Lecturas: Ex 24,3-8
             Sal 115
             Hb 9,11-15
             Mc 14,12-16

         Queridos hermanos sacerdotes y diáconos,
         Queridos seminaristas, religiosas y cofrades,
         Queridos files laicos:

         El Sacramento del Altar es el signo del amor más grande con que Dios ha querido atraer hacia sí a los hombres alejados de su amistad por el pecado. El amor de Dios no puede ser destruido por el pecado que aleja al hombre de Dios y le aparta de la vida divina, porque el amor de Dios es incondicional y, por eso mismo, es irreversible, no tiene vuelta atrás. Dios, que ha entregado a su propio Hijo por nosotros, en la muerte de Cristo  nos ha dado a conocer su inmenso amor. En la cruz de su Hijo, Dios Padre nos ha revelado que la sangre del Redentor ha sido vertida por el mundo, “para que el que cree en en el Hijo no perezca, / sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

         El ser humano fue creado por amor, para participar de la eterna felicidad de la vida divina, por eso, para que el hombre no sucumbiera a la muerte, quiso Dios atraerle a sí mediante alianzas que jalonan la historia de nuestra salvación. Dios salió en estas alianzas una y otra vez al encuentro de su pueblo, arrastrado siempre por la tentación, para ofrecerle su amistad y salvación. Así, después del diluvio, Dios ofreció a Noé su alianza, obligándose a no exterminar jamás a la especie humana; y pactó después con Abrahán hacerle padre de un gran pueblo y mantener su fidelidad a Isaac y Jacob y su descendencia. Tras la liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto, hizo de Moisés mediador de la alianza del Sinaí, entregándole las tablas de los mandamientos divinos, que mandó observar a su pueblo para mantenerse como pueblo elegido. Volvió a ofrecer a Israel su alianza en Siquén, después que el pueblo elegido entró en la tierra prometida; y renovó su alianza con los israelitas después del destierro.

Una y otra vez el pueblo elegido rompió el pacto divino quebrantando los mandamientos de Dios, pero Dios prometió por medio de los profetas una alianza mejor y definitiva. Esta alianza llegó con Jesucristo, el Hijo de Dios hecho carne por nosotros y por nuestra salvación, “Sumo Sacerdote de los bienes definitivos” (Hb 9,11). Esta alianza nueva y definitiva es la alianza que Jesús mismo entregó a sus discípulos en la Última Cena, introduciéndolos en ella mediante el gesto sacramental en el que quiso darles a conocer el sentido salvador de su muerte mediante las palabras de la institución de la Eucaristía: “Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos” (Mc 14,24). Jesús daba por abolidas definitivamente las oblaciones de la sangre de las víctimas animales, y fundaba en su propia sangre la comunión con Dios. Aquellas inmolaciones de la religión antigua, que perviven en ritos religiosos que no pueden purificar ni salvar, han quedado superadas en la muerte de Cristo, lugar donde Dios nos ha revelado su ilimitado amor al mundo. El inocente y justo fue llevado a la muerte, para que en el derramamiento de su sangre el hombre pudiera conocer la caridad y misericordia de Dios.

La muerte de Jesús, que “por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos” (Hb 2,9), fue una muerte libremente asumida en obediencia al designio de Dios para la salvación de la humanidad perdida. La muerte de Cristo en la cruz revela así las entrañas de misericordia de Dios Padre, aceptando el sacrificio del Hijo amado; y revela al mismo tiempo el amor del Hijo al Padre y a los hombres sus hermanos, aceptando sacrificarse por ellos. Es como dice el autor de la carta a los Hebreos: “Cristo en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, para purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo” (Hb 9, 14).

La Eucaristía es el sacramento de este sacrificio de validez infinita, que nada puede igualar, porque el sacrificio de Jesucristo es la aceptación incondicional, libre y amorosa de la voluntad de Dios. Cristo hizo suya la voluntad del Padre y en la obediencia del que “siendo Hijo, aprendió sufriendo a obedecer” (Hb 5,8), se nos manifiesta que hemos de aprender a obedecer a Dios, porque la voluntad de Dios es la única y definitiva garantía de vida para el hombre. Nada es comparable en el culto al sacrificio eucarístico, y la Misa es así el acto supremo de adoración y acción de gracias de aquellos que se saben redimidos y salvados por el cuerpo entregado a la muerte y la sangre vertida del Redentor del hombre. Por medio del sacrificio eucarístico, Cristo sigue haciendo suyos todos los sufrimientos del mundo, el dolor de las víctimas nunca vindicadas y todos los desprecios y violencias cometidos contra la dignidad del ser humano. En su cruz Cristo aniquiló el pecado, origen y causa de todas las injusticias que han inflingido tanto dolor y muerte a la humanidad y que Cristo cargó sobre sí, incorporado a sus sufrimientos redentores nuestros dolores.

El sacrificio eucarístico es la actualización de aquel sacrificio de la cruz, acontecido de una vez para siempre, pues Cristo ya no pude morir y vive para siempre. Resucitado y exaltado a la gloria del Padre, Jesucristo se hace presente en el signo sacramental del pan y del vino, que se convierten por la acción del Espíritu Santo en la Misa en el Cuerpo y la Sangre del Señor, manjar celestial de vida eterna para quien acude a ellos con fe. La presencia de Cristo en el pan partido y repartido en la mesa eucarística, es la generosa entrega del alimento imperecedero que Dios entrega a un mundo que tiende a la muerte por su culpable complicidad con el pecado.

Contra los alimentos que no alimentan y refiriéndose al alimento de inmortalidad que es la palabra de Dios del Señor dijo Isaías: “¿Por qué gastáis dinero en lo que no es pan / y vuestro jornal en lo que no sacia? / Hacedme caso y comed cosa buena, y disfrutaréis con algo sustancioso.” (Is 55,2). Este pan bajado del cielo es el verdadero maná de la vida, porque este pan es la Palabra de Dios humanada, hecha carne, en la cual Dios nos anticipa el banquete del Reino eterno. En este pan Dios nos da el alimento que regenera a la vida, ya que el hombre vive de “toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8,3; cf. Mt 4,4).

Dice san Pablo: “El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo?” (1 Cor 10,16). Del mismo modo que los sacrificios de comunión de la antigua alianza eran seguidos de la participación en el banquete sacrificial de las víctimas, con cuya sangre eran rociados tanto el altar como la asamblea, así quien participa del sacrificio eucarístico entra en la comunión de Cristo gracias a este pan que es la carne del Hijo de Dios y a este cáliz de salvación que es su sangre. El Verbo se hizo carne y por su humanidad Dios nos abre camino hacia él por la participación en su Cuerpo y en su Sangre. El discurso de Jesús sobre el pan de vida funde en una misma realidad la Palabra de Dios como alimento del hombre y la manducación y bebida de su Cuerpo y Sangre: “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6,55).

Hoy adoramos este Sacramento admirable con especial solemnidad, pero al participar de la mesa eucarística Dios quiere que descubramos en ella el amor que en ella se nos entrega como vida imperecedera. Dice san Juan: “todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1 Jn 4,7-8). La mesa de la Eucaristía se ha de prolongar en la mesa de amor fraterno que sólo puede alimentar la caridad con la que hemos sido nosotros amados por Dios. No podemos cerrar nuestra mesa a los hermanos necesitados, que esperan de nuestro amor el signo por el cual conocerán que somos discípulos de Jesucristo. Es el mismo apóstol san Juan el que dice: “Queridos, si Dios nos ha amado de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1 Jn 4,12).

La Eucaristía es el sacramento que nos aúna en Cristo como hijos del mismo Padre y miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. La unidad de la Iglesia se levanta sobre la Eucaristía, como dice san Pablo: “El pan es uno solo y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismos pan” (1 Cor 10,17). La comunión eucarística de la Iglesia se prolonga en la comunión de bienes, para que a nadie falte lo necesario.

Quiera el Señor que el sacramento de su Cuerpo y Sangre nos devuelva al amor de Dios, y robustezca el amor del prójimo, verdadero fermento de paz social. Adoremos el sacramento admirable de la Eucaristía, alimento de viadores, solaz de peregrinos que esperan alcanzar la meta definitiva del amor de Dios y gozar de los bienes celestiales del Reino eterno. Llegaremos a ellos si vivimos de la vida de Dios que nos viene por este divino manjar de la Eucaristía.

¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, 14 de junio de 2009
Corpus Christi

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
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