Lecturas: Ex 12,1-8.11-14
             Sal 115
             1 Cor 11,23-26
             Jn 13,1-15

          Queridos hermanos y hermanas:

          Nos congrega la Misa en la Cena del Señor del Jueves Santo y se actualiza en ella la institución de la eucaristía por Jesús la noche de la última Cena, antes de su prendimiento para ser llevado a la muerte. El evangelista san Lucas nos dice que Jesús les dijo: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer” (Lc 22,15). Este momento supremo en que Jesús se ve abocado a la muerte suscita en él sentimientos encontrados y veremos a Jesús turbarse en la agonía de Getsemaní ante la inminencia de su pasión. Jesús una interpretación a la pasión y a la cruz  que el evangelista san Juan condensa en  las palabras del lavatorio de los pies: “Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13,14).

         Aquel gesto de lavar los pies a sus apóstoles concentra en sí mismo el significado de la entrega manos de los pecadores: es un gesto definitivo de servicio dictado por el amor. Jesús va en plena libertad a su muerte y ésta tiene el sentido que se expresa en este gesto: Jesús entrega su vida para que los hombres no al pierdan.  El lavatorio de los pies se une al gesto de la fracción del pan y su distribución entre los discípulos y a la entrega del cáliz. Jesús se da a los hombres como pan de vida, partido y repartido entre todos a fin de que se alimenten para la vida eterna. Jesús es verdadero el pan partido y multiplicado, el verdadero maná bajado del cielo para el que come de él tenga vida y no perezca como Jesús les había dicho a los judíos: “No fue Moisés el que os dio el pan del cielo; / es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; / porque el pan de Dios / es el que baja del cielo y da vida al mundo” (Jn 6,32-33).

         Jesús da la vida al mundo entregándose él a la pasión y a la cruz merecida por los pecadores, pero su entrega a la muerte tiene un significado salvífico para ellos: su muerte da la vida al mundo. En la Cena Jesús anticipa en el gesto eucarístico su entrega  redentora a  la cruz e instituye de manera perpetua hasta su retorno la Eucaristía como signo y sacramento de su Pascua, de su paso al Padre, y de sus efectos bienhechores para nosotros. Su cuerpo inmolado y su sangre derramada son el gran sacramento de la fe que Jesús nos deja como memoria y testamento de su amor. En la inmolación de Jesús por nosotros Dios Padre ha querido salvar al mundo en la sangre de Jesús  “derramada por muchos” (Mc 14,24).

         San Pablo nos ha transmitido la más antigua versión de la institución eucarística en la carta primera a los Corintios, narración de una tradición que le precede y que él ha recibido del Señor, y como tal la transmite a los cristianos de sus comunidades. En ella, Cristo nos ha dejado el sacramento de su presencia y el sacrificio de la nueva y eterna Alianza en su sangre para la remisión de los pecados. La Eucaristía es así presencia de Cristo redentor resucitado y hace actual su sacrifico de salvación para cada generación. Los cristianos vivimos de la Eucaristía, pan que nos da la vida divina y viático para llegar al Padre y alcanzar la resurrección futura.

         En la Eucaristía la antigua celebración de la Pascua queda integrada y superada en la nueva Alianza en la sangre de Jesús. Para los cristianos, la pascua judía es la gran figura de la realidad que había de venir. El misterio de la Eucaristía se comprende a la luz de aquellas figuras que la anuncian en tiempos de la antigua Alianza. Como hemos escuchado en la narración del libro del Éxodo, la Pascua es el paso liberador del Señor que trajo la libertad para los israelitas nuestros padres al arrancarlos de la esclavitud del Faraón. La salida de Egipto les condujo al desierto y al paso del Mar Rojo que les abriría definitivamente el camino a la tierra prometida. El pueblo de la antigua Alianza ha celebraba con el ritual de la Pascua el acontecimiento histórico de su liberación.  El nuevo ritual de la Pascua la fe cristiana celebra el memorial de la liberación del pecado y de la muerte gracias a la pasión y muerte redentora de Jesús y de su gloriosa resurrección.

         El Papa Benedicto XVI nos recuerda el significado de la Eucaristía para la fe en Dios: “La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimentad de modo particular de la mesa de la Eucaristía” (Benedicto XVI, Exhortación ap. postsin. Sacramentum caritatis, n.6). En la Eucaristía se revela el misterio de amor divino. Dios se entrega a Sí mismo como vida del hombre en la muerte por amor nuestro del Hijo eterno de Dios. Jesús es el pan verdadero que el Padre celestial nos da entregando a su Hijo al mundo para que tenga vida. La obediencia amorosa del Hijo al designio del Padre hace posible la redención de los hombres. El gran don de la redención es el Espíritu Santo. De este modo, por la muerte y resurrección de Cristo se nos ha otorgado participar de la vida divina, y ésta llega a nosotros gracias a la efusión del Espíritu Santo que el Padre ha derramado sobre los que creen Cristo.

En verdad, el hombre que está lejos de Dios no puede recibir el aliento de vida que comunica el Espíritu Santo. La vida divina llega por la fe en Cristo y la recepción de los sacramentos, de manera singular por el bautismo y la Eucaristía. De ambos decimos que son sacramentos de nuestra fe, pero es la Eucaristía el mayor de los sacramentos, porque por medio del sacrificio eucarístico se hace posible para cada uno de nosotros participar del Cuerpo y Sangre de nuestro Salvador.  Porque la Eucaristía es el sacramento que nos comunica una singular participación de la vida divina, es necesario que todos los fieles tengan clara conciencia de que la Eucaristía es obra del Espíritu Santo para santificación de los bautizados. El celebrante invoca en la plegaria central de la eucaristía al Padre el don del Espíritu Santo para que el pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y Sangre del Señor.

Reservamos la Eucaristía para alimento de cuantos la necesitan, particularmente de los enfermos y para los que han de recibir con ella cercana su muerte el viático para consumar la pascua  personal que hace pasar de este mundo al Padre a cuantos mueren en Cristo. Adoramos la presencia de Cristo en la Eucaristía y cantamos la gloria de este adorable sacramento que nos manifiesta el amor de Dios. ¡Qué don tan admirable el de la Eucaristía, entregada por Cristo a la Iglesia en la última Cena! Un don de vida divina que nos es servido en la mesa eucarística por el ministerio de los sacerdotes que actúan en «en la persona de Cristo.

Con la Eucaristía Jesús quiso darnos el ministerio que la sirve a los fieles y sin el cual la Eucaristía no sería posible. El ministerio sacerdotal es para la Iglesia el ministerio de Cristo cabeza, por cuyo medio él mismo se hace presente en medio de su pueblo. Necesitamos, por esto, suplicar del Señor vocaciones sacerdotales que hagan posible la celebración de la santa Misa, culmen y fuente de la vida cristiana. La Eucaristía es un don apostólico, viene de los Apóstoles, que recibieron el mandato de Cristo de perpetuar el sacrificio eucarístico hasta el final de los tiempos. La apostolicidad de la Eucaristía es indisociable de la apostolicidad de la Iglesia. La Iglesia se levanta sobre los apóstoles del Cordero sacrificado, y ha recibido de ellos el sacrificio de la Eucaristía (cf. Juan Pablo II, Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia, n.26-33). ¡Como hemos de rogar a Dios que nos conceda los sacerdotes necesarios para su Iglesia!

Finalmente, tal como decíamos al principio, el misterio de la Eucaristía se revela en el gesto del lavatorio de los pies que nos transmite el evangelista san Juan como gesto central de Jesús en la noche de la Cena. La Eucaristía es sacrificio porque es entrega de amor, es el memorial del gran servicio que Cristo realizó por nosotros entregándose a la pasión y a la cruz. Por eso, el servicio es la característica del amor fraterno, distintivo de los cristianos. Este amor alcanza una significación mayor cuando las necesidades se hacen más acuciantes y el rostro de nuestro prójimo nos descubre a Cristo hecho hombre por nosotros, despojado de su condición divina para hacerse solidario de nuestra pobreza, en todo semejante a nosotros menos en el pecado. El amor fraterno es la gran exigencia del amor de Dios y el medio de testimoniar que en verdad hemos conocido el amor de Dios por nosotros.

Que la celebración de la Eucaristía en este Jueves Santo nos alcance la vida divina que nos viene de Cristo y nos ayude a dar testimonio de esta vida cumpliendo el mandamiento nuevo del amor por el cual los hombres reconocerán que somos discípulos de Cristo.

S.A.I Catedral de la Encarnación
Almería, 9 de abril de 2009
Jueves Santo

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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