Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

         La unidad visible de la Iglesia se ha convertido en objetivo irrenunciable los cristianos en nuestro tiempo. El Vaticano II trazó para todos los católicos los principios teológicos del ecumenismo y desde entonces estos principios guían la actividad ecuménica de la Iglesia Católica, que viene uniendo su esfuerzo por la reconstrucción de la unidad visible de la Iglesia al esfuerzo que realizan las grandes Comuniones eclesiales no católicas. El ecumenismo es un don del Espíritu Santo a la Iglesia que ha prendido en el corazón de los cristianos, a pesar de su desunión, pues estamos convencidos de que es más lo que nos une que lo que nos separa. Nos une la fe trinitaria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y por tanto la común fe de todos los bautizados en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, tal como confesamos en el credo o símbolo de Nicea y Constantinopla, que recitamos cada domingo en al celebración de la Misa. Nos unen los sacramentos del bautismo y de la Eucaristía, y si no podemos aún compartir con las Iglesias y Comunidades eclesiales de La Reforma la misma fe en el misterio de la Iglesia como institución divina, los católicos compartimos con los cristianos de las Iglesias de Oriente nuestra fe en los siete sacramentos de la Iglesia, en el fundamento apostólico de nuestra fe: en la apostolicidad de la Iglesia, que se expresa en la doctrina recibida de los apóstoles y en la sucesión apostólica de los Obispos. Una fe en alto grado compartida también por las Iglesias de la Comunión anglicana.

         Por otra parte, gracias al ecumenismo, hemos aprendido a conjugar el camino de las Iglesias en diálogo hacia la reconstrucción de la unidad visible con el deber de respetar la conciencia y los derechos fundamentales de los bautizados en materia de libertad religiosa. No se puede concebir de forma alternativa el desarrollo del ecumenismo y el respeto al derecho a la libertad de conciencia religiosa. El derecho de la conciencia es anterior a los logros del ecumenismo, porque la verdad no se puede imponer sino proponer.

         Si el año 2008 se cumplían los cien años de recorrido de este Octavario de oración por la unidad de todos los cristianos, este próximo verano de 2010 se cumplirán cien años de aquella magna asamblea misionera que convocó en Edimburgo, en Escocia, a las sociedades protestantes misioneras, hondamente preocupadas por la falta de unidad de las Iglesias para dar testimonio de Cristo ante los que no son cristianos, a los cuales las Iglesias anuncian a Cristo como Salvador de la humanidad. La asamblea de Edimburgo se encuentra en los orígenes del movimiento ecuménico de nuestro tiempo y los cien años que nos separan de aquella asamblea ofrecen, contra la desesperanza de tantos escépticos ante el movimiento ecuménico, frutos que son la respuesta de Dios Padre a la oración de Cristo: “Te pido que todos vivan unidos. Como tú, Padre estás en mí y o en ti, que también ellos estén en nosotros. De este modo el mundo creerá que tú me has enviado” (Jn 17,21). Los logros del ecumenismo en nuestros días son el don del Espíritu Santo a la Iglesia como respuesta a la oración y súplica de Cristo, Mediador único entre Dios y los hombres, por la unidad de sus discípulos. Súplica a la que se unen las Iglesias y Comunidades eclesiales, para que el testimonio de los bautizados sea creíble.

         La valoración del camino recorrido por el ecumenismo que Benedicto XVI realizaba el pasado miércoles, en la audiencia general, es altamente positiva. El Papa decía que «el movimiento ecuménico moderno se ha desarrollado de manera notable, hasta convertirse en el último siglo en un elemento importante en la vida de la Iglesia». Y añadía: «No solo favorece las relaciones fraternas entre las Iglesias y las Comunidades eclesiales en respuesta al mandamiento del amor (...), sino que estimula también la investigación teológica. Además, implica la vida concreta de las Iglesias y Comunidades eclesiales con temas que tocan la pastoral y la vida sacramental»[1].

Refiriéndose al diálogo teológico bilateral entre la Iglesia católica y otras Iglesias cristianas, el Papa desautorizaba de hecho las declaraciones de quienes  reiteran sin fundamento y propagan una ideología envejecida, imputando al dogmatismo del poder eclesiástico doctrinal las dificultades del ecumenismo y lo poco que, según estas voces tópicas, se habría avanzado hacia la unidad. Decía el Papa en la audiencia:  «A partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica ha establecido relaciones fraternas con todas las Iglesias de Oriente y las Comunidades eclesiales de Occidente, organizando con la mayor parte de ellas diálogos teológicos bilaterales, que han servido para alcanzar consensos sobre varias cuestiones, profundizando de esta manera los vínculos de comunión. En el año que acaba de transcurrir, los diferentes diálogos han obtenido resultados positivos»[2].

         Entre estos diálogos, hay que destacar las conversaciones doctrinales entre la Iglesia Católica y las Iglesias ortodoxas bizantinas. La Comisión internacional tiene encomendado el estudio del primado y de la función del Obispo de Roma en la comunión de la Iglesia en el primer milenio. También la Comisión de diálogo católico-anglicana ha recibido la aprobación del Papa y del Arzobispo de Cantorbery, para iniciar una tercera etapa de diálogo teológico y seguir avanzando en la búsqueda de la unidad, a pesar de las graves dificultades por las que este diálogo atraviesa. Por lo que se refiere al diálogo con la Federación Luterana Mundial, Benedicto XVI decía que, entre los acontecimientos más importantes de carácter ecuménico del año pasado, se encuentra la conmemoración, 31 de octubre de 2009, del décimo aniversario de la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación, la doctrina que está en el origen de la ruptura de la Iglesia latina en el siglo XVI.

         Es importante recordar las palabras con las que el Papa venía a hacer un balance de la práctica del ecumenismo: «El trabajo ecuménico no es un proceso lineal; los problemas antiguos nacidos en otra época pierden su peso y en nuestro contexto nacen nuevos problemas y dificultades. Por eso, debemos estar siempre dispuestos a un proceso de purificación, en el que el Señor nos haga capaces de estar unidos».[3] En la década que ahora termina, la celebración del fin del segundo milenio y la entrada en el tercer milenio del cristianismo han acrecentado el sentimiento de la necesidad y urgencia de la purificación de la memoria histórica. Esta purificación renuncia a la presentación reiterada de una carta de agravios a los demás cristianos, exonerándose a sí mismo de la propia culpa, porque a la unidad sólo llegaremos mediante la conversión de todos y cada uno de los cristianos a Cristo. Como decía el Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II, el diálogo entre las Iglesias cristianas ha de ser de conversión a Dios y a Cristo, porque sólo «el “diálogo de conversión” de cada comunidad con el Padre, sin indulgencias consigo misma, es el fundamento de unas relaciones fraternas, diversas de un mero entendimiento cordial o de una convivencia sólo exterior. Los vínculos entre la koinonía fraterna se entrelazan ante Dios y en Jesucristo»[4]. Palabras del venerado Papa Juan Pablo II que tienen un eco propio en esta fiesta de la Conversión del Apóstol san Pablo, con la que concluimos el Octavario de oración por la unidad.

         La purificación de la memoria es conversión, y sólo convertidos podremos alcanzar aquella unidad que es voluntad de Cristo, porque es designio de Dios para la Iglesia y constituye, ciertamente, «un don que viene de Dios»; y como tal don divino sólo se alcanzará mediante la oración y la súplica de corazones convertidos. Por eso Benedicto XVI, siguiendo en plena sintonía con sus predecesores, verdaderos promotores del ecumenismo, manifestaba al comienzo de su ministerio como sucesor del Apóstol Pedro que el ecumenismo sería para él una prioridad de su pontificado; y lo repetiría en Colonia, apelando a sus predecesores. Decía el Papa: «Con ello he querido conscientemente seguir las huellas de mis dos grandes predecesores: Pablo VI, que hace más de cuarenta años firmó el decreto conciliar sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio, y Juan Pablo II, que después hizo de este documento el criterio inspirador de su acción»[5].

Consciente de la tarea compleja del ecumenismo, en cuyo camino histórico hacia la solución de problemas antiguos siguen dificultades y nuevos problemas, el Papa invita a todos a suplicar de Dios el don de la unidad. Continúa pidiendo «la oración de todos por la compleja realidad ecuménica, por la promoción del diálogo y para que los cristianos puedan dar un nuevo testimonio común de fidelidad a Cristo ante nuestro mundo»[6]. El ecumenismo no tiene, en efecto, una dimensión tan sólo institucional, sino que “es tarea de cada fiel, ante todo mediante la oración, la penitencia, el estudio y la colaboración”[7]. Es tarea de todos y cada uno de los bautizados, pero no lo es a costa de la verdad creída, porque la verdad nos viene de la revelación de Dios y se acoge en la humildad de la fe, que suplica llegar a conocerla.

El lema elegido para este año: “Vosotros sois testigos de todas estas cosas” (Lc 24,48), nos sitúa en el camino acertado del testimonio de la fe común. Sólo podremos dar testimonio común de Cristo si vivimos de él y somos consecuentes con la verdad plena de la vida en Cristo, que es configuración con el designio del Padre. En la aparición de Jesús resucitado a los discípulos les dice: “Estaba escrito que el Mesías tenía que morir y que resucitar al tercer día” (Lc 24,46). Estamos llamados a ser testigos del misterio pascual de Cristo, porque la humanidad ha sido recuperada de su perdición eterna por la redención de nuestro Salvador. Sólo podremos hacerlo muriendo en nosotros al pecado y viviendo la nueva vida que viene de Cristo. El Resucitado recuerda a sus discípulos que la misión que les confía es la predicación a todas las naciones de aquello que han vivido y de lo que han sido testigos. Es lo mismo que se dice en la primera de Juan a los destinatarios de la carta: “Eso que hemos visto y oído, os lo anunciamos ahora para que viváis en comunión con nosotros como nosotros vivimos en unión con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Jn 1,3).

Mas ¿cómo podremos dar testimonio de esta unidad del Padre y del Hijo, que acontece eternamente en el amor del Espíritu Santo, si nosotros no vivimos de este mismo amor, convertidos a Cristo plenamente, dispuestos a acoger en nosotros la Verdad plena que nos viene de Dios? Vivamos, pues, de Cristo para poder ser sus testigos ante los hombres. Para ello hemos de respetar los derechos de la conciencia religiosa de todos a la búsqueda de la Verdad plena, que en la fe sale al encuentro de los fieles en la revelación divina. La unidad no se construye tratando de reprimir la manifestación libre de la fe profesada, ni tampoco procurando atraer hacia la propia confesión de fe mediante “todo tipo de acciones que puedan tener sabor a coacción o persuasión deshonesta o menos recta”[8]. La  verdad de fe se proclama en libertad y se vive en caridad, y por eso se propone sin imponerla y sin renunciar a presentarla en conciencia como verdad revelada y propuesta por la divina revelación a la obediencia de la fe, en la cual el creyente acoge la Palabra revelada. La evangelización no se puede llevar a cabo sin la proposición de la verdad creída, y el ecumenismo avanza afrontando las exigencias de la verdad de fe tal como esta verdad es comprendida por cada una de las confesiones cristianas: sin ahorrar esfuerzos en comprenderla y proponerla en el respeto recíproco que mana de la caridad; y siempre sobre el fundamento del amor común a Cristo y de la voluntad de obediencia al Evangelio que ha de caracterizar la mente de los cristianos. Ha de ser así y los católicos hemos de ser conscientes de  que el diálogo ecuménico respeta la caridad y la verdad. El diálogo ecuménico no es sólo «intercambio de ideas, sino también de dones», y por eso quienes lo practican tienen presente esta regla de oro: «El amor y testimonio se ordenan a convencer, ante todo con la fuerza de la Palabra de Dios (1 Cor 2,3-5; 1 Tes 2,3-5). La misión cristiana está radicada en la potencia del Espíritu Santo y de la misma verdad proclamada»[9].

En esta fiesta de la Conversión de San Pablo, el Señor nos reitera su llamada a la conversión a Cristo. Que el Señor nos conceda un conocimiento de su voluntad para caminar en el seguimiento de Cristo hacia la unidad visible de su Iglesia. Oremos insistentemente al Señor para que nuestro testimonio del amor de Cristo ofrecido al mundo atraiga a los hombres a la salvación.

 

Catedral de la Encarnación

25 de enero de 2010

Conversión de San Pablo

 

                                     + Adolfo González Montes

                                               Obispo de Almería

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