Lecturas: 
Sb 12,17-20
Sal 53,3-6.8
Sant 3,16-4,3
Mc 9,29-36

 

         Queridos hermanos sacerdotes;
        
Respetadas Autoridades;
        
Queridos hermanos y hermanas:

          La fiesta el pasado día 14 de la Exaltación de la Santa Cruz  ha atraído a lo largo de toda la semana a esta histórica parroquia de Santa María de Ambrox a miles de peregrinos para postrarse ante la imagen del santísimo Cristo de la Luz y venerar sus llagas redentoras; para rogar al Crucificado con reconocimiento amoroso que su sangre purificadora lave las manchas de sus pecado y los reconcilie con Dios Padre. Con una inmensa confianza, cuantos acudimos hoy ante esta sagrada imagen de Cristo crucificado nos sentimos transportados ante la cruz del Calvario. Nuestra mirada no termina en la imagen tallada del Cristo de la Luz, porque esta imagen evoca para nosotros el misterio redentor de la Cruz y nos introduce en la experiencia del deseo intenso de salvación y de la gracia con que Dios responde a nuestra súplica de misericordia. Esta imagen sagrada nos sumerge en la experiencia de nuestra liberación del pecado: lavados por el bautismo, hemos sido reconciliados con Dios. El bautismo nos ha regenerado y nos ha hecho miembros de Cristo al introducirnos en la comunión de la Iglesia, verdadero cuerpo místico del Señor.

         En Jesús Crucificado ciframos nuestra esperanza en un mundo que se debate entre el materialismo y la desesperanza que generan las carencias del ser humano, sobre todo cuando se experimentan con mayor fuerza la falta fe y de esperanza en tiempos de crisis social como la que padecemos, agravada por una cultura en la que Dios se halla ausente y el poder de la increencia ciega la conciencia moral. En esta situación, la experiencia del justo, aparentemente abandonado de Dios, se hace particularmente dura y desoladora al ver cómo crece el mal y se hace fuerte el ateísmo práctico de tantas personas que se han alejado de la vida sobrenatural en la que fueron introducidos por la gracia bautismal.  El justo, en esta situación, es acosado por los que practican el mal y violan los mandamientos de Dios, hasta verse abocado al gran interrogante por el silencio de Dios. La lógica hiriente de este mundo lastima a los buenos hasta la sumirlos en la oscuridad de la duda, mientras parecen triunfar los malvados.

         La pregunta por el sentido del sufrimiento y, particularmente, del sufrimiento del inocente ha golpeado con fuerza la inteligencia y el corazón de los hombres justos, tentados a verse arrastrados a una situación desoladora: la oscuridad de la mente y la angustia del corazón ante la posibilidad de que la respuesta a la pregunta por la existencia del mal fuera que «no hay Dios», o que es un «Dios impasible», que no siente ni padece por nosotros, que no tiene interés alguno en el hombre; o que no puede hacer nada por él. El libro de la Sabiduría que hemos escuchado en la primera lectura de este domingo vigésimo quinto del tiempo ordinario nos habla de esta experiencia que acompaña al hombre justo ante Dios, que siente en sus carnes el poder del mal, al verse convertido en objeto de moza e injusticias sin cuento.

Esta experiencia no queda, sin embargo, sin respuesta en la Sagrada Escritura.  Los salmos y el libro de Job nos han dejado descrita esta experiencia con una intensidad que sobrecoge, y han abierto los ojos del justo acosado a la luz del desenlace eterno del hombre, que Dios reserva para los buenos como un final de dicha, mientras a los malvados, dice el salmista, “los pastorea la Muerte, / y van derechos a la tumba” (Sal 49,15).

La fragilidad de la prosperidad y de la opulencia estriba en la incapacidad del hombre para garantizarla definitivamente, el hombre no puede redimirse a sí mismo, dice el salmista, invitando a poner la esperanza en Dios.  La prosperidad del malvado es siempre aparente, porque sólo es tal a los ojos del mundo, y el fin del hombre sin Dios no tiene futuro alguno, porque no puede escapar a  la muerte ni al juicio de Dios. La palabra de Dios nos dice que la súplica del justo encuentra respuesta en la fe esperanzada con la que se confía a Dios, seguro de que la bondad de Dios triunfará sobre el mal de este mundo, y la injusticia del malvado no quedará impune, ni las víctimas de los violentos quedarán sin la justicia divina que reivindican.

Esta fe del pueblo elegido, que le lleva a madurar en el sufrimiento, firme en su convicción de que Dios tiene la última palabra y el Creador del hombre no le abandonará a su suerte ni dejará al hombre sin redención, encuentra en la revelación cristiana la luz que ilumina el sufrimiento. La muerte y resurrección de Jesús nos abren a la luz esplendorosa que disipa la oscuridad de la mente y aleja la angustia del corazón, al abrirnos al sentido redentor del dolor de Cristo.

Ayudados e iluminados por la luz de la resurrección que ilumina la cruz de Jesús, podemos comprender que la misericordia de Dios nos ha rescatado del poder del dolor y de la muerte, que tienen su origen en el pecado, que según el libro de la Sabiduría, entró en el mundo “por envidia del diablo” (Sb 2,24), pero que es siempre pecado culpable del hombre desde el origen de la humanidad, porque el ser humano es libre y moralmente responsable, conscientemente capaz del bien y del mal. El apóstol san Pablo dice que la ceguera en la que vive el hombre es resultado de “la impiedad e injusticia de los hombres, que aprisionan la verdad con la injusticia” (Rom 1,18), y por eso, el hombre no puede hacer nada por su salvación. Sólo en la vuelta hacia Dios se le abre al hombre el horizonte que le permite comprender que el sufrimiento y el dolor son consecuencia del pecado; y que en la liberación del pecado y de sus consecuencias se abre para el hombre la esperanza de la felicidad sin límite, porque “Dios no hizo la muerte ni se alegra con la destrucción de los vivientes. Él lo creó todo para que subsistiera” (Sab 1,13).

Si nos dejamos iluminar por la luz de la resurrección, que ha brillado sobre la cruz de Jesús, el amor de Dios nos devolverá a la vida, para la que fuimos creados. En la cruz de Jesús Dios nos ha revelado su amor redentor, capaz de borrar el pecado del mundo. Lo primero que llama la atención de al escuchar la primera lectura de hoy es que, aunque no es una lectura mesiánica, proféticamente referida a Cristo, la descripción del justo acosado que nos presenta se corresponde con la experiencia límite del sufrimiento de Jesús, el único justo, el verdadero inocente que carga con el pecado de los culpables, porque los hombres todos somos culpables, como dice el salmista: “Están corrompidos, pervertidos, / no hay quien obre el bien (...) / Todos están descarriados, / pervertidos en masa. / No hay quien haga el bien, ni uno siquiera” (Sal 53,2.4). Por eso san Pablo dirá comentando las palabras del salmista: “... pues todos pecaron y están privados de la gloria de Dios; y son justificados por el don de su gracia en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús” (Rom 3,23s). La injusticia padecida por Jesús, rechazado por los suyos y condenado a la cruz por manos de los paganos, se convierte en revelación del amor de Dios por la humanidad. Dios no quiere la condena del hombre, sino, como dice el profeta Ezequiel, “que se convierta de su conducta y viva” (Ez 18,23). Tanto que el Padre, para rescatar al esclavo, ha querido entregar al Hijo, tal como canta el pregón pascual. Dios ha entregado a su Hijo al mundo para que tenga vida, nos dice el evangelio de san Juan.

Se ilumina así el dolor de Cristo crucificado y se nos revela como sufrimiento redentor para la salvación del mundo. Es lo que Jesús trataba de explicar a los discípulos cuando los instruía en Galilea, cuando  por primera vez les anunció la pasión y muerte en cruz del Hijo del hombre, y como pudimos escuchar en el evangelio de san Marcos el pasado domingo. Pedro trataba de disuadir a Jesús de adentrarse por el camino de la pasión y Jesús lo rechazó como al mismo Satanás, que pretendía apartarlo del designio redentor que el Padre le había trazado. Hoy contemplamos el segundo anuncio de la pasión y vemos a Jesús decir a sus discípulos que el Hijo del hombre sería entregado y muerto, pero que resucitará. Ellos no entendían lo que les decía y no se atrevían a preguntarle. Jesús les expuso el significado de su ministerio para que pudieran comprender su disposición a la pasión. Les exhortó al servicio en el último lugar como medio de alcanzar el primero. Aún así, los discípulos, que concebían al modo de este mundo el reino de Jesús y discutían por los primeros puestos en él, sólo después de resucitar Jesús de entre los muertos comprendieron su enseñanza y su ministerio de entrega y amor que le llevó al sufrimiento y a la muerte en cruz.

Hoy miramos la imagen de Jesús crucificado y comprendemos las palabras proféticas de Jesús sobre su muerte: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). Nuestras miradas se centran en el Crucificado que, elevado sobre la tierra, atrae hacia él nuestros corazones que buscan descanso y consuelo en su divino Corazón, traspasado por la lanza del soldado. Hoy venimos a él cargados con nuestras preocupaciones y angustias, con nuestros dolores físicos y morales, tantos y tan intensos, confiando sólo en su amor ante las defecciones y desamores de los hombres, en medio de una profunda crisis de nuestra sociedad, que ve cómo se instaura en un pueblo de historia cristiana una cultura de la muerte y de la desesperanza.

Nuestra sociedad está sin pulso espiritual y padece una crisis ética que la ha tornado insensible ante el avance de una vida al margen de Dios, y el crecimiento de una sensibilidad alejada de los valores cristianos inspirados por la fe en el Crucificado. Una crisis que alcanza incluso a la pérdida de valor de los mismos signos cristianos, entre los cuales se encuentra la imagen de Cristo crucificado, el crucifijo que ha presidido los ámbitos de nuestra vida personal, familiar y pública. Se quiere a toda costa retirar la cruz de Cristo de los espacios públicos con el pretexto de una supuesta neutralidad de la Administración pública, pero la cabida en nuestra sociedad de las minorías no cristianas o alejadas de la Iglesia no puede representar el silenciamiento de la mayoría cristiana.

Se trata de un síntoma de nuestra situación real como sociedad culturalmente cristiana. Si la cruz de Jesús desaparece de nuestra vida, ¿cómo vamos a percibir la luz redentora del sufrimiento de los hombres? ¿Cómo vamos a reconocer en los enfermos y en los débiles, en los marginados y los excluidos la presencia de Cristo, siempre solidario con nuestros sufrimientos para poder librarnos de ellos? Si ocultamos la cruz de Jesucristo, ¿cómo vamos a descubrir en las víctimas la permanente prolongación por los malvados de la cruz del Redentor causada por el pecado de los hombres? 

Si ocultamos la cruz, ocultaremos también a los que crucifican al prójimo, y habremos cegado la visión que nos permite saber que el mal que los hombres inflingen a sus hermanos tiene como raíz última el pecado. El pecado que emerge de nuestra capacidad para el mal, de la capacidad para pervertirse que tienen la inteligencia y el corazón; porque el hombre es en verdad capaz del bien y del mal y sujeto de responsabilidad moral, que cuenta con la luz natural de la inteligencia y la poderosa luz de la revelación de Cristo. No podemos negarlo, ignorando la historia de la salvación y la existencia de Cristo y de su evangelio. Es del interior de nosotros mismos, dice Jesús, de donde brotan todas las malas acciones, de donde emanan todas las perversidades de las que somos capaces.

Miremos el corazón traspasado de nuestro Redentor y acojámonos a él, refugio de los pecadores y símbolo supremo del amor de Dios por nosotros. Que la Cruz de Jesús ilumine nuestros sufrimientos y dificultades y que puestos los ojos en Jesús, nos dejemos hoy y siempre iluminar por la fe y la esperanza que brotan de la Cruz y nutren la caridad cristiana, el amor por nuestros semejantes que nos hace solidariamente fraternos, al descubrirnos que todos somos hijos del mismo Padre, que por amor nuestro no dudó en entregar a su Hijo a la Cruz.

Que nos conceda comprenderlo así Cristo nuestro Señor, que es la Luz del mundo, y la santísima Virgen de los Dolores, que estuvo junto a la cruz de Jesús y padeció con él por nosotros.

Iglesia parroquial de Santa María de Ambrox
Dalías, 20 de septiembre de 2009

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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