Lecturas: Hech 6,8-10; 7,54-59; Sal 30,3-4.6-8.17.21; Mt10,17-22

Queridos sacerdotes y capitulares del Excmo. Cabildo Catedral,

Ilmo. Sr. Acalde

Respetadas Autoridades civiles y militares

Queridos fieles laicos;

Hermanos y hermanas en el Señor:

La fiesta de san Esteban nos reúne un año más para dar gracias a Dios por la restauración de la cristiandad en la Ciudad después de siglos de dominación e intentos de reintegración fallida en los reinos cristianos de España. Si durante algunos siglos permaneció la población cristiana de la ciudad sometida a la dominación musulmana, ésta terminó por hacer inviable la vida de la Iglesia en ella hasta prácticamente desaparecer con la marcha lenta e intermitente de los mozárabes, huyendo gran parte de esta comunidad al norte peninsular.

La persistencia histórica de la sede episcopal de Almería habla de la pretensión constante de legitimidad de la Iglesia en estas tierras durante los siglos de la dominación. En las décadas que precedieron a la entrega de la ciudad a los Reyes Católicos,  el 26 de diciembre de 1490, los Papas extendían el nombramiento de los últimos obispos de Almería anteriores a la restauración cristiana, asignándoles la sede almeriense “in partibus infidelium”, lo que les permitía residir en Sevilla. La historia fragmentada de la Iglesia de Almería bajo dominación musulmana forma parte de la cadena de los siglos que la vinculan a la población cristiana de la Península Ibérica, aun cuando la persecución amenazó no sólo al tejido social de la Iglesia hasta casi la desaparición de la población cristiana, sino incluso la pervivencia de su memoria.

La persecución forma parte de la vida cristiana desde sus comienzos. Tal es la razón de ser de esta fiesta de san Esteban, el primero de los mártires. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos  transmite la crónica de su cruel martirio, muerto por lapidación conforme a la ley judía contra los disidentes religiosos condenados por blasfemia. La Iglesia ha colocado esta fiesta un día después de la solemnidad de la Natividad del Señor, poniendo de este modo de manifiesto el carácter profético de las palabras de Jesús: “No está el discípulo por encima de su maestro (…) Ya le basta al discípulo ser como su maestro (…) Si al dueño de el casa le han llamado Beelcebul, ¡cuánto más a sus domésticos!” (Mt 10,24-25). Consolando a las piadosas mujeres camino del Calvario, Jesús dirá asimismo a las piadosas mujeres que lloran y se lamentan de verlo flagelado y coronado de espinas cargando con la cruz: “Si en el leño verde hacen esto, en el  eco ¿qué se hará?” (Lc 23,31).

El sufrimiento por causa de Cristo forma parte del seguimiento del discípulo. Jesús mismo lo había dicho invitando a sus discípulos a llevar la cruz: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8,34). San Pablo, el apóstol de las gentes, no aspira sino configurar su vida con Cristo: “a conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión  en sus padecimientos hecho semejante a él en la muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Fil 3,10).

Esta configuración con Cristo alcanza en el martirio la mayor expresión de amor por el Señor, don supremo que Dios concede a algunos de sus testigos, tal como lo fue san Esteban, el primero de los mártires. Tal y como lo han vivido los mártires cristianos de todos los tiempos, cuya sangre viene siendo vertida hasta hoy, en cualquier latitud de la tierra. En su muerte contempla Esteban a Jesús a la derecha de Dios, identificándolo en la visión con el Hijo del hombre que había de venir sobe las nubes del cielo, con el poder y la gloria de la resurrección. Esteban confiesa sin ambages que sólo a Cristo ha entregado Dios su reino. Sus enemigos no pueden resistir la confesión de fe en Jesús, y apedrean a Esteban llenos de furia y rabia incontenible. Esteban, en todo configurado con Cristo, perdona el crimen de sus verdugos con las mismas palabra de Jesús, como lo han hecho siempre los mártires: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hech 7,58).

A los cristianos nos cuesta aceptar la suerte de Jesús y seguirle por el camino de la incomprensión, la persecución y el odio religioso, una connotación de la cultura contemporánea de difícil comprensión en el contexto de una sociedad abierta y verdaderamente democrática. Antes que dar testimonio de Cristo, muchos cristianos prefieren secundar las exigencias anticristianas de los programas políticos: antes que verse obligados a abandonar el poder y los beneficios que la adhesión al poder les concede. Más aún, sin perturbación alguna de conciencia reclaman para sí mismos la adhesión al Evangelio que niegan a los pastores legítimos de la Iglesia que, en nombre de Cristo, les recuerdan el camino del seguimiento de Jesús, la senda estrecha del verdadero discipulado de Crucificado. Mas, cuando los hechos son en sí mismos anticristianos, de nada valen las declaraciones de fe de quienes los llevan a cabo.

Las palabras de Jesús que hemos escuchado en el Evangelio no dejan lugar a dudas: “No os fiéis de la gente: porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagoga y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa; así daréis testimonio mío ante ellos y ante los gentiles” (Mt 10,17-18). San Mateo ha recogido las proféticas advertencias del Señor que tienen como finalidad robustecer la fe de los discípulos enviados en misión evangélica, primero “a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 10,6); y después, a todos los pueblos gentiles, mandato del Resucitado y obra que constituye la razón de ser de la Iglesia: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,19-20).

Jesús, en verdad, fortalece la fe débil de sus discípulos y, una vez resucitado de entre los muertos, los envía con el poder de su resurrección, sin oro ni plata, apoyados sobre la cruz y libres de temor. Hoy nos invita la memoria del protomártir de Cristo san Esteban a templar nuestra fe y fortalecerla con la fuerza de lo alto, la que viene de la gracia redentora de Cristo y causa la santificación por obra del Espíritu Santo en nosotros.

Es el Espíritu el gran protagonista de la misión evangélica, es él quien pone las palabras adecuadas en la boca de los apóstoles y el que suscita la fe n sus oyentes. Todos, queridos hermanos y hermanas, estamos llamados a esta tarea de misión y testimonio. Que la contemplación de la debilidad del Niño de Belén, del Hijo eterno de Dios humanado nos ayude a entender mejor, como dijo el Señor a san Pablo, que la fuerza de Cristo se realiza en la debilidad y basta su gracia (cf. 2 Cor 12,9). Que la adoración de este misterio de amor, revelado en el desvalimiento del Niño Dios en brazos de su madre María y bajo la protección de José, nos ayude a hacer nuestro su mismo camino, el que va del pesebre a la cruz, pero termina en resurrección; recorrido en fidelidad a la fe de nuestros mayores, a la vocación histórica de nuestro pueblo cristiano, que quiso mantenerse fiel a la predicación evangélica en estas tierras desde los tiempos apostólicos.

 

S.A.I. Catedral de la Encarnación

26 de diciembre de 2009

Fiesta de San Esteban Protomártir

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