Lecturas: Jer 17,5-10; Sal 1,1-4.6;Lc 16,19-31

Queridos hermanos sacerdotes;

Profesores y alumnos:

Hermanos y hermanas:

La Cuaresma nos adentra en este tránsito de purificación y conversión a Cristo que nos prepara para al celebración de la Pascua. La conversión es un retorno a la soberanía plena de Dios en nuestra vida, renunciando a los ídolos que cada uno de nosotros se construye apoyando sobre ellos nuestra imagen y consistencia. El profeta Jeremías, sin embargo, nos recuerda que la existencia del verdadero adorador de Dios se levanta sobre la palabra de Dios como única realidad consistente: “Maldito quien confía en el hombre y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor: será como un cardo en la estepa,  no verá llegar el bien” (Jer 17,5). Resuenan estas palabras de Jeremías, poco más de un siglo después, con la misma potente fuerza de la sentencia profética de Isaías frente a la casa real de Israel, que buscaba sobrevivir mediante los pactos con Asiria: “Si no os afirmáis en mí, no subsistiréis” (Is 7,9). Sólo la fe que es confianza en el poder de Dios y en su voluntad irrevocable de salvación, puede conducir la vida del hombre y proporcionarle la salvación.

No otro es el mensaje de la parábola del pobre Lázaro, que hemos escuchado en el evangelio de san Lucas. Lázaro es la personificación parabólica de todos los bienaventurados, que sólo han puesto su confianza en el Señor, aun cuando aparecen a los ojos de los hombres como cercados por la inseguridad y amenazados por la muerte. No sanciona la parábola el mantenimiento de los pobres en la miseria como moneda de cambio para alcanzar la vida eterna. La parábola ilustra la dificultad que tienen los ricos para entrar en el reino de los cielos, cuando su corazón está poblado por los bienes en los que han puesto su esperanza de futuro y de  perduración. Dios no bendice la miseria sino la pobreza sin desesperanza, es decir, la pobreza de quienes tienen a Dios por posesión definitiva y saben en su corazón que, en verdad, nadie puede, “por más que se preocupe, añadir un codo a la medida de su vida” (Mt 6,27). La crisis económica que padecemos pone bien a las claras la vanidad de una vida opulenta levantada sobre las potencialidades del hombre, sin otra referencia que estas mismas potencialidades, sin que medie siquiera preocupación alguna por la moralidad de las acciones mediante las cuales los hombres ansían acumular riquezas.

La palabra del Señor es certera: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13; cf. Mt 6,24). Por eso, pretender seguir a Jesús, ser discípulo suyo sin renunciar a los bienes de este mundo resulta imposible. El joven rico había sido un fiel observante de la ley y de las tradiciones religiosas de Israel, pero su corazón estaba apegado a los bienes de este mundo, porque era muy rico. El comentario de Jesús sobre la dificultad que suponen las riquezas para entrar en el reino de los cielos, provocó un gran espanto entre sus discípulos, que le dijeron: “Entonces, ¿quién se podrá salvar?, a lo que Jesús contestó: “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios” (Lc 18,27; cf. Mc 10,27; Mt 19,26). Sólo en Dios puede el hombre alcanzar su salvación, que es imposible esperar del hombre mismo: “Pues ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?” (Lc 9,25).

Nuestra cultura es una cultura del tener y de la acumulación, que alimenta asimismo el consumo constante de bienes; su conversión en una cultura de la solidaridad fraterna sólo puede llevarse a cabo invirtiendo el orden de las prioridades que mueven a los seres humanos. Es verdad que la crisis puede dejar al descubierto la precariedad de nuestra situación, pero nada podrá cambiar en profundidad, en tanto la sociedad no sea capaz de aquellas reformas sociales que pongan el criterio en la única prioridad que la ley divina ha establecido en el corazón de todos los hombres: la dignidad del ser humano y su valor incondicional, al cual se ha de supeditar toda la ordenación de la sociedad. El clamor de los pobres y desheredados seguirá llegando hasta Dios, reclamando su justicia.

Dios nos ha ofrecido en Jesucristo la justicia que el hombre no puede establecer y que nos otorga el perdón y la regeneración de la vida. De ella nos habla el mensaje de Cuaresma del Santo Padre, recordándonos que la lógica del amor es la que ha de nutrir la verdadera justicia, la que viene de Dios para liberarnos del egoísmo de los hombres, origen de toda justicia. En Jesucristo Dios nos ha revelado el amor que libera de la injusticia y trae la paz, que es reconciliación plena con Dios y entre los hombres. El Papa nos recuerda que la justicia de Cristo viene, en verdad, de la gracia, porque no es el hombre el que repara, el que se cura a sí mismo y a los demás, sino el amor incondicional de Dios por nosotros. La justicia de Dios se revela en la entrega del Hijo a la muerte por nuestra salvación. El Papa quiere hacernos conscientes de la falta de comprensión que el hombre tiene de esta lógica divina y añade: “Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad” (Benedicto XVI,  Mensaje para la Cuaresma de 2010: «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo»).

Que sea así para todos nosotros, para que podamos dar a los hombres de nuestra sociedad testimonio de esta lógica divina, que es objeto del estudio de la Teología como tarea de vida y ministerio para la salvación. Como entendieron que lo era los grandes Padres de la antigüedad cristiana, y lo entendieron siempre los grandes y santos teólogos que, como santo Tomás de Aquino, alcanzaron la santidad haciendo suya la lógica del amor de Dios que la alimenta; la lógica que queda al descubierto en la entrega de Jesucristo a la muerte por nosotros, con la confianza puesta en Dios su Padre. La entrega de Jesús a la muerte y la acción divina de la resurrección son el contenido del misterio eucarístico que ahora celebramos.


Universidad Pontificia de Salamanca


4 de marzo de 2010

Jueves de la IIª Semana de Cuaresma

 

                                                        + Adolfo González Montes

                                               Obispo de Almería

Vice Gran Canciller

 

 

 

Pin It

BANNER02

728x90