Lecturas: Is 52,7-10; Sal 97,1-6;Hb 1,1-6;Jn 1,1-18

Queridos hermanos sacerdotes, Religiosas y laicos; Hermanos y hermanas:

La solemnidad de la Natividad del Señor nos llena de gozo y alienta nuestra esperanza. Dios se ha hecho hombre para que nosotros podamos participar de la vida divina teniendo a Dios por uno de nosotros, oyendo su voz humana y contemplando en su rostro el misterio invisible de Dios oculto durante los siglos y ahora revelado.

Anoche contemplábamos al Niño nacido en Belén, envuelto por en pañales por su madre María, que lo acostó en un humilde pesebre (Lc 2,7); y lo adorábamos con los pastores  dando gloria a  Dios por el nacimiento del Mesías de Israel y Salvador de los hombres (Lc 2,11).  En la humanidad débil del recién nacido, Dios revela su fuerza redentora, al presentarnos a los ojos de la fe el misterio del nacimiento en carne del Hijo de Dios, situado en el tiempo, bajo la paz del emperador Augusto. Aquel que era la Palabra que existía en el principio en Dios, porque “estaba junto a Dios y era Dios” (Jn 1,1), la Palabra por  medio de la cual “fueron  hechas todas las cosas y sin ella nada se hizo de cuanto ha sido hecho” (v.3), siendo eterna, se hizo temporal para revestir nuestra carne mortal y devolvernos a Dios por el sacrificio de su generosa entrega por nosotros.

Toda la historia del pueblo elegido mira hacia este nacimiento en Belén, porque toda la historia de nuestra salvación está orientada a la llegada del Mesías redentor. Se cumple en su nacimiento la promesa hecha por Dios después del pecado de nuestros primeros padres: el linaje de la mujer vencerá a la serpiente, triunfará del Tentador que indujo a la humanidad a la caída y al alejamiento de Dios su Creador: “él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar” (Gn 3,15). La victoria definitiva sobre el demonio llevará a Jesús a la cruz, pero para esto quiso hacerse carne nuestra y nacer de la Virgen María.

Ante los temores de José ante el embarazo de su esposa, el ángel que se le aparece en sueños, le dice: “Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). El Hijo de Dios nace como hombre para ser nuestro salvador y alcanzarnos el perdón de nuestros pecados. La humanidad perdida vuelve a su condición primera, rescatada por el Redentor y lavada por su sangre. Bellamente representa el arte la finalidad de la encarnación de Cristo mediante la pintura de tantos autores que han concebido la representación del Niño Jesús soñando con su propio destino de cruz. El Hijo eterno se hizo mortal para padecer por nosotros. San Agustín dice por eso con honda reflexión: “Hubieses muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne del pecado, si él , si él no hubiera aceptado la semejanza de la carne de pecado”! (San Agustín, Sermón 185).

Isaías hablaba de la restauración de Israel, pero sus palabras se referían en propiedad al nacimiento de Cristo: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión «Tu Dios es Rey»” (Is 52,7). Es el anuncio del fin de la cautividad y del sometimiento al dominador sin piedad, es el fin de la esclavitud babilónica, la liberación del pueblo elegido de la servidumbre a que los han sometido los reyes caldeos. Jerusalén será reconstruida y las piedras en ruinas de la ciudad santa serán restauradas y levantada de nuevo la ciudad. Esta ciudad reconstruida es nuestra humanidad redimida y salvada por el nacimiento de Cristo y por su misterio pascual. Tal es el motivo del gozo de la Navidad: llega el Señor y la humanidad es invitada a salir a su encuentro como en un nuevo éxodo camino de la salvación que nos llega con el nacimiento del Salvador.

La encarnación de la Palabra es contemplada, además, llegando en la plenitud de los tiempos, después del recorrido de la historia de salvación que llega hasta Cristo y que viene jalonada por la palabra de los mensajeros de Dios. El autor de la carta a los Hebreos nos recuerda que somos privilegiados de vivir en esta etapa final de la historia de nuestra redención, porque ahora Dios ha querido hablarnos por medio de su Hijo, quien, “habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de Su Majestad en la alturas” (Hb 1,3). El autor de la carta igual que san Juan nos dice que el recién nacido es la manifestación visible del ser de Dios: “reflejo de su gloria, impronta de su ser” (v.3). De esta manera dice que sólo aquel que es verdadero “Dios de Dios” podía rescatarnos del pecado, llevar a cabo la que el autor de la carta llama “purificación de los pecados”, refiriéndose a Jesucristo como sumo Sacerdote de la nueva Alianza.

San Juan, en este prólogo tan comentado y admirado de su evangelio, no sólo nos dice que, en Cristo, la luz redentora de nuestra salvación brilló en las tinieblas de nuestros pecados. Dice además el evangelista que la Palabra de Dios aparecida en la carne de Jesús “alumbra a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9), porque esta divina Palabra “estaba en el mundo; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció” (Jn 1,10). Se hizo, pues, visible para dejar al mundo sin excusa alguna de no haberla conocido, pues en verdad: “la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).

Si por Moisés Dios entregó al mundo la ley, los mandamientos que no hemos guardado, quiso Dios que por medio de su Hijo nos llegara la gracia y la verdad salvadoras. Cristo Jesús ha llevado a perfección la ley divina, cumpliéndola por nosotros y haciendo de este modo posible que el hombre hiciera la voluntad de Dios. Conocer a Jesús es conocer al Padre y conocer su voluntad. Estas enseñanzas evangélicas sobre el misterio de la Palabra hecha carne son el mensaje de la Navidad. Es un mensaje de amor hasta el límite: el amor de Aquel que nació para darnos su vida a cambio de nuestra muerte, para darnos a Dios, cuyo amor habíamos rechazado por el pecado.

Dios, al que “nadie lo ha visto jamás” (Jn 1,18), nos ha sido revelado por su Unigénito hecho carne. Por él hemos conocido que siempre es Navidad, porque el amor de Dios es siempre actual y siempre se hace presente en la vida de cuantos se dejan amar por él. Jesús nos lo ha descubierto con su nacimiento de la Virgen María, custodiado por la fe y el amor de José. Ambos nos dan a Jesús como el mayor de los dones que Dios nos puede dar, porque en Jesús Dios nos da su propia vida divina, de la cual hemos recibido “gracia tras gracia” (Jn 1,18).

Vivamos en la fe el misterio de la presencia de Cristo con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, inseparable de su humanidad, en el sacramento de la Eucaristía que ahora celebramos.

 S.A.I. Catedral de la Encarnación

Navidad de 2009

                                                                  + Adolfo González Montes

                                                                        Obispo de Almería

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