Lecturas: Is  61, 1-3.6.8-9. Sal 88, 21-22.25.27. Ap 1,5-8  Lc 4,16-21

Querido y venerable hermano Sr. Obispo emérito;

Queridos sacerdotes y diáconos, religiosas y fieles laicos;

Hermanos y hermanas:

Nos convoca la Misa crismal,  cargada de significación sacramental, en la que se expresa de una forma singular el carácter sacerdotal de la existencia cristiana, en el servicio sacerdotal por excelencia del pueblo de Dios, que es el sacrificio eucarístico. Jesucristo, constituido por el Padre único y sumo  Sacerdote, hace partícipes a todos los bautizados de su sacerdocio, incorporándolos a la ofrenda del sacrificio eucarístico, en el cual se ofrece a sí mismo al Padre. La Eucaristía hace presente el único sacrificio grato a Dios, porque es la aceptación y entrega del Hijo al designo de Padre para la salvación del mundo. Jesucristo incorpora a los bautizados al ejercicio del sacerdocio nuevo, ungiéndolos con el “óleo de la alegría y de alabanza” (Is 61,3). Así, partícipes de la muerte de Cristo y de su resurrección por el bautismo, los cristianos son hechos sacerdotes para “ofrecerse a sí mismos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios” (Vaticano II: Const. Lumen gentium[LG], n.10; cf. Rom 12,1).

         Por el bautismo  los creyentes son incorporados a Cristo mediante su integración en el cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, y como enseña el Vaticano II,  por esta incorporación a la Iglesia se convierten en sacramento de la presencia de Cristo en el mundo, son hecho testigos de Cristo y “se obligan a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia” (LG, n.10a).  El bautismo los hace pregoneros del Evangelio, llamados, a “proclamar las alabanzas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pe 2,9). Para que puedan realizar esta misión son ungidos con el crisma que hoy consagramos, primero en el bautismo y después en la confirmación. El testimonio de Cristo en el mundo es la gran tarea del cristiano y para cumplirla recibe la unción y el sello del Espíritu Santo que procede del Padre, por medio de la participación sacramental en la unción de Cristo.

         El evangelista san Lucas narra cómo Jesús se aplicó a sí mismo el pasaje del profeta Isaías que habla de la unción del Siervo por Dios. Jesús, en verdad, como Hijo de Dios tenía desde toda eternidad el Espíritu consigo, porque lo tenía por su condición divina, pero su humanidad, por medio de la cual se hizo en todo semejante a nosotros, requería la participación del Espíritu Santo, para que el Hijo de Dios hecho hombre fuera nuestro Salvador y Redentor. De esa unción de Cristo participan también todos los bautizados, porque la humanidad de Cristo es el lugar de la comunión de la divinidad de Jesucristo con nuestra propia humanidad. Jesús devuelve a toda carne el Espíritu que le había sido retirado a causa del pecado, cumpliéndose así la profecía de Joel: “Yo derramaré mi Espíritu sobre todo mortal y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas” (Jl 3,1). El Espíritu que había perdido la humanidad por el pecado es devuelto por la comunión con Cristo, el Ungido por el Espíritu Santo en el bautismo del Jordán, para ser presentado ante Israel y llevar a cabo la obra mesiánica que el Padre le confió. El año de gracia, el jubileo de la salvación nos llegó por la unción de Cristo y por su constitución como Salvador universal por su resurrección de entre los muertos, conforme a las palabras del Resucitado: “Me ha sido dado todo poder en los cielos y en la tierra” (Mt 28,18). Lo comenta san Cirilo de Alejandría: “En verdad también aquello es un año de gracia en todos los sentidos, pues fuimos aceptados en su familia y aceptados por Él, después de haber sido lavados de todo pecado por el santo bautismo y hechos partícipes de su naturaleza divina por la comunión del Espíritu Santo” (San Cirilo de Alejandría, Com. evang. de s. Lucas 4,18: PG 72, 541; cit. según  La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia: NT 3 [Madrid 2006] 136, ed. Th. C. Oden y A. A. Just Jr. ).

La comunión sacramental con Cristo en el bautismo y la confirmación es obra de su Espíritu Santo, que procede del Padre, y nos es dado por nuestra incorporación a la Iglesia. De esta incorporación a la Iglesia dimana el compromiso bautismal, fortalecido por la confirmación, tal como enseña el concilio, que dice cómo a los ya bautizados el sacramento de la confirmación “los une más íntimamente a la Iglesia y los enriquece con una fuerza especial del Espíritu Santo”; y añade que, de este modo, “se comprometen mucho más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y sus obras” (LG, n.11a).

Comentando las acciones sanadoras de Jesús, ungido por el Espíritu Santo “para llevar a Buena Noticia  los pobres, a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista” (Lc 4,18), comenta Eusebio de Cesarea, que “la profecía declara que Cristo es el autor y guía de toda actividad evangélica”, pero que “también predice que después de Él sus propios ministros serán los ministros de dicha tarea” (Eusebio de Cesarea, La demostración evangélica, 3,1: GCS 23,94-95; cit. ibid., 135), aplicando a los discípulos como evangelizadores las palabras proféticas: “Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz” (Is 52,7).

En este año sacerdotal hemos de agradecer a Cristo haber instituido el ministerio sacerdotal, por medio del cual el nuevo pueblo sacerdotal es incorporado al sacerdocio de Cristo y asociado al sacrificio eucarístico. Los sacerdotes participan de una forma propia en el ministerio sacerdotal de Cristo, puestos al servicio del pueblo sacerdotal. A lo largo de este año estamos venimos reflexionando sobre la institución y finalidad del ministerio de los sacerdotes, y agradeciendo a Dios un don tan estimable al servicio de la evangelización y de nuestra santificación. El concilio enseña que ambas formas de participación del sacerdocio de Cristo: la propia de los sacerdotes y el sacerdocio común de los fieles están ordenadas la una a la otra, pues “el sacerdocio ministerial, por el poder sagrado de que goza, configura y dirige al pueblo sacerdotal, realiza como representante de Cristo el sacrificio eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo”, mientras que los fieles ejercen el sacerdocio común o real “al recibir los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras” (LG, n.10b).

¿Cómo podremos agradecer a Dios el don de los sacerdotes, por cuyo ministerio los fieles son incorporados al sacrificio de la Eucaristía, para ofrecerse a sí mismos a Dios uniéndose a la oblación de Cristo al Padre en sacrificio eucarístico, verdadero sacrificio de la Iglesia? Con el salmista diremos: “Alzaré la copa de la salvación, e invocaré el nombre del Señor” (Sal 116,13). Sólo el mismo Dios que nos otorga el don puede ayudarnos a agradecerlo, y este agradecimiento es la misma celebración de la Eucaristía. En ella, que es por sí misma la acción de gracias de la Iglesia, agradecemos el don del sacerdocio instituido al mismo tiempo que la Eucaristía.

Los sacerdotes despliegan la actividad evangelizadora que lleva a la Eucaristía y su condición de guías y maestros del pueblo de Dios les coloca ante el pueblo con una visibilidad patente, representativa de la presencia oculta y misteriosa del Señor glorificado en medio de la comunidad eclesial. Los sacerdotes han sido ungidos con el Espíritu Santo para ser partícipes de la consagración sacerdotal de Cristo y ejercer el ministerio de la  evangelización y la santificación de los fieles, que se realiza por la proclamación de la palabra de Dios y la celebración de la Eucaristía. Su palabra autorizada ha de ser la palabra de Cristo y su ministerio de santificación acontece por la presencia sacramental del Espíritu del Padre y del Hijo. Los sacerdotes están en medio de la Iglesia, asumiendo ellos mismos la representación pública de Cristo en la Iglesia y la representación de la misma Iglesia ante Dios por su singular participación de la consagración de Cristo como Mediador. Por esto mismo, dice Benedicto XVI que el sacerdote “está llamado a ser siempre un auténtico buscador de Dios, permaneciendo al mismo tiempo cercano a las preocupaciones de los hombres”, que continúa: “Una vida espiritual intensa le permitirá más profundamente la comunión con el Señor y le ayudará a dejarse ganar por el amor de Dios, siendo su testigo en todas las circunstancias, aunque sean difíciles y sombrías” (Benedicto XVI, Exhortación apost. postsin. Sacramentum caritatis [22  febrero 2007], n.80).

Esta visibilidad de su ministerio puede hacer a los sacerdotes particularmente vulnerables a la crítica y puede acrecentar sus defectos y pecados. Por eso la Iglesia pide de cada sacerdote una fidelidad inquebrantable a Cristo, haciendo tarea de su vida la configuración cada vez más perfecta con Él. En ello estriba su propia santificación, que sólo pueden alcanzar mediante el ejercicio de su ministerio de fidelidad duradera, que se rehace una y otra vez sin desfallecer como vocación ilusionada y gozosa. La sociedad laicista de nuestros días tiene dificultad en comprender el ministerio de los sacerdotes y está pronta a censurar los pecados de la Iglesia en la censura de los errores y pecados de los sacerdotes. Sin embargo, si grande es la responsabilidad del sacerdote y su vocación le llama a la excelencia cristiana, que lleva consigo la ejemplaridad de vida, no le falta nunca a ningún sacerdote en ninguna circunstancia la gracia que lo sustenta, conforme a la promesa del Señor: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). La fidelidad pide del sacerdote fe en Cristo, fe en sus palabras de promesa: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”  (Lc 21,33).

El sacerdote ha de activar permanentemente la fe en su propio ministerio, en que su ministerio es necesario e insustituible, porque así lo ha querido Cristo según designio del Padre y lo ha destinado a ser causa de salvación y santificación de los creyentes. Cuando los sacerdotes creen que su ministerio puede ser sustituido por la colaboración pastoral de algunos fieles ha comenzado a hacer crisis su propia vocación. La colaboración  pastoral será necesaria siempre, no sólo en los tiempos de escasez de sacerdotes, pero nunca será posible sustituir el ministerio sacerdotal como actuación de salvación en la persona de Cristo a favor de los hombres, porque el ministerio de los sacerdotes es de institución divina. El sacerdote tiene que vivir su consagración con Cristo como entrega con él por los demás, y por eso su existencia es, ella misma, sacramento de Cristo; y lo será tanto más cuanto más configurado esté el sacerdote con Cristo, siendo humilde y obediente, casto y humanamente crecido en la gracia que se le ha dado para sostenerle. El sacerdote es débil como todos los humanos, pero ha recibido, para sustentar su fe y ministerio, el don inefable del Espíritu del Padre y del Hijo, que le hace partícipe de la consagración sacerdotal de Cristo, don que fue dado con la imposición de manos del Obispo y la unción con el crisma de la alegría, de la cual Cristo le ha querido hacer portador y pregonero.

Queridos hermanos presbíteros, los sacerdotes somos necesarios por voluntad de Cristo para la salvación del mundo. Somos los amigos del Esposo, que hemos de anunciar al mundo el gozo de su presencia, para que el mundo viva por Él. Lo podremos hacer, si nos mantenemos fieles a la amistad de Cristo, con la que fuimos agraciados por un amor inmerecido, para ser medio e instrumento de gracia y salvación, para que no se pierda ninguno de los que el Padre puso al cuidado del único Pastor Bueno, Cristo Jesús, que nos ha llamado a su pastoreo de amor para bien de todos (Jn 17,12). Que la Virgen María nos alcance de su Hijo cuanto Él espera de nosotros.

 

S.A.I. Catedral de la Encarnación

31 de marzo de 2010.

                                                           +Adolfo González Montes

                                                                       Obispo de Almería

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