Lecturas: Hech 10,34a.37-43
             Sal 117
             Col 3,1-4
             Jn 20,1-9

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos; Hermanos mayores y miembros de las Hermandades de Semana Santa; queridos seminaristas; hermanos y hermanas:

La gran noticia de la Pascua es que Jesús ha resucitado, y en su resurrección Dios ha cumplido las promesas proféticas. Aquello que mediante imágenes Dios había anunciado al pueblo elegido se ha hecho realidad. Con la resurrección de Jesús todo cobra sentido, porque Dios ha salido por Cristo y ha dejado sin argumentos a sus enemigos y adversarios. La resurrección de Jesús nos llena de gozo porque abre la vida humana a la gran esperanza a su consumación en Dios. La participación de la vida divina ha comenzado ya para quien cree en Jesucristo. La resurrección da fundamento divino a sus palabras: “En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene la vida eterna” (Jn 6,47).

La fe en Jesús abre al hombre a una vida nueva, porque Dios está en Jesús salvando al hombre de su ceguera y de su pecado. Comienza una vida nueva que tendrá su manifestación última y definitiva cuando llegue la resurrección de los muertos que ha comenzado a hacerse realidad en la resurrección de Jesús. Con ella, la vida se afirma sobre la muerte como futuro de la humanidad redimida por al sangre del Redentor.

La resurrección de Jesús viene a acreditar las palabras de Jesús y ha reivindicar su vida y su muerte como obra de Dios. Para creer, hay que interpretar los signos que Dios ofrece, tal como dice el evangelista. María Magdalena no supo interpretar los signos que se le ofrecían, no supo darle sentido a la losa movida del sepulcro. Corrió a decir a Simón Pedro y al discípulo a quien Jesús tanto quería que no estaba allí el Señor y no sabía dónde lo habían puesto. De hecho, cuando Jesús resucitado salió al encuentro de María Magdalena, ésta lo confundió con el hortelano.  Sólo el propio Jesús pudo sacarla de su ignorancia al llamarla por su nombre. Los discípulos que corrieron alertados por ella al sepulcro se encontraron también ante los signos: el sepulcro vacío y las vendas con que había sido amortajado el cadáver de Jesús “en el suelo y el sudario que cubrió su cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sito aparte” (Jn 20,6b-7), pero sólo el discípulo amado, paradigma del que cree y comprende los signos que Dios le ofrece, “vio y creyó” (Jn 20,8).

El sepulcro vacío, por sí solo, podía constituir un aprueba en falso, ya que el cadáver de Jesús podía haber sido trasladado a otro lugar, como lo creyó María Magdalena, pero san Juan, igual que los otros evangelistas, narra la resurrección y habla de los signos que la acompañaron teniendo en cuenta la experiencia completa de aquel acontecimiento, único en la historia de la humanidad. Esta experiencia abarca toda la historia de Jesús y los signos que la acompañan: las palabras y los gestos de Jesús, sus milagros y su pretensión de ser revelador e Hijo de Dios. La narración evangélica nos dice que Jesús realizó algunas resurrecciones, que resucitó al hijo de la viuda de Naín y a Lázaro, y que las palabras pronunciadas por él en estas ocasiones ayudan a comprender su resurrección, de la cual también habla Jesús. Por esto, el sepulcro vacío podía ser un signo para quien era testigo de toda la historia de Jesús.

La verdad es que, además de esto, las narraciones evangélicas hablan del hallazgo del sepulcro abierto y del encuentro personal de los discípulos con Jesús Resucitado. De este encuentro con él hablan las apariciones de a María Magdalena y a los discípulos, y de todo ello da testimonio san Pablo igual que las narraciones evangélicas. Con todo, el evangelista quiere que nos detengamos en el hecho de que el discípulo amado, al entrar en el sepulcro, supo interpretar los signos que Dios le ofrecía; y que por eso “vio y creyó”. Las pruebas de la fe exigen de nosotros comprometernos con la verdad de la que nos hablan, no por puro deseo de creer y de hacerlo arbitrariamente, sino porque las pruebas que Dios nos ofrece son las que mejor explican y dan razón de la verdad de la historia de Jesús y de las cosas sucedidas en ella y protagonizadas por Dios. 

Constantemente nos rebelamos contra el mensaje de fe proclamado por la Iglesia, un mensaje que no es suyo, sino que la Iglesia lo ha recibido de Jesús. La proclamación del Evangelio es a veces enojosa porque nos exige cambiar de vida, y una vida nueva sólo es posible si nos convertimos al Evangelio y nos dejamos guiar por el Espíritu del Resucitado, para poder cambiar muchas cosas de nuestra vida que no están conformes con la verdad de Dios. Nos cuesta convertirnos a Dios, nos resistimos por eso a aceptar la palabra que viene de él y nos volvemos contra el mensajero, rechazamos la palabra de la Iglesia, que no está por encima de la palabra de Dios sino a su servicio; y llegamos incluso a manipular la voluntad de Dios para desacreditar a la Iglesia fundada por el Cristo.

El mensaje de la Iglesia es un signo de que Cristo ha resucitado, pues la Iglesia anuncia aquel acontecimiento a pesar de los pecados de los cristianos y a pesar de las dificultades con que este mensaje tropieza, porque no se acomoda a lo que los hombres quisieran escuchar de parte de Dios. El mensaje de la Iglesia exige fe en aquel que ha enviado a la Iglesia a proclamar su palabra al mundo, fe en el Resucitado que ella anuncia y con cuya autoridad se dirige a los hombres de todos los tiempos. Lo hemos escuchado a Pedro en la lectura del libro de los Hechos: “Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados” (Hech 10,42-43).

La conversión a Cristo, juez de vivos y muertos, exige aceptar la palabra del evangelio que predicó, y que fue rechazada por los suyos llevándolo a la muerte en cruz. En aquel rechazo todos estábamos representados, y Cristo murió a causa de nuestros pecados. El anuncio por parte de los apóstoles de la resurrección de Jesús no sólo lo rehabilitaba ante sus jueces judíos o romanos. Aquel anuncio hace dos mil años igual que hoy lo acredita ante el mundo como Hijo de Dios. Jesús es el Señor de la vida y aceptar el evangelio de Jesús es la única forma de creer en él. Si hemos representado los misterios de su pasión y muerte y los desfiles procesionales han recorrido nuestras calles y plazas, demos a la sociedad de nuestro tiempo el testimonio que sólo los cristianos podemos ofrecerle: Cristo ha resucitado y el futuro del hombre es la resurrección de los muertos. Cristo vive y la muerte ha sido vencida para siempre.

No podemos hacernos cómplices de una cultura de la muerte, en la que la vida se valorada por su utilidad o por su mero valor funcional. La vida, desde su concepción a la muerte natural, es el gran don del Creador; y la cruz con que está marcada forma parte de la vida mientras vivimos en nuestro cuerpo mortal en este mundo. Pero Cristo ha vencido la muerte y en su resurrección han sido derrotados los signos de la muerte y del mal. Contra un mundo que reduce la vida a valores de utilidad, placer y pragmatismo, sigamos nosotros el consejo del gran apóstol san Pablo: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba (...) Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces apareceréis también vosotros, juntamente con él, en gloria” (Col 3,4). El futuro del hombre es un futuro de gloria.

Que así lo comprendamos y nos ayude a ello la Virgen María, Madre del Redentor, que aguantó sin desmayo junto a la cruz y soportó los dolores que traspasaron su corazón, y ahora reina con Cristo en su gloria y nos asiste con su maternal intercesión.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
Almería, 12 de abril de 2009
Pascua de Resurrección

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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