Lecturas: 1 Sam 16,1.6-13
             Sal 15, 1-2.5.7-8.11
             Rom 12,3-13
             Mc 1,14-20

         Venerado hermano en el episcopado,
         Queridos sacerdotes y diáconos, religiosas y seminaristas;
         Queridos fieles laicos:

         Un años más, por la misericordia de Dios, nos reunimos para dar gracias al Señor  por el ministerio del Obispo diocesano, en el aniversario de su consagración episcopal. Sucede, como acabamos de escuchar en libro primero de Samuel, que Dios no se fija  en las apariencias sino que ve el interior, muy al contrario de lo que sucede con los hombres. Aún así, no podría presentarme yo ante vosotros con un interior grato a Dios. Me consuela saber, sin embargo, que nada de cuanto nos acontece en la vida es ajeno a Dios, que quiere servirse de instrumentos débiles e imperfectos para realizar su plan de salvación. Es san Pablo el que recuerda esta ley de la economía de nuestra salvación: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se realiza en la flaqueza” (2 Cor 12,9).

         En Samuel Dios contemplaba su hermoso interior de joven agraciado con dones naturales que su padre y sus hermanos no habían apreciado suficientemente. A diferencia de ellos, Dios se había fijado en él. Con todo, nadie podía sospechar en aquel momento de su elección la historia posterior de David. Como dice el salmista, Dios lo haría grande: “un soldado levantado sobre el pueblo” (Sal 89.20), pero esta grandeza no lograría  evitar ni ocultar sus pecados, ni la violencia que lleva consigo la guerra de conquista. Dios no quiso por esto que le edificara el templo con el que había soñado. La casa para el Señor habría de edificarla su hijo Salomón, rey de paz, por voluntad de Dios. La conciencia de culpa que experimentó David le movió a escribir el  bello salmo de súplica, fuente de inspiración, síntesis y recapitulación de todas las súplicas de perdón y de misericordia: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, / por tu inmensa compasión borra mi culpa” (Sal 50, 1).

         Dios ve el interior del corazón y conoce que ninguno es digno de él, porque nadie es justo ante Dios. ¿Quién es digno de recibir como cometido el ministerio sacerdotal? Los hombres sólo vemos el exterior, las apariencias y tenemos la tentación de ocupar el trono de Dios y juzgar la vida de cada ser humano que nos es enojoso porque no responde a las expectativas que hemos puesto en él, o no se aviene a secundar nuestros deseos e ideas, más aún nuestra ideación de la realidad.

         Siendo todos igualmente pecadores, hemos de orar unos por los otros “para ser curados” (Sat 5,16), y para que, por medio de instrumentos tan débiles como somos, sea la gracia divina la que salga victoriosa. La palabra de san Pablo es aleccionadora: “Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo” (Gál 6,2). Es el también el Apóstol quien recomienda a los Romanos a proceder con mesura y con voluntad constructiva.

         Es verdad que los obispos han de ser escogidos entre los mejores sacerdotes, pero los juicios humanos sobre la bondad de los hombres son imperfectos; y seguramente algunos de los que no fueron elegidos para este ministerio probablemente lo habrían merecido más y lo habrían desempeñado mejor que muchos elegidos. Permitidme decir que, incluso, aunque lo hubieran desempeñado de forma mediocre, siempre lo habrían hecho mejor que aquellos pastores que se hacen indignos de su ministerio a causa del descrédito que algunas de sus malas acciones arrojan sobre ellos y sobre la Iglesia.

Es un misterio por qué Dios permite que hombres indignos alcancen el ministerio sacerdotal y algunos lleguen al episcopado. Hemos de mantener que nada acontece sin que Dios no sólo lo permita, sino que, además, se sirve de las debilidades humanas para evidenciar que es la gracia la que salva. La tolerancia de Dios pone de manifiesto qué injusto es el juicio de quienes con arrogancia parecen olvidarlo y, convertidos en jueces de sus hermanos, se apartan con sus juicios de la comunión eclesial intentando hacerle violencia y dominar sobre ella. A estos tales cabe recordarles las palabras del Apóstol: “Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado (...) Porque si alguno se imagina ser algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo” (2 Cor 6,1.3). Desgraciadamente, cuando se buscan, siempre hay motivos para la descalificación de alguien, para sospechar de su conducta o arrojar con insidia sobre ella intenciones inconfesables. Dios, no lo olvidemos, conoce bien las concupiscencias que mueven los juicios condenatorios de los hombres.

El año sacerdotal que el Papa ha promulgado tiene que ayudar al clero a reconducir profundamente su vida, a volver al amor primero que reconoce en la propia indignidad la elección que representa el triunfo de la gracia: “No me habéis elegido vosotros a mí, soy yo quien os ha elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16). El evangelio de san Marcos que hemos escuchado nos coloca ante el relato de la llamada de los apóstoles: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron” (1,17s).

La vocación al sacerdocio es una llamada a estar con Jesús y cooperar con él en aquello que el Padre le ha entregado como su obra: llevar a los hombres el amor divino y su gracia redentora. Su ministerio es de reconciliación y de salvación. No es posible responder a esta llamada si los llamados se dejan enredar, esto es, retener por las redes que deben abandonar, con los ojos y la confianza puestos en aquel que les ha llamado por su propio nombre y les ha separado del mundo, no para apartarlos de los hombres, sino para enviarlos a ellos con la misión, insustituible en sí misma, que el Hijo ha recibido del Padre: dar a conocer el designio de salvación Dios, revelar su amor universal manifestado en Cristo, de suerte “que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna” (Jn 6,40).

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos, conscientes de que la razón de ser nuestra vocación descansa sobre una elección de gracia, hemos de secundar la acción de Cristo como él espera de nosotros: ser representación suya para los hombres nuestros hermanos, portadores de la gracia de la salvación. Nos debemos a ellos y nuestro ministerio es para su servicio en el orden de la fe, “en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios” (Hb 5,1). Del mismo modo, de nuestros hermanos bautizados en Cristo, miembros de su cuerpo místico en la comunión de los santos, viene para nosotros la eficacia de la oración de la Iglesia que nos sostiene en la tentación y en la dificultad. Cerca todavía la fiesta de san Pedro y san Pablo, ¿cómo no evocar el hecho de la prisión de Pedro por Herodes Agripa, “custodiado en la cárcel, mientras la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios” (Hech 12,5)? Hasta que el ángel del Señor abrió las puertas de la prisión y Pedro se vio libre de las cadenas en la calle.

Sigamos el consejo de san Pablo: “No os estiméis en más de lo que conviene, sino estimaos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada uno” (Rom 12,3). Esta moderación en la propia estima es remedio eficaz contra la rivalidad recíproca entre los miembros del clero igual que entre los demás bautizados, y evitará el aislamiento en la propia visión de las cosas, enriqueciendo a todos. Esta moderación nos marcará con la suavidad de la humildad, llevándonos a permanecer en la comunión eclesial, a cuyo margen no es posible ni ser cristiano ni ejercer el ministerio sacerdotal.

Por lo que se refiere a los fieles laicos, hemos de recordarles que es preciso que permanezcan  en la comunión de la Iglesia y acepten, con la misma humildad con que han desempeñarlo los sacerdotes, el ministerio y la autoridad de los ministros. Sólo así podrán superar el escándalo de sus deficiencias, con clara conciencia de fe de que cada sacerdote ejerce el ministerio confiado por Cristo al conjunto del presbiterio para colaborar con el Obispo. No se debe olvidar que cada Iglesia particular entra en la comunión universal que preside el Papa gracias al ministerio del Obispo diocesano. Hay demasiadas quejas contra los sacerdotes. Son muchos los fieles cristianos que han perdido el sentido de fe que lleva a descubrir el don admirable que Cristo ha entregado a su Iglesia en el ministerio sacerdotal. Hay fieles cristianos que tienden a menospreciar el ministerio de los presbíteros que no se pliegan a sus deseos y apelan al Obispo contra ellos, al cual conciben como mero corrector de los sacerdotes que les desagradan. Unas veces proceden con toda justicia, pero otras descubren su frustración ante la imposibilidad de que los sacerdotes accedan a sus particulares intereses aparentemente religiosos, pero que encubren otros menos confesables.

Por su parte, los sacerdotes, no pueden dominar sobre la santidad de los sacramentos y tienen la grave obligación de obedecer la ley de la Iglesia que protege la santidad y la administración de los sacramentos. Han de permanecer en la comunión eclesial mediante la adhesión efectiva y afectiva a su Obispo como sucesor de los Apóstoles, superando la indiferencia que les induce a ver en el propio Pastor un eclesiástico transeúnte movido por el interés o simplemente aspirando a pasar de una Iglesia diocesana a otra que consideran mejor. Es lamentable la falta de sentido de fe con que algunos clérigos y laicos hablan de los obispos y la arrogancia con la que se colocan sobre ellos, como si encarnaran la voz que el Espíritu de Cristo, con seguridad, no les ha cedido, porque el Espíritu no habla ni difama las acciones de Cristo. Conviene recordar el principio paulino: “Nadie, hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: “¡Anatema es Jesús!”; y nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!” sino con el Espíritu Santo (1 Cor 12,3).

Todos estamos llamados a permanecer en la comunión eclesial como única forma de estar con Cristo cumpliendo su voluntad. Todos hemos de rechazar como contraria a la voluntad de Cristo la ruptura de la comunión eclesial, a cuyo servicio y por voluntad de Cristo está el ministerio del Obispo de un modo propio y singular en su Iglesia. Siguiendo la exhortación de la carta a los Romanos, evitemos todo cuanto puede convertir en farsa incluso la caridad, que algunos quisieran exhibir para descalificar a otros; y manteniéndonos siempre diligentes en la actividad y ardientes en el espíritu. De esta suerte todas las empresas que hayamos de llevar adelante en estos tiempos de dificultad serán testimonio de nuestro amor por el mundo, atentos a las necesidades del pueblo de Dios y de la sociedad. Hagámoslo como se nos recomienda: “Que la esperanza os mantenga alegres: estad firmes en la tribulación, y sed asiduos en la oración” (Rom 12,12).

Que la Eucaristía que ahora celebraremos, sacramento admirable que hace y construye la Iglesia, y que es signo eficaz de la unidad eclesial, realice en nosotros la comunión que hace creíble el mensaje de salvación anunciamos. Que nos lo conceda la intercesión de la santísima Virgen María, Mujer eucarística, Madre de Cristo “cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud de aquel que lo llena todo en todo” (Ef 1,23). ¡A Él sea dada la gloria y la alabanza por los siglos!

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 6 de julio de 2009.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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