“Dadles vosotros de comer” (Lc 9,13).

Queridos hermanos sacerdotes; Queridos seminaristas, religiosas y fieles laicos; Hermanos y hermanas:

Estas fueron las palabras con las que Jesús salía al paso de la observación de los Doce sobre la conveniencia de despedir a las gentes que le seguían en descampado y hallándose el grupo apostólico sin otras provisiones que cinco panes y dos peces. Son palabras que tienen en la situación social de nuestros días una profunda significación y eco. Jesús invita a sus discípulos a socorrer a la gente sin pan.

La lectura de interpretación de este milagro tiene que hacerse a la luz de lo que dice el mismo evangelista sobre su contexto: Jesús multiplica los panes y los peces para dar pan y comida a la gente desfallecida que le sigue después de largas caminatas para buscarle y escuchar sus enseñanzas sobre el Reino de Dios. La predicación de Jesús y sus enseñanzas sobre el Reino siempre van acompañadas por sus milagros. Las curaciones que realiza Jesús son una señal que acredita su predicación, y son en sí mismas un anticipo de los efectos de la irrupción del Reino de Dios, cuya llegada inminente Jesús anuncia a cuantos le siguen, al mismo tiempo que los llama a la conversión para acoger el Reino de Dios que llega: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1,15).

Los santos Padres vieron por esta razón en los panes la misma palabra de Dios proclamada por Jesús, alimento de vida eterna. Dice así san Ambrosio: “Este pan que parte Jesús es místicamente la palabra de Dios y un sermón de Cristo que aumenta mientras se distribuye” (San Ambrosio, Exposición sobre el evangelio de Lucas 6,86.88: CCL 14,202-203). El evangelista san Juan nos dice que Jesús mismo interpreta así el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, al proponerse él mismo como pan de vida ante la sorpresa y estupor de sus propios seguidores: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6,51).

El discurso de Jesús sobre el pan de vida nos coloca ante el misterio de la persona de Jesús, palabra encarnada de Dios y entregado por el Padre al mundo para que no se pierda, sino que el mundo viva por él (cf. Jn 6,57). Jesús es la palabra salida del Padre para que el hombre viva por él. La multiplicación de los panes y los peces pone de manifiesto, en la realidad figurativa del milagro, la sobreabundancia del alimento celestial que llega al mundo con Jesús, por cuyo medio el hombre entra en plena comunión con Dios. Por eso, rechazar a Jesús es rechazar esta comunión con  el Padre (cf. Mt 10,40; Mc 9,37; Lc 9,48; Jn 13,20). Jesús quiere que sus seguidores comprendan el alcance del milagro, que no se queden en la utilidad momentánea de la comida multiplicada por su poder. Jesús recriminará a sus seguidores interesados con estas palabras: “Vosotros me buscáis porque habéis no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna” (Jn 6,26-27).

Esta es la razón por la cual algunos Padres han querido contraponer la comida perecedera de los panes con la comida imperecedera significada por estos panes, que  es Jesús mismo; y colocan así los panes de la multiplicación entre las figuras del alimento celestial que es Cristo. Los panes terrenales que Jesús multiplica son para los Padres iguales a la letra que envuelve la palabra de Dios en el Antiguo Testamento, cuyo sentido según san Pablo está velado para cuantos no tienen fe en Cristo. Del mismo modo que Cristo es el contenido de las Escrituras, también es el contenido de estos panes de la multiplicación. Es a Cristo a quien miraba Melquisedec, sumo sacerdote del Altísimo y rey de Salem, que salió al encuentro de Abrahán y ofreció pan y vino como sacrificio de acción de gracias. Aquella ofrenda era perecedera, igual que son perecederos los panes de la multiplicación, como perecedero era el maná del desierto que comieron los padres de los israelitas y murieron, dice Jesús a los judíos. Por el contrario, el pan que es Jesús es comida de inmortalidad, va más allá de la comida perecedera de este mundo para generar en quien lo come la resurrección y  la vida eterna.

Los panes de la multiplicación eran figura del alimento de vida eterna que es Jesús, como la ofrenda de Melquisedec era figura de la Eucaristía. En la Eucaristía Cristo sigue ofreciéndose como alimento para la vida del mundo: comida que alimenta a cuantos le reciben y vienen a ser, en Cristo, hijos de Dios (Jn 1,12); bebida que comunica la vida divina a cuantos le aman. El discurso del pan de vida nos abre al misterio de la entrega de Jesús por el mundo pecador y nos da a conocer la verdadera comida que es el Cuerpo de Cristo, entregado al sacrificio de la cruz por nosotros; y la verdadera bebida que es su Sangre, derramada por causa de nuestros pecados.

San Pablo nos recuerda con toda justicia la verdad objetiva de la Eucaristía: “una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido” (1 Cor 11,23). La institución de la Eucaristía es inseparable de la entrega de Jesús a la muerte por nosotros, porque tal es el significado sacramental de la Eucaristía, presencia del sacrificio de la cruz y verdadero sacrificio de la Iglesia. Sacrifico que se prolonga cada día sobre el Altar y que incorpora a la ofrenda de Cristo la entrega sacrificada de la vida de los creyentes al designio divino sobre ellos.

Es justamente aquí donde se descubre el alcance real del sacrificio eucarístico: si Jesús se ha entregado por nosotros, también nosotros hemos de entregar nuestra vida por nuestros hermanos (cf. Jn 13,34; 15,13; 1 Jn 4,11). Dar de comer a los hambrientos es obra de misericordia, que por ser fruto del amor de Dios, nos configura con Cristo; porque, al entregarse como alimento a los hombres, Jesús invita y manda a sus discípulos entregarse y dar la vida por los que aman como señal imperecedera del amor de Dios a los hombres revelado en Jesús. Por eso, la mesa de la Eucaristía se ha de prolongar en la mesa del mundo y en la gran fraternidad de los hijos de Dios. Es Jesús mismo quien nos impera: “Dadles vosotros de comer” (Lc 9,13).

¿Cómo hacerlo si no es compartiendo nuestros bienes con los necesitados? La sociedad de nuestro tiempo se ha          querido definir por la conquista de los derechos sociales, pero no ha sabido ni ha podido mantener el verdadero alcance social de la vida en común porque ignora la vida divina que puede nutrir la fraternidad entre los hombres y los pueblos. Si rechazamos a Cristo, pan de vida, no podremos ver ya la razón de ser de la caridad que mueve el corazón del hombre hacia el encuentro con su prójimo.

Hago un llamamiento a todos los cristianos y personas de buena voluntad a que miren a Cristo como pan de vida y se dejen interpelar por su entrega para la vida del mundo. Que al adorar hoy y siempre la Eucaristía se dejen tocar por el amor eucarístico de Cristo y se comprometan a ayudar a sus hermanos sin trabajo y sin pan, agrandando la mesa de los alimentos de esta vida, para que podamos acceder a la mesa celestial. Hemos de ayudar a Caritas para que la obra de la caridad cristiana palie al menos los males mayores de los necesitados en una sociedad en crisis sacudida por una crisis económica y social la nuestra, que necesita recuperar criterios de moralidad y generar la esperanza que sólo puede venir del amor que nos desvela y sobre nosotros derrama el sacrificio de Cristo en la cruz por nosotros, que ahora se hace presente en el sacramento del Altar.

Lecturas: Gn 14,18-20; Sal 109, 1-4;1 Cor 11,23-26;Lc 9,11-16

S. A. I. Catedral de la Encarnación

6 de junio de 2010

Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor

                                   

+ Adolfo González Montes

                                                           Obispo de Almería

 

 

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