Lecturas: Hech 10,25-26.34-35.44-48
             Sal 97,1-4
             1 Jn 4,7-10
             Jn 15,9-17

         Queridos sacerdotes miembros de Capítulo de la Catedral,
         Ilustrísimas Autoridades,
         Religiosas y fieles laicos:

          La tradición religiosa de la Iglesia diocesana de Almería honra al Patrón de la ciudad y de la diócesis en estos días pascuales. Después de celebrar la fiesta litúrgica, es tradición solemnizar el homenaje al Santo Patrón en el domingo más próximo a su fiesta, celebrando misa estacional y procesión con la imagen del Obispo fundador de la Iglesia de Urci, cuya predicación la tradición remonta al tránsito de la primera a la segunda generación apostólica.  El Martirologio romano prefiere identificar a nuestro Patrón juntamente con los otros seis Varones apostólicos como obispos que rigieron y organizaron algunas iglesias de la Hispania meridional hacia finales del siglo III. Estas iglesias han conservado la memoria de su predicación y santidad. La posterior tradición mozárabe recogida por las Actas del siglo VIII cubrirá de trazos hagiográficos la historia de los obispos fundadores de las Iglesias béticas. El carácter legendario de estas Actas responde al adorno piadoso y legitimador del núcleo histórico que ha visto en los obispos de las comunidades cristianas de la Hispania romana de los primeros siglos la garantía de la transmisión y preservación de la fe apostólica.

         Entre estos obispos santos, san Indalecio brilla como fundador de la primera Iglesia almeriense, y la veneración de sus reliquias, anterior a la invasión musulmana, da testimonio de la memoria de su santidad e intercesión en favor de las comunidades cristianas de estas tierras; y porque así nos la ha transmitido la tradición, nos congregamos hoy para festejar su memoria. Queremos bendecir a Dios por el don admirable de la fe en Jesucristo que san Indalecio predicó. Su fiesta es siempre un  momento de gracia, una moción del Espíritu que Dios nos concede para que sepamos tomar el pulso a la situación de nuestra fe y de nuestra fidelidad a la predicación apostólica, y tomemos aliento para llevarla adelante. Un momento de gracia para recobrar impulso y energía espiritual que nos ayude a seguir confesando a Cristo en la sociedad de nuestro tiempo, ofreciendo un testimonio del Evangelio que tenga en cuenta las urgencias y necesidades de nuestros días tanto como la situación de alejamiento de la fe católica de tantas personas que han sido bautizadas y, sin embargo, viven al margen de la práctica de la fe y de la enseñanza magisterial de la Iglesia.

         Vivimos hoy una crisis social y cultural que pone en peligro la fe cristiana y que es en gran parte resultado del abandono de los principios evangélicos, aunque en ella convergen otros elementos. La libertad de movimiento de ideas y concepciones es propia de una sociedad abierta y democrática, pero eso no significa que todas las ideas y concepciones de la vida tengan la misma legitimidad ante la razón y la conciencia, si no queremos sucumbir a la dictadura del relativismo, para decirlo con palabras del Papa Benedicto XVI. Sobre todo porque hemos conocido a Cristo y la luz que la predicación evangélica arroja sobre la el origen y el destino del hombre.

Hemos de ser conscientes de que el relativismo lo impregna todo, y esto explica por qué se trata de combatir la visión cristiana de la vida para mejor imponer una ideología. Después de la dictadura de los totalitarismos del pasado siglo XX, hoy se quiere imponer una ideología contraria a la razón y la conciencia moral. Para ello se presenta el cristianismo como un producto cultural superado o en trance de superación, pero el evangelio no es producto de una cultura cerrada sobre sí misma. Ni el cristianismo quiso ser nunca patrimonio de una civilización occidental excluyente, sino un mensaje de salvación ofrecido a todos los pueblos, a los que la Europa cristiana llevó la luz del Evangelio. El mensaje cristiano es universal por su misma naturaleza, tal como acabamos de escuchar en la lectura del discurso de Pedro en casa del centurión romano Cornelio: “Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea” (Hech 10,34).

En estos domingos de Pascua he vivido como verdadera gracia el bautismo de más de sesenta catecúmenos africanos y de algunos europeos e hispanos. Todos ellos han encontrado en Cristo al Mesías y al Salvador de la humanidad, al Hijo de Dios hecho hombre por nosotros. Todos han reconocido en Jesús la revelación con alcance universal del Dios único, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Todos han visto en el Dios de Jesús al señor del destino del hombre, cuyo poder está por encima de las vicisitudes de la historia humana. Los nuevos cristianos han comprendido la enseñanza de la primera carta de san Juan, que acabamos de escuchar: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios mandó al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4,9).

El hombre, en verdad, no puede vivir si no es por medio de Cristo, vida y salvación del mundo. Lo hemos escuchado en este tiempo de Pascua: Jesús es la vid que nutre los sarmientos que de ella reciben la savia vivificadora, sin cuyo alimento los sarmientos no tienen otro destino que secarse, morir: “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden” (Jn 15,5-6).

         Jesús habla de permanecer en él, recibiendo de la luz y la vida que él es la iluminación y el sustento que nutre nuestra vida. No basta invocar las tradiciones históricas para mantenerse como cristianos, es necesario para permanecer en Jesús, guardar sus mandamientos, como dice el evangelio de san Juan que ha sido proclamado. Jesús llama amigos a sus discípulos porque les ha dado cuanto ha recibido del Padre; y ruega al Padre para que permanezcan en la comunión que se da entre el Padre y el Hijo cumpliendo sus mandamientos. Es imposible permanecer en la amistad de Cristo sin cumplir su palabra y sus mandamientos.

No es posible que quienes se dicen cristianos y acuden a las manifestaciones públicas de la fe cristiana, como las grandes concentraciones procesionales que hemos vivido la pasada Semana Santa, pretendan una unidad con Cristo que destruyen con sus hechos y palabras. Resulta contrario a la fe que profesada vivir contra el mandamiento de Cristo sobre la unidad del matrimonio, sobre el cual se fundamenta la unidad de la familia. Es asimismo contrario a la voluntad de Cristo, que quiso que sus discípulos fueran luz y sal de la tierra, separar la fe de la Iglesia de la acción social o política. Es incompatible con la fe cristiana, y también es incompatible con la razón y la más elemental conciencia moral, la ceguera con la que se pretende revestir el aborto libre y procurado como supuesto derecho de la mujer. Nadie tiene derecho a eliminar a ningún ser humano en gestación, una acción que el Vaticano II califica de  «crimen nefando» (Vaticano II: Const. Gaudium et spes, n. 51); y si una ley moralmente injusta lo ha despenalizado en algunos supuestos, jamás podrá ser revestido de derecho de nadie. Que el mal se extienda por la geografía de Europa no es argumento alguno para legitimar su implantación donde no se dé o se dé en menor grado. Semejante argumento, falaz a todas luces, podría hacernos pensar en la bondad de la infección ideológica que en el pasado siglo expandió en las sociedades europeas los más crueles totalitarismos. Las pandemias no parece que sean un argumento para legitimar la bondad de las infecciones contagiosas.

El aborto mata la vida concebida y no nacida de millones de seres humanos en este siglo del progreso técnico y de cuya sensibilidad ecológica cabría esperar lo contrario. Acusar de hipocresía moral a quienes por imperativos de conciencia éticos defendemos la vida de los no nacidos, con fundamentos racionales y religiosos, es una descalificación injusta privada de toda legitimidad democrática. Porque no tiene valor argumentativo alguno apelar a las cifras de los embarazos no deseados que ponen bien de manifiesto la falta de una auténtica humanización de la sexualidad y la ausencia de una verdadera educación moral de los adolescentes y jóvenes en campo tan determinante de la vida, mientras todo se reduce a paliar los efectos de la promiscuidad y a promover de forma irresponsable la banalización de la sexualidad.

Tampoco es aceptable en una sociedad abierta pretender callar la libertad de expresión, como ha sucedido ya, con la pretensión de dictaminar políticamente qué es y no es conforme con la ciencia. Esto sí es un acto inquisitorial e impropio de quienes han pretendido reprobar las palabras del Santo Padre, que, además, no han sido reproducidas ni en su tenor literal ni en su contexto. ¿Por qué tanta animadversión y odio de algunos sectores sociales minoritarios pero influyentes contra la Iglesia Católica? ¿Quizá por que la Iglesia no se aviene a las pretensiones de quienes se sirven de las instituciones públicas y de los medios de comunicación para imponer una moral relativista?  Estas acciones y situaciones que menoscaban la luz de la razón y la libertad religiosa, y que se revisten de conquistas de supuestos derechos, deben ser combatidas con libertad y valor moral por los cristianos que ocupan responsabilidades públicas, haciendo valer la razón de sus argumentos y el dictamen moral de su conciencia.

Los poderes públicos tienen en deber de proteger a la mujer para que no se encuentre sola ante la tentación del aborto, aplicar medidas sociales justas y de protección de la vida, amparando los derechos que asisten a todos los niños en gestación y no nacidos: derechos personales que son inalienables y requieren una particular defensa por el estado de máxima debilidad e indefensión en que se encuentra el sujeto de estos derechos. Esta es una empresa de amor y testimonio cristiano, que hemos de estar dispuestos a llevar adelante en favor de la vida. Hemos de hacerlo contra una cultura de la muerte que avanza socialmente con el apoyo de poderos medios de influencia sobre la opinión pública dejando en situación de indefensión tanto a los niños concebidos y no nacidos como a sus madres, cuya alma queda insoportablemente herida con el aborto. No es alternativa la defensa del no nacido y la defensa de la madre. Van unidas en una sociedad justa y socialmente sensible al valor trascendente de la vida que nos llega por el don de la maternidad.

En este año de oración por la vida, se lo pedimos a la santísima Virgen y a nuestro Patrón san Indalecio, para que la intercesión de la Madre del Hijo de Dios, nacido de su vientre, a la que se une la oración de nuestro Patrono, nos alcance la fidelidad a Cristo y todos nos sintamos movidos a defender la vida y a amparar a las madres que la dan a luz. Mediante un acompañamiento personal y social que las ayude siempre contra la soledad y el abandono.

S.A. Catedral de la Encarnación

Almería, a 17 de mayo de 2009

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
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