Queridos formadores y seminaristas;

Hermanos y hermanas que seguís la santa Misa a través de «Radio María»:

Estamos ya muy próximos a la fiesta gozosa de la Natividad del Señor y las lecturas bíblicas de la Misa y del Oficio divino nos van acercando a la contemplación del misterio del nacimiento virginal de Cristo. La historia de la salvación camina hacia su centro, al punto al que tendían todos los acontecimientos de salvación vividos por el pueblo elegido, a modo de figuras y sombra de lo que había de venir.

El nacimiento de Cristo divide la historia humana en un antes y un después, porque la esperanza de los que miraban hacia el Mesías de Israel y Salvador de la humanidad se hizo realidad y cumplimiento con la venida en carne del Hijo eterno de Dios, que por nosotros se hizo Emmanuel, es decir, Dios-con-nosotros.

El nacimiento de Cristo anticipa en la humanidad del Señor, recibida de la Virgen María, la redención del hombre entero y de todos los hombres, la salvación de nuestra carne pecadora. El Verbo de Dios hizo suya nuestra condición humana y, al hacerse hombre por nosotros, nos abrió el camino hacia la definitiva consumación de nuestra vida en Dios. Esta es la verdad honda y velada, a la que sólo llega la fe hasta que se haga gloriosamente manifiesta en la resurrección de toda carne. Es velada pero cierta, y porque es segura, es esperanzadora, pues nos revela el misterio del nacimiento de Cristo. En efecto, porque el Hijo de Dios se ha hecho hombre, nuestra esperanza del perdón de los pecados y de la gloria dichosa y feliz que Dios reserva para los que le aman alienta nuestra vida, dándole el sentido sobrenatural que nos orienta hacia la meta gozosa que anhelamos, hacia la participación plena de la vida divina.

Ciertamente, para Dios nada hay imposible. Las lecturas bíblicas nos abren a la todopoderosa actuación de Dios, que muestra su amor por nosotros haciendo que el vientre estéril de la anciana Isabel pueda dar cobijo al hijo engendrado por su esposo Zacarías, también anciano y sin esperanza de descendencia. Ya en la antigüedad, el pueblo elegido había experimentado que las gestas de salvación que Dios obró por su pueblo revelaban la omnipotencia misericordiosa del Señor, creador y redentor de su Israel. El misterio de la concepción ya tardía de Juan Bautista se había anticipado en la concepción de otra mujer estéril, esposa de Manóaj, que por intervención divina daría a luz a Sansón, juez y caudillo de Israel.

Estas dos concepciones que acontecen en el vientre de sendas mujeres estériles anticipan lo más desconcertante para la inteligencia humana: que el Hijo de Dios nacería de la Virgen por obra del Espíritu Santo. Dios preparaba así a su pueblo para que pudiera comprender mejor que, en verdad, nada hay imposible para Dios, y que el poder de Dios es inseparable de su misericordia.

El mismo Espíritu Santo que obró en la Virgen María llenó de sí, ya desde el vientre materno, al Precursor, cumpliéndose en él las palabras del salmo que hemos recitado: “En el vientre materno ya me apoyaba en ti, / en el seno, tu me sostenías” (Sal 70,6). Es la obra del Espíritu del Padre y del Hijo, por medio de la cual Dios preparó en las entrañas de María una digna morada para su Hijo. Frente a la humanidad pecadora del viejo Adán, la humanidad nueva de Cristo, nacido de María, es el comienzo de la regeneración que alcanzará por Cristo a todos los hombres. Como dijeron los Padres de la antigüedad cristiana, el anuncio del ángel a María es el exordio de nuestra salvación, la alborada y amanecida de la gracia, que abre nuestra esperanza a la nueva creación.

A veces las cosas de este mundo no van bien, sobre todo cuando, en nombre de la ley y como deuda del progreso, se violenta la vida y se provoca la muerte de los seres humanos en gestación. Una cultura de la muerte extiende sus sombríos presagios sobre la vida indefensa de los débiles. Sin embargo, no estamos solos, porque Dios se ha hecho Emmanuel, Dios está con nosotros y nos da seguridad. Sabemos que la vida triunfará siempre.

En la celebración de ayer consagrada a la advocación mariana de la «Virgen de la O» y «Nuestra Señora de la Buena Esperanza», contemplábamos cómo María aguardaba el nacimiento de Jesús enteramente confiada en el poder misericordioso de Dios. Unidos a ella, a santa María de la Buena Esperanza, abramos sin temor nuestro corazón a la actuación salvadora de Dios en nuestras vidas.

Que el Señor nos lo conceda por la participación en esta Eucaristía.

Almería, a 19 de diciembre de 2009

Seminario Conciliar de San Indalecio

+Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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