Lecturas: Dt 4,1-2.6-8
Sal 14
Sant 1,17-18.21.27
Mc 7,1-8a

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos;
Prior y comunidad de religiosos dominicos;
Ilustrísimo Sr. Alcalde,
Dignísimas Autoridades;
Hermano mayor y cofrades de la Virgen;
Hermanos y hermanas:

La fiesta de la Patrona nos convoca y reúne en torno a la palabra de Dios, que es principio de vida para el hombre. Lo acabamos de escuchar en el libro del Deuteronomio: “Escucha, Israel, los mandatos y los decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor Dios de vuestros padres  os va a dar” (Dt 4,1). Si la tierra prometida es figura de la patria definitiva, esto es, de la vida eterna, sólo la palabra de Dios es garantía de su plena posesión. La historia de la salvación nos muestra cómo la salida de Israel de la esclavitud hacia la libertad, camino de la tierra prometida, fue un itinerario de liberación cuyo término sólo podría alcanzarse mediante la alianza divina, que Dios pactó con Israel en el monte Sinaí por medio de Moisés, elegido por Dios caudillo del pueblo elegido y mediador de la alianza.

La alianza había de ser garantía de la protección divina, frente a los peligros y los enemigos de Israel, y de la perduración en el tiempo del pueblo elegido, pero para ello el pueblo había de guardar los mandamientos de Dios. Así lo dice el Señor a Moisés para que lo transmita a los israelitas: “Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios (...) Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; y seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19,4-6a).

Una visión religiosa de su propia historia lleva a Israel a considerar cómo sus desgracias provienen del abandono de la alianza y del incumplimiento de los preceptos divinos. La renovación de la alianza está así en el comienzo de cada nueva etapa de Israel, que sólo puede reconstruir su propia historia de salvación mediante el retorno a la fidelidad a la voluntad divina y al cumplimiento de los mandamientos. En este sentido, la denuncia de los profetas incluye la recriminación de un culto vacío y meramente externo, que no se compadece con una conducta recta, fiel a la ley divina, sino que oculta una conducta errada y alejada del imperativo de la palabra de Dios.

Acabamos de escuchar cómo en el evangelio de san Marcos Jesús apela a las palabras recriminatorias de Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, / pero su corazón está lejos de mí. / En vano me rinden culto, / ya que enseñan doctrinas que son preceptos de los hombres” (Is 29,13). Con esta cita Jesús quiere ratificar y prolongar el juicio condenatorio de los profetas, que denunciaban la vaciedad de una religiosidad meramente externa. Un juicio dirigido contra el alejamiento de la ley de Dios y la permuta de la palabra divina por preceptos meramente humanos, por rituales de pureza e impureza que soslayaban la fundamental exigencia de la voluntad de Dios: el cumplimiento de los mandamientos.

Jesús recriminará con dureza la religiosidad vacía de Israel, recordando que sólo el cumplimiento de los mandamientos es garantía de vida eterna: “No todo el que me diga: «Señor, Señor» entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,22).  Jesús explica mediante una comparación la guarda de su palabra y el alejamiento de ella: quien cumple las palabras de Jesús es aquel que edifica su casa sobre roca, mientras el que no lo hace se parece al que edifica sobre arena y su casa es arrastrada por el viento y las lluvias de los temporales (cf. Mt 7,24-27).

Jesús es crítico con las tradiciones que enmascaran, con apariencia religiosa, el desprecio real de los mandamientos divinos. A los fariseos y letrados que critican la conducta de los discípulos a propósito de los rituales de pureza, Jesús les dice: “Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres” (Mc 7,8).

Contra un desarrollo prolijo de la Ley que habían hecho los letrados, Jesús resume los mandamientos divinos en el amor a Dios y al prójimo: “De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas” (Mt 22,40). Todos los preceptos divinos se resumen en estos dos preceptos de amor, en los cuales se recapitula todo lo mandado por Dios. El evangelio de san Juan recoge los discursos del testamento de Jesús en la última Cena, y en ellos podemos ver cómo Jesús les dice que sólo el amor es digno de fe, y que en el amor reconocerán todos al discípulo de Jesús (cf. Jn 13,35). Nadie puede ser discípulo de Jesús si no guarda la palabra de Jesús: “Si alguno me ama, guardará mi palabra” (Jn 14,23). Sólo el cumplimiento de la voluntad de Dios manifestada en los mandamientos de Cristo es el distintivo del discípulo.

Las tradiciones religiosas cobran toda su fuerza si expresan el amor a Dios y al prójimo que nutre la religiosidad auténtica. Hoy vivimos un estado de cosas que quiere hacer de las tradiciones religiosas meros rituales festivos, sin referencia alguna a los acontecimientos de la historia de nuestra salvación que le han dado origen. Estos rituales sólo sirven para colmar momentáneamente la nostalgia de un pasado que ya no existe.

Si las comunidades cristianas no ponen el mayor empeño en mantener el vínculo entre las fiestas patronales y los hechos de salvación que celebran, nada podrá frenar la disolución de las celebraciones cristianas en mero costumbrismo festivo, característico de una sociedad secularizada y sólo en apariencia religiosa. Si la práctica de la religión cristiana no inspira y alimenta la conducta privada y pública de los cristianos, todo desembocará en una religiosidad vacía, convertida meramente en cultura, en tradiciones que perduran pero que han perdido su genuino sentido religioso. Las fiestas religiosas del calendario cristiano se tornarán en tradiciones no exentas de elementos mágicos y paganos, promocionadas como elementos atractivos para fomento del turismo y distracción de gentes en temporada de ocio y descanso.

Queridos diocesanos, es el momento de preguntarnos por el valor objetivo y por la trascendencia social de nuestras tradiciones religiosas. No queremos que desaparezcan, pero sólo podremos mantenerlas en su genuina verdad religiosa, si mantenemos la fe como razón social de nuestras tradiciones festivas. Las sociedades no pueden perdurar sin rituales que den cohesión a la colectividad. Estamos asistiendo cada día a una banalización de los sacramentos cristianos, que la ideología laicista imperante trata de secularizar solapándolos con ritos civiles profundamente incoherentes, porque de hecho estos ritos civiles son ritos nostálgicos de la religión para aquellos mismos que quieren que los símbolos religiosos desaparezcan del ámbito público de la sociedad.

Todos hemos de ser consecuentes. Hemos de respetar, unos y otros grupos humanos, los rituales y signos religiosos o civiles que son un referente determinante de nuestra identidad. Por esto mismo, los cristianos no podemos aceptar que se trate de expulsar del ámbito público los signos y símbolos de la fe mayoritaria de un pueblo cristiano. Por nuestra parte, hemos de ser conscientes de que la fe que profesamos debe impregnar la vida personal, familiar y social. Una fe que debe iluminar el mundo sin Dios que estamos viendo aparecer en países históricamente cristianos, naciones que, iluminadas por Cristo, han aportado una civilización al mundo, sin la cual el mundo no habría conocido hasta qué punto Dios es el gran misterio de amor que se nos ha revelado como un amor crucificado, que por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo y se hizo hombre en las entrañas de la Virgen María.

Sin Dios nuestro compromiso de amor pierde fundamento definitivo, duradero, eterno. Es Dios el que hace al hombre consciente de la razón profunda por la cual ha de ser solidario de su prójimo. La luz de Cristo ilumina nuestro compromiso de amor con todos los seres humanos, de modo especial con aquellos que sufren y necesitan de nuestro amor, para reconocer en él que somos discípulos de Jesús.

Pidamos a la Santísima Virgen del Mar, nuestra Patrona amadísima, que nos ayude a comprender que por el bautismo hemos sido engendramos  de lo alto, que hemos nacido de la Palabra de Dios y que sin ella no podremos ofrecer a la sociedad de nuestros días esperanza alguna de salvación, tal como nos enseña Santiago: “Todo beneficio y todo don perfecto vine de arriba, del Padre de las luces, en el cual no hay fases ni períodos de sombra” (Sant 1, 17). Hemos de estar dispuestos a secundar esta enseñanza de Santiago, que nos exhorta a “llevar a la práctica” la palabra de Dios y a no limitarnos a escucharla, engañándonos a nosotros mismos, porque la religión verdadera es estar con los huérfanos y viudas (Sant 1,22s.27); es decir, con los que sufren, con los que están enfermos, solos en su ancianidad desvalida y en sus tribulaciones, con los que están sin trabajo y sin familia, incluso sin patria, sin esperanza inmediata ni futuro.

Quer La Virgen del Mar oiga nuestra plegaria y la presente hoy como siempre en nuestra vida ante su Hijo.

En el Santuario de la Virgen del Mar
Santuario de la Virgen del Mar
30 de agosto de 2009

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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