Lecturas bíblicas: Os 11,1.3-4.8-9
                         Sal 12, 2-6
                         Ef 3,8-12
                         Jn 19,31-37

         Queridos sacerdotes,
         Respetadas Autoridades,
         Queridas religiosas, seminaristas y fieles laicos:

          La solemnidad del Sagrado Corazón abre los ojos de la fe a la contemplación del misterio de Cristo que se manifiesta en el símbolo de amor divino que es el Corazón del Redentor. En este Corazón queda simbolizado el misterio escondido y ahora revelado: Dios ama de modo irreversible al mundo creado por él, y este amor no conoce límite alguno, porque tiene alcance universal. Como acabamos de escuchar, san Pablo se declara en la carta a los Efesios elegido por Dios para  dar a conocer el designio de paz y de misericordia que nos ha sido revelado en Jesucristo. La riqueza de este misterio, antes oculto y ahora manifiesto a todos es anunciada por el Apóstol de las gentes como la revelación del amor de Dios al hombre, que por ser ilimitado, su  medida escapa al entendimiento mundano de las cosas. El misterio de Cristo trasciende toda filosofía, sólo se alcanza a comprender mediante la fe en Jesús como Cristo y Salvador.

         El amor de Dios fue revelado ya en la elección del pueblo elegido. Israel fue objeto de la preferencia gratuita de Dios y destinatario de una elección que, con el correr de la historia de la salvación, será comprendida por los profetas como una elección  con destino universal. En la llamada de Abrahán como padre del pueblo elegido, Dios le anuncia que en él, la bendición divina alcanzará a toda la humanidad como padre de todos los creyentes: “Por ti serán bendecidas todas las naciones de la tierra” (Gn 12,3). Con los profetas se afianza la convicción de que el Dios de Israel es el único Dios, y así han de reconocerlo todos los pueblos de la tierra; “Yo soy el Señor, no hay ningún otro, / ningún otro dios existe fuera de mí. Yo te he ceñido, sin que tú me conozcas, / para que todos sepan desde el sol levante hasta el poniente, / que todo es nada fuera de mí” (Is 45,5-6; cf.14-19). Las naciones todas reconocerán que el Dios de Israel es el único Dios y que la victoria de Israel sobre las naciones no consiste en su dominio sobre los pueblos, sino en la revelación del Dios único como creador universal de cuanto existe y redentor de Israel. Dios ha elegido a su pueblo para que sirva de instrumento la revelación del misterio divino a las naciones, y para que convertido Siervo del Señor lleve la luz a las gentes: “para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra” (Is 39,6).

         Los profetas recriminan al pueblo elegido el apartamiento de la voluntad de Dios y la quiebra de los mandamientos, su constante idolatría, origen de su desgracia histórica. Por eso los profetas le recordarán a Israel que ha sido el hijo predilecto de Dios, para revelar en él la misericordia redentora. Son los reproches divinos al pueblo elegido por haber abandonado a su creador y redentor. Oseas, a quien hemos escuchado en la primera de las lecturas, recuerda la infancia de Israel, cuando la ternura de Dios como padre amoroso enseñó a andar a su pueblo como un padre enseña a su hijo a dar sus primeros pasos. Oseas evoca la etapa adolescente de Israel cuando, ya crecido, se alejaba de su creador por el pecado. Entonces, Dios lo atraía hacia él a su pueblo aún cuando castigaban sus rebeldías: “Yo enseñé a andar a Efraín, le alzaba en brazos; y él no comprendía que yo le curaba. Con cuerdas humanas, con correas de amor le atraía” (Os 11,3-4).

         Un padre que así se comporta con su hijo, ¿cómo podría volcar su cólera sobre él y alejarlo definitivamente de su lado? Lo que no cabía esperar es el desconcertante misterio de amor por el pecador que Dios revela en Jesucristo. De este desconcertante amor habla el pregón de la noche de Pascua. “¿De qué nos serviría haber nacido / si no hubiéramos sido rescatados? / ¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! / ¡Qué incomparable ternura y caridad! / Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!” (Misal Romano: Pregón pascual).

Para comprender el amor de Dios hay que pararse ante la cruz de Cristo y detener la mirada en los agujeros sangrantes de manos y pies taladrados por los clavos, dejarse herir por las espinas que sangran sus sienes y las maceraciones infligidas con crueldad por la tortura de la flagelación. Basta sólo dejar que la vista repose sobre el costado derecho del Crucificado donde fue abierta la herida por la lanza del soldado, para dar entrada al Corazón de Cristo a cuantos llegan hasta este refugio de amor. Es san Juan el que nos descubre el misterio del corazón traspasado del Redentor, viendo en el Crucificado el verdadero cordero inmolado por nosotros. Contemplando al Crucificado nos vemos atraídos hacia él, movidos por su amor Crucificado, tal como lo había predicho: “Cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).

La simbología cristiana ha trasladado la corona de espinas al corazón sangrante de Jesús, que él mismo muestra como acreditación de su amor por nosotros y precio de por nuestro rescate. Dios Padre ha entregado su Hijo al mundo para que por la vida que el Hijo de Dios le comunica con su muerte, el hombre no muera para siempre y viva. La imagen del corazón de Cristo descubre en su misma simbología el misterio del amor de Dios revelado en los sufrimientos de Cristo, para que, en palabras de san Pablo, “arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender: la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede todo conocimiento, y os llenéis de toda plenitud de Dios” (Ef 3,19).

El Corazón de Jesús concentra en su propia simbología la realidad entera del misterio del Hijo de Dios: el amor divino simbolizado en el corazón del cuerpo humano de Jesucristo, para que en el él podamos encontrar cobijo para nuestro desamparo y calor para el hielo que aprisiona la vida del pecador, haciendo en el pecho del Señor el verdadero hogar del amor redentor. El costado abierto de Cristo es el manantial del cual manaron los sacramentos de la Iglesia: “sangre y agua” (Jn 19,34), signos de la Eucaristía y del bautismo que nos introduce en la Iglesia, sacramentos que nos incorporan a la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo. El agua que nos comunica el Espíritu Santo, simbolizado en el torrente de agua viva, de la que habla el profeta Ezequiel, agua que manan del costado derecho del templo de Dios (cf. Ez 47,1-2ss), que es el cuerpo del Señor (cf. Jn 7,37-39); y la sangre signo del sacrificio del Calvario, presente en la Eucaristía. Por esto dice san Juan en la primera carta: “Pues tres son los que dan testimonio: / el Espíritu, el agua y la sangre, / y los tres convergen en lo mismo” (1 Jn 5,7-8).

¿Cómo podremos vivir sin el amor de Cristo cuantos le hemos conocido? Hemos querido que reinara en nuestro corazón y en nuestras vidas, que su presencia fuera el fundamento de la paz social y de la convivencia entre nosotros. Su imagen sagrada ha bendecido los hogares de España y ha presidido la vida de las familias. El Evangelio de Cristo ha inspirado nuestra cultura y ha alentado el altruismo más generoso y las empresas más arriesgadas y cristianas. La fe cristiana, que a nadie se ha de imponer, se ha de anunciar a todos; y porque es parte de nosotros mismos, queremos recordar a todos que su transmisión sigue inspirando el compromiso misionero y la evangelización de los pueblos.

Queremos seguir confiando en Cristo, Hijo del Dios vivo, único y universal. Queremos que su reino espiritual ilumine nuestra vida personal y social. Los que se llaman cristianos y tienen responsabilidades en la vida pública no pueden ignorar los imperativos de la fe. El testimonio de la fe tiene una ineludible dimensión pública, y los seglares están llamados a proponer en privado y en públicos las opciones más próximas al Evangelio en orden a conformar la sociedad con la voluntad de Dios; y por esto mismo, han de rechazar en conciencia las propuestas que contrarias a la voluntad divina, cuyo cumplimiento pedimos cada día: “Venga a nosotros tu Reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10). Nadie puede legitimar la eliminación de los seres humanos en gestación que van a nacer. No se puede convertir la muerte de inocentes en un derecho de nadie, pervirtiendo hasta tal punto el lenguaje. Del mismo modo, no cabe justificación ni comprensión alguna con el terrorismo, intrínsecamente perverso. Hoy, llenos de tristeza una vez más, nos vemos ante la obligación de condenar con todo vigor y sin paliativos el crimen cometido por los terroristas de ETA.

De lo contrario, ¿cómo podrán los hombres conocer que somos discípulos del Señor? El Reinado espiritual del Corazón de Cristo tiene una alcance social, impulsando a la consagración del mundo mediante el testimonio ante la sociedad de nuestro tiempo de la fe profesada. Los laicos católicos están llamados a dar este testimonio en todos los campos de la vida pública, sin que se sustraiga ninguno a la benéfica influencia del Evangelio: el matrimonio y la familia, la transmisión de la vida, la ordenación social y política de la convivencia y el ordenamiento jurídico de los Estados. Todos estos campos igual que las artes y las letras, la promoción de la educación y el saber, el conocimiento científico y el impulso del progreso han de ser fecundados por el Evangelio. Esta es la tarea de los seglares cristianos para que, dentro del marco de las diversas opciones compatibles con la fe, por su aplicación a la transformación de la sociedad según el designio de Dios, se conviertan en apóstoles de Cristo, consagren el mundo a Dios haciendo que Cristo reine sobre todas las cosas. Como dejo dicho el Vaticano II: “Los laicos tienen como vocación propia buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios” (Vaticano II: Const. Gaudium et spes, n. 31).

Hace noventa años que el Rey Alfonso XIII, el 30 de mayo de 1919, consagraba España al Corazón de Jesús. Nuestra sociedad es hoy distinta de aquella, pero la inspiración y la fuerza de la fe cristiana nos impulsan a poner ante el Corazón de Cristo las aspiraciones y los anhelos, los gozos y tristezas de nuestra vida personal y social. Pidamos al Corazón de Jesús, por medio del Inmaculado Corazón de María, Madre de la Iglesia, que su Reinado espiritual siga inspirando la conciencia cristiana de cuantos somos miembros vivos de la Iglesia, para que por nuestro testimonio todos cuantos forman parte de la sociedad de nuestro tiempo vengan al conocimiento de Cristo y lo reconozcan como Hijo de Dios y Salvador de los hombres, Señor de la historia y Rey nuestro, y dando gloria a Dios por su misericordia se salven.

¡Alabado sea Jesucristo!

En el Cerro de San Cristóbal
Almería, a 19 de junio de 2009
Solemnidad del Corazón de Jesús

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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