santo obispo fundador de esta Iglesia, san Indalecio, y nuestro obispo mártir, Diego Ventaja y los mártires de nuestra Iglesia que, unidos a Cristo, ofrecieron su vida con él para la salvación de todos. Amén.

Lecturas: Ez 34,11-16; Sal 22; 2 Cor 4,1-2.5-7;Jn 10,11-16

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 5 de julio de 2010.

                                                                       + Adolfo González Montes

                                                                                  Obispo de Almería

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