Lecturas: Is 52,13-53,12
              Hb 4,14-16; 5,7-9
             Jn 18,1-19,42

Queridos hermanos y hermanas:

          Conmemoramos en estos santos oficios la pasión y muerte de Cristo, que por nosotros se hizo hombre y, en libre y soberana decisión, asumió la cruz y comulgó con nuestro destino mortal, “porque él quiso”. No fue decisión meramente discrecional la de Jesús, respondía al amor del Hijo al Padre y, haciendo propio el designio del Padre, quiso morir por nosotros.  Aceptó su pasión no sin angustia ante el sufrimiento que le esperaba y pidió al Padre verse libre de él, pero al mismo tiempo que aceptaba la voluntad de Dios Padre, como dice la carta a los Hebreos. Ciertamente, suplicó al Padre que le apartara el cáliz de la pasión y de la cruz, pero obedeciendo Jesús respondía con amor al amor del Padre, consciente de que Dios no le abandonaría. 

La carta a los Hebreos dice que, en verdad, “Jesús fue escuchado por el que podía salvarle de la muerte, por su actitud reverente” (Hb 5,7). No fue la respuesta del Padre librarle de la pasión, sino, tal como Jesús esperaba de su Padre, despertarle de la muerte, no permitir que viera la corrupción del sepulcro el Santo de Dios, el Hijo de Dios humanado. La respuesta del Padre a Jesús es la resurrección de entre los muertos que lo salva del sepulcro, y llega esta respuesta con al alba del tercer día, una vez concluida mediante la obediencia la obra de la redención en la cual Dios  ha revelado a los hombres su misericordia y su amor por el mundo.

Las palabras del profeta Isaías iluminan la pasión y muerte de Jesús: “Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. / Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, / y el Señor cargó sobre sí todos nuestros crímenes” (Is 53,5-6). En la pasión y en la cruz de Cristo se ha revelado al mundo la misericordia de Dios. La obediencia de Cristo es voluntad del Hijo que se une a la voluntad del Padre, para revelar al mundo el misterio de amor que sostiene la vida humana: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca” (Jn 3,16). Cristo ha padecido la pasión y la muerte en lugar nuestro y por nuestro amor. El Padre ha querido que el Hijo padeciera la muerte para nuestro bien, porque al padecerla con nosotros y solidario de nuestro destino de pecadores, el Hijo de Dios, en todo semejante a nosotros menos en el pecado, ha hecho suya nuestra condición en sumo grado, y ha aceptando que la muerte, efecto del pecado, cayera sobre él para librarnos de ella.

Este designio de redención nuestra fue asumido por Jesús con plena libertad en decisión soberana. Es lo que nos transmite el evangelista san Juan en el relato de la pasión y muerte de Jesús que hemos escuchado.  El evangelista nos hace ver cómo Jesús dispone él mismo su pasión y se compara a sí mismo con el buen Pastor. En el evangelio de san Juan dice Jesús de sí mismo y de su misión: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas (...) Yo doy mi vida por las ovejas (...) Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente” (Jn 10,10-11.15.18). El Padre le ama porque da la vida por sus ovejas (v.17).

Jesús entiende su propia muerte como el acto supremo de amor por las ovejas del redil dispersas por el pecado. La muerte de Jesús no sólo recupera a las ovejas perdidas del pueblo elegido, sino también a las que de los demás pueblos: “y habrá un sólo rebaño y un solo pastor” (v.16). El sumo sacerdote profetiza que “es conveniente que uno solo muera por el pueblo y no perezca toda la nación” (Jn 11,50). Con ello quiere justificar la ejecución de Jesús, pero ignora el alcance real de sus palabras. El evangelista contempla la muerte de Jesús en el designio misericordioso de Dios Padre como el medio de salvación “para reunir en uno a los hijos de Dios dispersos” (Jn 11,53). La unidad de la humanidad en Cristo es la victoria de Cristo sobre el Príncipe de este mundo y ya se deja sentir en la muerte de Jesús como medio de reconciliación definitiva de los hombres con Dios. Es la gran visión de la obra redentora de Cristo del evangelista, que ve en el Crucificado el punto de concentración de todas las miradas profetizada por Jesús refiriéndose a su muerte en la cruz: “Y yo cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).

Jesús fue señalado por Juan Bautista como el “cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Porque la sangre de los corderos y de los animales sacrificados no podía borrar los pecados, como dice el autor de Hebreos, Jesús se hace verdadero cordero sacrificado en su propio cuerpo. Sacerdote y víctima, Jesús  habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para siempre, esperando desde entonces hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies” (Hb 10,12-14).

El misterio de nuestra redención se revela en la inmolación de Jesús en la cruz como un misterio de amor y el Crucificado aparece en la cruz no sólo como el inmolado por nosotros, sino como el glorificado por el Padre. El evangelista san Juan contempla a Jesús en la cruz como aquel que ha sido entronizado y reina sobre el mundo. San Pablo en una visión parecida dice que la obediente humillación de Jesús es la causa de su exaltación gloriosa: “Por eso Dios lo exaltó y le concedió el nombre sobre todo Nombre.  Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre” (Fil 2,10). También la carta a los Hebreos  dice: “Y a aquel que fue hecho poco inferior a los ángeles [por su humanidad], a Jesús, le vemos coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos” (Hb 2,9).

¡Cómo no bendecir a Cristo por su pasión y muerte y dar gracias al Creador y Redentor del mundo por el don de nuestra salvación eterna! Hoy como ayer, cuando contemplamos al Crucificado, Dios nos muestra el camino de la cruz como camino de vida, invitándonos a abrazarla con la esperanza de vencer el dolor y la muerte mientras luchamos contra la injusticia y el pecado que pretenden ahogar la verdad de Dios y del hombre. El dolor del Crucificado es el dolor del mundo, de los enfermos y perseguidos, de los que pierden la esperanza y  de los que son marginados; de los que sucumben en las catástrofes de la naturaleza indomable y de los inocentes que están en peligro y mueren por su conciencia y sus ideas, de los oprimidos y explotados por el poder del dinero, del placer y de la avaricia; de los que caen víctimas de la violencia homicida de los que planean un mundo a su imagen contra la vida del prójimo; de las vidas de seres humanos concebidos y muertos antes de nacer. Todo este inmenso dolor del mundo es transfigurado en la gloria de Cristo Crucificado, que nos da esperanza para que no sucumbamos a la tentación de un conformismo ordinario frente a al mal y la muerte, porque Cristo los ha vencido ya en su cruz.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
Viernes Santo, 10 de abril de 2009

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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