Venerable hermano en el Episcopado;
Queridos sacerdotes, religiosas y seminaristas;

Hermanos y hermanas:

Nos llena hoy de alegría la ordenación presbiteral de uno de nuestros diáconos, que a lo largo de los últimos años se ha preparado para este día en el que el Señor le consagra en medio de la comunidad eclesial. Por la ordenación que hoy recibe será configurado con Cristo Maestro, Sacerdote y Pastor, y destinado a ser “instrumento elegido” (Hech 9,15), para llevar el nombre del Señor a todos cuantos le serán confiados. Desde hoy ejercerá en la Iglesia el ministerio de salvación del mismo Cristo.

El autor de la carta a los Hebreos, que acabamos de escuchar, dice del sumo sacerdote de la Alianza antigua que, “escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios” (Hb 5,1). Es decir, está puesto ante Dios para obtener de él su favor en beneficio de los hombres en todo cuanto se refiere a Dios. La carta explana este pensamiento aclarando en qué consiste esta representación de los hombres ante Dios. Se trata de un ministerio de intercesión, para “ofrecer dones y sacrificios por los pecados” (ibid.). Añade además que ocupar este puesto no puede hacerse por propia decisión, sino por llamada divina, ya que ni siquiera Cristo, el sumo y eterno sacerdote de la nueva Alianza, se atribuyó a sí mismo tal dignidad y función, sino que le fue otorgada por Dios Padre que, en su designio de misericordia para con los pecadores, hizo de su Hijo amado instrumento de reconciliación constituyéndole en “Sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec” (Hb 5,6).

El autor de esta carta, de hondo contenido teológico sobre la persona y el ministerio sacerdotal de Cristo, se sirve de la figura del misterioso personaje de Melquisedec, rey de Salén y sacerdote del Dios Altísimo, de linaje desconocido, que ofreció a Abrahán pan y vino (cf. Gn 14,17-20), para explicar que el sacerdocio de Jesucristo no se debe a su pertenencia a una familia sacerdotal y no ha recibido, en consecuencia, el sacerdocio como herencia familiar, sino como vocación y designio divino, “llamado por Dios, lo mismo que Aarón” (Hb 5,4). Cristo, Hijo eterno de Dios hecho carne, engendrado antes de los siglos, ha sido constituido sacerdote sumo y eterno por designio del Padre, según aquellas palabras del salmista cuando dice refiriéndose al Mesías: “Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec” (Sal 109,4). La carta a los Hebreos recoge esta divina consagración sacerdotal de Cristo citando además las palabras de otro salmo, afirmado que “tampoco Cristo se atribuyó el honor de ser sumo sacerdote, sino que lo recibió de quien le dijo: ‘Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy’ [Sal 2,7]” (Hb 5,5). Es Dios Padre quien ha constituido sacerdote eterno a Cristo “a la manera de Melquisedec” (Hb 5,6.9), y ha hecho de él, por su obediencia amorosa al designio de su Padre, el Mediador único de la nueva y eterna Alianza fundada en su sangre “derramada por muchos [todos] para el perdón de los pecados” (Mt 26,28).

Al designio del Padre, el que ha sido engendrado como Hijo eterno antes de los siglos en el seno del Padre, responde en obediencia filial: “Sacrificios y ofrendas no quisiste, pero me has formado un cuerpo (…) / Entonces dije: ¡He aquí que vengo (…), para hacer, oh Dios, tu voluntad!” (Sal 40; 7-9; cf. Hb 8,5-7).

Sólo Jesucristo es el verdadero y único Sacerdote eterno, que siendo de condición divina se hizo hombre por nuestro amor y asumió en obediencia el designio divino de la cruz, como dice san Pablo a los Filipenses: ““Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como un hombre, se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz” (Fil 2,7-8). El sacerdocio de Cristo se realizó mediante la ofrenda de sí mismo, para lo cual el Hijo de Dios tomó como propia nuestra carne, haciéndose uno de nosotros. Por medio de la encarnación y su nacimiento de la inmaculada Virgen María, Jesús se hizo en todo semejante a nosotros menos en el pecado, para librarnos a todos del peso de nuestras culpas mediante un ministerio de reconciliación.

Hemos de entender que la carta a los Hebreos diga que el sumo sacerdote es tomado de entre los hombres y quiera aplicar a Cristo lo que dice del antiguo sumo sacerdote: por haber sido tomado de entre los hombres, “puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades” (Hb 5,2). Jesús “tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser un sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que toca a Dios y expiar los pecados del pueblo” (Hb 2,17). Sin embargo, esta semejanza de Cristo con los hombres excluyó de todo punto el pecado, ya que de no ser así no hubiera podido realizar la redención de los pecados. Si Jesús puede compadecerse de nosotros, es porque probó nuestra condición y “en todo se hizo semejante a nosotros, menos en el pecado” (Hb 4,15).

En este año sacerdotal, promulgado por el Papa Benedicto XVI, el ministerio del sacerdote ha de aparecer ante la comunidad eclesial como prolongación en el tiempo del ministerio de reconciliación que Dios confió a Jesucristo. No porque el sacerdote pueda ocupar el lugar de Cristo repitiendo lo que él realizó de una vez para siempre, sino porque actuando en su propia persona, representando a Cristo en la comunidad por decisión del mismo Cristo, el sacerdote ha sido constituido ministro de la reconciliación. Cristo lo quiso así a fin de que toda la comunidad cristiana pueda apropiarse de la salvación que viene sólo de él, de su muerte y resurrección, y llega a los fieles por medio del ministerio de los sacerdotes. Es lo que san Pablo dice a los Corintios, al presentarse ante ellos como “ministro de la reconciliación” con la autoridad de Cristo: “Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Cor 5,20). Llamado a proclamar la buena noticia de la salvación en Cristo, el sacerdote ofrece el perdón de Cristo a los pecadores y, en ejerce el ministerio de la reconciliación porque actúa “in persona Christi” representando al mismo Cristo. Su ministerio es un ministerio vicario y representativo, sirve como instrumento personal a la prolongación en el tiempo del ministerio redentor de Cristo.

Este ministerio sacerdotal tiene, por todo ello, en la celebración eucarística su expresión sacramental más propia, ya que el sacerdote realiza en la persona de Cristo la actualización del mismo sacrificio de la cruz por medio del sacrificio eucarístico de la Misa, haciendo así posible a los fieles la participación sacramental en el sacrificio redentor de la cruz. El ejercicio del ministerio sacerdotal configura a cada sacerdote con Cristo y, por medio de su propio ministerio, cada sacerdote es introducido en el dinamismo sacrificial por el cual él mismo ha de ofrecerse con Cristo y recoger en el sacrificio eucarístico de la Misa la ofrenda de sí mismos de todos los fieles, asociados sacramentalmente por su medio al sacrificio de Cristo. De este modo, por medio del ministerio de los sacerdotes los fieles pueden ejercer en el culto eucarístico el sacerdocio común de los bautizados. El sacerdote es instrumento personal al servicio del sacerdocio común de todos los fieles.

El ministerio del sacerdote es necesario para la vida de la Iglesia, por ser necesario para la construcción de la comunidad cristiana. El ministerio sacerdotal no puede ser sustituido por los otros ministerios, aun cuando todos ellos sean necesarios para el crecimiento del cuerpo místico de Cristo, para el bien de la comunidad eclesial. Cristo lo ha querido así y, por esto, el ministerio de los sacerdotes forma parte del plan de Dios para reconciliar al mundo y llevarlo a la participación de la vida divina.

Además, el ministerio de los sacerdotes sirve a la unidad de la Iglesia en forma propia y singular. Al referirse a la reunificación de Israel, como hemos escuchado en la primera lectura, Jeremías profetizó en figura la reunificación de todos los hombres en la Iglesia. Dios ha querido, como dijo el Vaticano II, que la Iglesia sea en Cristo “como un sacramento o signo e instrumento der la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, n.1). En su designio de amor para con la humanidad, Dios ha querido congregar en la Iglesia a la naciones. Esta congregación universal de toda la humanidad fue profétizada en figura en la reunificación del pueblo elegido disperso, recogiendo a Israel “desde los confines de la tierra (…) por un camino llano sin tropiezos” (Jer 31,8), porque es un Dios misericordioso, creador y redentor de su pueblo, que asegura: “Yo seré para Israel un padre, Efraín será para mí mi primogénito” (Jer 31,9).

En Jesucristo, el Hijo unigénito del Padre, tal como profetizo Caifás refiriéndose al valor de la muerte de Cristo, murió para “reunir en uno solo a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11,52). En la Iglesia Dios ha querido congregar a la humanidad dispersa y Cristo ha hecho del ministerio sacerdotal un ministerio de la reconciliación y de la unidad. Por el ministerio del sacerdote, verdadero padre espiritual de la comunidad cristiana, los fieles son congregados en Cristo. Por su ministerio, todos vienen a la unidad de la fe, que se fundamenta en la misma confesión de fe y en la participación sacramental del mismo pan y del único cáliz de salvación. Toda la caridad pastoral del sacerdote tiende a dar cabida en el corazón de Cristo a cada uno de los hijos de Dios. La paternidad que el sacerdote ejerce sobre la comunidad le convierte en maestro y guía de la comunidad y en santificador de sus hermanos.

Su vocación lleva al sacerdote por el camino del seguimiento y de la cruz, como siguieron a Jesús sus apóstoles y discípulos, como le siguió Bartimeo, el ciego del habla hoy el evangelio, que fue curado por Jesús y, lleno de gozo, se sumó a los discípulos camino de Jerusalén, donde Jesús había de ser inmolado. El sacerdote es hombre de fe, como Bartimeo, que confiesa sin temores humanos que Jesús es el Hijo de David y Mesías de los hombres. El sacerdote ha de rendir el “hermoso testimonio” (1 Tim 6,13) de la fe que san Pablo pedía de Timoteo, tal como dio testimonio de la verdad el mismo Jesús ante Pilatos. Por eso, el sacerdote está llamado a ser padre espiritual de la fe de sus hermanos, alimentando con la predicación de la palabra de Dios la fe de los fieles, que la gracia divina sostiene y robustece por medio de los sacramentos que él celebra para la comunidad eclesial. Misionero del Hijo de Dios, el sacerdote hace crecer la fe de los fieles y hace posible su expansión en el mundo ayudando a los fieles a dar testimonio.

En este año sacerdotal es necesario rogar con insistencia, queridos fieles, para que el Señor suscite sacerdotes en su Iglesia y, por su ministerio, la fe se robustezca y crezcan en número y santidad los que aman a Jesús porque han reconocido en él al Enviado de Dios y único Salvador de los hombres.

Hoy, querido hijo, cuando recibes el Espíritu Santo para ser consagrado sacerdote y ejercer como presbítero en la comunidad eclesial, mira bien cómo lo recibes y considera bien tu nueva condición sacerdotal y mantente fiel a Cristo, como Cristo se mantendrá siempre fiel a ti; porque Cristo ha querido contar contigo y depender de ti para seguir salvando a los hombres nuestros hermanos. Para ello contarás con al ayuda de la inmaculada Virgen María, a la que siempre has amado tiernamente. Ella es Madre del Señor y de los discípulos que le siguen y le aman.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 24 de octubre de 2009.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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