Lecturas: So 3,14-18ª; Sal 95;Ef 2,19-22; Aleluya: Jn 15,4-5;Jn 15,1-8

Queridos hermanos sacerdotes, religiosas y fieles laicos;Hermanos y hermanas:

Nos hemos reunidos convocados por la palabra de Dios y en torno a la mesa común de la Eucaristía que nos nutre de la vida divina que llega a nosotros por medio de Cristo, pan partido y repartido para la vida del mundo. Nos reunimos al comienzo de un nuevo curso pastoral ya en marcha, orientado por los programas que nos hemos comprometido a llevar adelante al servicio de la comunidad diocesana y con la mira puesta en la evangelización de la sociedad, a la que queremos ofrecer la esperanza que colma el deseo del corazón humano. La esperanza fundada en la muerte y resurrección de Cristo, que abre el deseo a la plenitud de sentido que Dios nos ha revelado en el misterio pascual del Redentor del género humano.

La Iglesia hace esta oferta de la esperanza que tenemos en Cristo al servicio del hombre actual en el contexto de nuestro tiempo, marcado no sólo por la pluralidad de concepciones del mundo en pugna y, a un mismo tiempo, coexistentes, religiosas unas y marcadas por un fuerte y beligerante laicismo otras. Prefigurada en el pueblo de Israel como pueblo de la elección divina, la Iglesia ofrece esta esperanza al hombre de hoy, como lo ha hecho siempre, inspirando una concepción de la vida que ha sido el marco de desarrollo espiritual y material de las sociedades cristianas.

Como hemos escuchado en la primera lectura de Sofonías, la esperanza que se funda en el designio de salvación de Dios alienta en el pueblo de Israel la fe en el perdón divino, fruto de la misericordia: “El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos (…) El Señor tu Dios, en medio de ti es un guerrero que salva. Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta” (So 3,15). Una oración inspirada por el Espíritu Santo al autor del libro de la Sabiduría reza así: “Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos” (Sb 11,23). Pues bien, Dios ha manifestado su poder al resucitar a Cristo de entre los muertos revelando el perdón que emana de la cruz de Cristo. En el combate con el Maligno, Dios se ha mostrado como un guerrero victorioso en la resurrección de Cristo, triunfante sobre la muerte y dador de vida para cuantos creen en él y reciben el perdón de los pecados. La Iglesia es el ámbito en el que se manifiesta esa victoria que genera esperanza y abre el corazón del hombre a una vida plena de sentido, capaz de integrar los sinsabores, los errores y el fracaso, la enfermedad y la misma muerte como camino hacia la vida. Ciertamente, la plenitud de esta vida es futura, pero ya es realidad presente por la fe, la esperanza y el amor. Vivir en la Iglesia es vivir de la vida que nos llega del perdón que Dios nos otorga en Cristo, haciendo de nosotros una criatura nueva llamándonos a formar parte de su cuerpo místico, e integrarnos en la edificación espiritual de los bautizados.

Cuantos han llegado a la Iglesia y participan de la vida divina en los sacramentos de la nueva Alianza, ya no se sienten “extranjeros, ni forasteros, sino ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios” (Ef 2,19). La Iglesia es la gran fraternidad que el Apóstol contempla como un edificio “que se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor” (Ef 2,21), y este templo está edificado “sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular” (Ef 2,20). En la Iglesia nadie ha de ser extraño a nadie, si de verdad es discípulo de Cristo y miembro de la familia de Dios. Es verdad que los que son bautizados en Cristo permanecen en tensión constante entre lo que se ha llamado el “existencial de gracia” y el “existencial de pecado”; es decir, en la tensión que san Pablo describe con tanto acierto, cuando asegura que hace lo que no quiere hacer y aborrece y, por el contrario, no hace aquello que quiere hacer. La explicación de esta existencia atravesada por la contradicción la da el Apóstol, al decir: “Y si hago lo que no quiero (…); en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí” (Rom 7,17).

El cristiano no verá resuelta esta contradicción que le divide sino en la vida eterna, de ahí la permanente vigilancia que ha de tener sobre sí mismo y sobre las tendencias que le desagarran, “la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida” (1 Jn 2,16). Por eso, el cristiano nada puede hacer por sí mismo si no permanece unido a Cristo. El evangelista san Juan entiende el discipulado del cristiano, que es seguimiento de Jesús, como permanencia en él, porque sólo de Cristo le viene al cristiano la redención de sus facultades y la vida verdadera. Nada de cuanto edificamos los hombres podrá hallar el ensamblaje de la permanencia sin la ayuda del mismo Jesús, que es la piedra angular. Todos nuestros proyectos pastorales y los programas que podamos proponernos como medio de su ejecución, si no cuentan con la permanencia en Cristo serán estériles. La alegoría de la vid y los sarmientos ilumina la vida de gracia que nutre una existencia en el Espíritu, como savia que corre por las venas de la vida cristiana llevando el alimento a los miembros del cuerpo. Por eso, sólo “el que permanece en mí [dice el Señor] y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hace nada” (Jn 15,5).

El curso pastoral que hoy abrimos invocando la asistencia del Espíritu Santo sólo dará frutos de vida eterna, si de verdad permanecemos unidos a Cristo; y sólo si Cristo Jesús es la razón de nuestras acciones, el origen y la meta de las mismas. No otra es la razón de ser de la Iglesia, identificada por Cristo con él mismo, convertida por su presencia en ella en sacramento de salvación para los hombres de cada época. Por esto no es posible llevar a Cristo a los hombres de hoy al margen de la Iglesia, con la que Cristo ha querido identificarse haciendo de ella el ámbito explícito de su soberanía, donde Cristo Jesús es confesado Señor y Salvador y adorado como Hijo de Dios y Dios con nosotros. La Iglesia, aun cuando está formada por hombres pecadores como nosotros, es el ámbito donde es confesada explícitamente la realeza de Cristo sobre el mundo, porque sólo en ella, por designio divino, se experimenta su presencia redentora.

Amar a la Iglesia no excluye, ciertamente, la crítica de cuanto en la comunidad eclesial hay de humanamente débil, de cuanto por causa del pecado aparece como en contradicción con la comunión de los santos y ha de ser corregido y enmendado; pero este amor a la Esposa de Cristo excluye el distanciamiento de la vida eclesial y la crítica ideológica que difícilmente escapa a una pecaminosa voluntad de dominio sobre ella, sin tomar en consideración el misterio del cual la Iglesia es portadora, el misterio del amor gratuito de Dios por el mundo que la rescata permanentemente del pecado y hace de ella la Iglesia santa de Cristo. Permanecer en Cristo implica permanecer en la Iglesia, vivir en ella de Cristo y darlo a conocer presente en ella; porque no es posible separar de Cristo a la Iglesia, Esposa y Cuerpo suyo, por cuyo medio Cristo otorga el perdón de los pecados a cuantos vienen a la fe y son incorporados a la Iglesia, haciendo real para cada cristiano la salvación ofrecida a todos.

En este año sacerdotal, cuando el Sucesor de Pedro llama a todos a crecer en la estima de los sacerdotes como ministros del perdón y de la gracia de la santificación, que ellos dispensan en su nombre de Cristo y en su propia persona, supliquemos el don de las vocaciones sacerdotales. Hagámoslo así para que la Iglesia pueda seguir, fiel a Cristo, llevando a todos la gracia de la redención y alentado así la esperanza de un mundo mejor y más fraterno, donde se viva por adelantado el gozo de la vida bienaventurada.

Que María, figura y madre de la Iglesia, que invocó y esperó la llegada del Espíritu sobre los apóstoles y discípulos de Jesús, nos ayude con su intercesión a conseguirlo de la misericordia de Dios, para que el apostolado de los laicos y la caridad pastoral de los ministros sirva al bien espiritual de todos los bautizados y a la evangelización de nuestra sociedad.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 31 de octubre de 2009.

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

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