Queridos sacerdotes, religiosas y seminaristas,

Queridos fieles laicos, hermanos y hermanas en el Señor:

En la carta a los Efesios, que acabamos de escuchar, dice san Pablo que Dios “nos ha destinado en la Persona de Cristo –por pura iniciativa suya– a ser hijos de Dios” (Ef 1,5); y añade: “Con Cristo hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad” (Ef. 1,11b).

Sólo la gracia de Cristo nos hace hijos de Dios, porque sólo Cristo es verdadero hijo de Dios, engendrado antes de los siglos y aparecido en el tiempo al nacer de la Virgen María. La filiación divina, sin embargo, es posible por el designio de Dios Padre que así ha querido incorporarnos, por su gracia, al destino de su Hijo unigénito, Jesucristo nuestro Señor.

Venimos a ser hijos de Dios por el bautismo, que perdona los pecados y nos agrega a la Iglesia, verdadero cuerpo de Cristo, donde recibimos la gracia de la salvación y de la santificación por medio de los sacramentos. El bautismo borra el pecado original recibido de nuestros padres, como acabamos de escuchar en la lectura del Génesis. Todos nacemos en un mundo pecador en el que somos marcados desde el origen de nuestra existencia por el pecado; y borra los pecados personales cometidos antes de haberlo recibido. El bautismo ha sido instituido por Cristo como medio de acceso a la gracia de la redención. Es universalmente necesario, porque todos nacemos bajo el signo del pecado.

 La Virgen María fue exceptuada de un modo singular del destino de nacer bajo el signo del pecado, en esta situación de perdición universal; y lo fue porque aquel que “hace todo según su voluntad” (Ef 1,11b) así lo quiso para ella, en preparación de su divina maternidad: la que había de ser madre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo no podía nacer de una madre marcada por el pecado. El Redentor del mundo no podía quedar marcado por el pecado de su madre. La que con toda justicia habría de ser invocada como verdadera madre de Dios, tal como la proclamó el año 431 el Concilio de Éfeso, no podía nacer alejada de Dios por el pecado, por eso había de ser Inmaculada. El Papa Benedicto XVI explica el misterio de María Inmaculada diciendo: “Ella es el vástago, del que deriva el árbol de la redención y de los redimidos. Dios no ha fracasado, como podía parece al inicio de la historia con Adán y Eva” (Benedicto XVI, Homilía en la Basílica de San Pedro, 8 de diciembre de 2005). El pecado ha sido vencido gracias al linaje de la mujer, que recibió el mensaje del ángel y con su sí a la propuesta divina de ser madre del Salvador, abrió para la humanidad las puertas de la salvación.

El Papa Juan Pablo II dice que para entender bien las palabras del ángel a la Virgen, cuando la saluda como “llena de gracia”, es necesario acudir al pasaje de la carta a los Efesios que hemos escuchado hoy. Que María sea bendita, dice el Papa, se explica  por la bendición universal que Dios ha derramado por obra de Jesucristo en la historia del hombre desde el comienzo hasta el final de la humanidad. Sin embargo, agrega el Papa, esta bendición universal tiene una realización del todo singular en María, porque en ella, la hija de Sión, “se ha manifestado en cierto sentido, toda la ‘gloria de su gracia’, aquella con la que el Padre ‘nos agració en el amado’”, razón por la cual el mensajero celestial la llama “llena de gracia”, porque sólo ella está con una singular misión incluida en el misterio de Cristo: ser la madre del Redentor: “En el misterio de Cristo María está presente ya ‘antes de la creación del mundo’ como aquella que el Padre ‘ha elegido’ como madre de su Hijo en la encarnación, y junto con el Padre la ha elegido el Hijo, confiándola eternamente al Espíritu de santidad” (Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris Mater, 25 de marzo de 1987, n. 8).

Este bello texto del venerado Papa Juan Pablo II explica de qué modo la relación que las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad guardan con María, en virtud de la elección, por el Padre y por el Hijo, de la Virgen María como aquella que había de dar a luz al Hijo encarnado por obra y gracia del Espíritu de la santidad. Es el Espíritu el que realiza la santificación del hombre y lo devuelve a Dios, haciendo que llegue a cada ser humano la gracia de la redención de Cristo. Es esta relación de amor de las divinas Personas hacia la Virgen María la razón de ser de su Concepción Inmaculada. Predestinada antes de los siglos a ser la madre del Redentor, María es contemplada por la Iglesia como el modelo de su propia santidad, fruto de la participación de todos los hijos de la Iglesia en el designio universal de salvación reconocido y confesado en el bautismo. Con razón canta la Iglesia en el prefacio de la liturgia de este día: «Purísima había de ser, Señor, / la Virgen que nos diera el Cordero inocente / que quita el pecado del mundo. / Purísima la que entre todos los hombres, / es abogada de gracia / y ejemplo de santidad» (Misal Romano: Prefacio de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María).

La oración solemne de este día, llamada colecta porque quiere recoger y aunar la plegaria de toda la asamblea celebrante, recoge, en efecto, la fe de quienes invocan a María y ven en ella la realización perfecta de la gracia mediante la cual quiso Dios preparar una digna morada a su Hijo. La intercesión de que María goza ante Dios por medio de Cristo su Hijo recibe su justificación perfecta de la divina maternidad de María. Fue por obra y gracia del Espíritu Santo como María llegó a ser la madre del Hijo eterno de Dios; obra de la gracia que se manifiesta en la perfección de la fe de María, continuadora de la fe de Abrahán, que la lleva a plenitud, mediante la cual aparece ante Isabel como la que es portadora de la particular bendición de Dios: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! (…) ¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1,42.45).

María es la gran figura del Adviento, que llena de fe y de esperanza ejercita la caridad y ampara los ruegos de cuantos a ella acuden confiadamente mientras aguardan el día de la plena y gloriosa manifestación de Cristo. Quiera Dios que la honda veneración que nuestras comunidades cristianas sienten por María fructifique en obras de amor que imiten la caridad de la Virgen, que acudió con prontitud a la montaña de Judea a socorrer a su prima Isabel. María, cuya Inmaculada Concepción celebra hoy con gozo la Iglesia, es ejemplo de cómo la disposición al servicio del prójimo manifiesta la obediencia a la palabra de Dios, que María acogió con fe plena, es decir, eficazmente caritativa; fiándose por entero de la palabra de Dios y aceptando el designio divino sobre ella que el ángel le anunciaba. La vida que María llevaba en sus entrañas era la vida del mundo y el ser portadora de esta vida produjo aquel gozo inefable del Bautista, que le hizo saltar en el vientre de Isabel.

Hoy, cuando la vida es amenazada gravemente por el error culpable y el pecado de los hombres, se hace necesario proclamar que la vida viene de Dios y que nadie tiene derecho alguno a atentar contra la debilidad de una vida humana en gestación. La vida dichosa y bienaventurada es el fruto de la redención que nos vino por el nacimiento del que es Autor de la vida y quiso nacer de las purísimas entrañas de Santa María siempre Virgen. Elevemos a María nuestra súplica por la vida, cuando la acción de los hombres puede arriesgar el éxito de la gestación:

 

Virgen Inmaculada, María,

Madre de Dios y madre nuestra,

Santa Virgen de la O,

Madre de la Esperanza y del Amor hermoso:

 

Danos entrañas de ternura

con la vida en gestación

que cada madre lleva en sus entrañas;

y un corazón agradecido,

porque has puesto en nuestras manos

el prodigio de dar a luz la vida.

 

Ruega por nosotros,

nueva Eva y Madre de los hombres:

que por tu intercesión aumenten los hijos de Dios

salvados de la muerte y también hijos tuyos,

confiados a  ti por Jesús

antes de morir por nuestro amor.

 

Enciende en el corazón de nuestros jóvenes

la hermosura del amor santo

que ilumina la vida humana;

y líbralos del tráfico del falso amor.

 

Que nuestros jóvenes descubran

que el amor es siempre puro,

generosa entrega de la vida por el amado,

negación de sí para que vida de los otros.

 

A ti, Virgen Inmaculada, María,

nos confiamos y consagramos nuestras vidas,

para que con tu ayuda

fijemos nuestros ojos en Jesús,

único Salvador de los hombres,

nacido en nuestra carne de tus purísimas entrañas,

para manifestar el amor de Dios

y abrirnos el camino hacia el Padre,

origen y consumación

de la vida humana en la vida eterna. Amén.

 

Bendita y alabada sea la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María.

Sea por siempre bendita y alabada.

 S. A. I. Catedral de la Encarnación

8 de diciembre de 2009

                                                         + Adolfo González Montes

                                                               Obispo de Almería

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