Lecturas: Is 50,4-7
             Sal 21
             Fil 2,6-11
             Mc 14,1-15

          Queridos hermanos sacerdotes, religiosas y seminaristas;
          Queridos fieles laicos:

          Hemos comenzado la celebración de la Semana Santa con la procesión de ramos, para conmemorar la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Los que acompañaron a Jesús en aquel gesto profético en que se revelaba su condición de hijo de David, le reconocían como el Mesías esperado. Con él llegaba el reino prometido al heredero de David y el pueblo elegido sería restablecido en su unidad primera. Dios le resarciría de las humillaciones que le habían infligido los paganos mostrando su condición de pueblo elegido.  Así lo había creído Pedro, que respondió a la pregunta de Jesús a sus discípulos acerca de quién era él: “Tú eres el Cristo” (Mc 8,29).

         San Marcos no sólo escribe su evangelio para afianzar la fe en que Jesús es el Mesías, sino que vincula este título de Jesús a su condición de Hijo de Dios, como queda reflejado en distintos pasajes de su evangelio. Jesús responde al sumo sacerdote que él es el Cristo (es decir, el Mesías), “el Hijo del Bendito”, añadiendo: “Sí, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y venir entre las nubes del cielo” (Mc 14,62). No sólo responde afirmativamente a la pregunta del sumo sacerdote, sino que añade que el Cristo es el Hijo de Dios y éste no es distinto del Hijo del hombre, el personaje celestial a quien Dios había de confiar al final de los tiempos todo el poder y el juicio. Cuando Jesús resucite de entre los muertos todos verán desvelado el misterio de Jesús como el Hijo de Dios exaltado a la gloria.

         Para facilitar la comprensión del misterio personal de Jesús el evangelista san Marcos anticipa en los relatos del bautismo y la transfiguración de Jesús la revelación de su verdadera identidad. En el bautismo se oye la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1,11); y en la transfiguración esta misma voz reitera: “Este es mi Hijo amado, escuchadle” (Mc 9,7). Finalmente, tras las escenas de la pasión y la muerte en cruz de Jesús, el centurión que le custodiaba exclama ante el crucificado: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios” (Mc 15,39).

Si esta es la identidad de Jesús, se planteaba el gran interrogante acerca del destino de Jesús y de su muerte en la cruz después de crueles torturas: ¿por qué había de padecer el Hijo de Dios?  La respuesta del evangelista queda recogida en la narración de su evangelio: el sufrimiento del Hijo era la voluntad de Dios. Jesús murió para cumplir la voluntad de Dios y realizar así el designio divino de nuestra salvación. Jesús mismo predijo tres veces su pasión y muerte, y su resurrección. Después de la confesión de Pedro subiendo hacia Jerusalén, Jesús les decía “que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días” (Mc 8,31; cf. 9,31; 10,33-34). Algo que Pedro no podía entender y trataba por esto de apartarlo de semejante designio de humillación. Jesús rechaza el pensamiento de Pedro con dureza apartándolo de él como si se tratase de Satanás, diciéndole: “tus pensamientos no  son los de Dios, sino los de los hombres” (Mc 8,33). En el desierto el demonio había querido apartarlo de su misión y ofrecerle a cambio el dominio sobre el mundo, pero Jesús rechazó al demonio fielmente obediente al designio de Dios. Jesús tuvo que superar la repugnancia que le causaba su destino y en la oración del huerto le hemos visto decir: “¡Abba! (Padre): tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieres” (Mc 14,36).

Jesús comprende su destino como un designio de servicio y de amor a los hombres, tal es el contenido de la voluntad del Padre, y por eso, ante las ambiciones de los discípulos por sentarse a derecha e izquierda del Mesías, dirá: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10,45). Se trata de una misión de servicio que tiene verdadero carácter oblativo y sacrificial, pues Jesús va a ser entregado como «rescate»  por muchos; su entrega salvará a los que son rescatados por su sangre derramada, como les dice a los discípulos en la noche de la última Cena, al instituir la Eucaristía como memorial de su sacrificio: “Esta es mi sangre de la alianza que es derramada por muchos” (14,24).

Jesús va a la pasión y a la cruz consciente del abandono en que se verá sumido, anunciando a sus discípulos la huída de todos ellos, hecho que Jesús interpreta a la luz de la profecía de Zacarías: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas” (Za 13,7; cf. Mc 14,27). También Pedro, que había protestado su incondicional fidelidad a Jesús, le negará. El discípulo que había constituido en roca de la Iglesia le negará tres veces antes del canto del gallo. El Mesías, el rey de Israel, como reza el letrero de la condena puesto sobre la cruz se ha convertido en escarnio y burla de los mismos que le crucifican: “...que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos” (Mc 15,32). Finalmente el evangelista concluye la narración de la pasión dando testimonio de su muerte sucedida, en apariencia, en el mayor abandono, el de Dios su Padre. Jesús muere después de dar el grito último de desolación recitando el salmo 21: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34).

Todo el evangelio de san Marcos parece estar en función de esta narración de la pasión, de la cual se desprenden las enseñanzas con que el evangelista adoctrina a los seguidores de Jesús. El sufrimiento y la muerte en cruz de Jesús tienen un sentido sacrificial y redentor que se desprende de la entrega de Jesús a manos de los hombres, dando así cumplimiento al designio de Dios. Jesús, obediente a la voluntad del Padre, pone en él una total confianza y sabe que no quedará defraudado. La pasión acontece según lo que estaba escrito en los profetas y hemos escuchado a Isaías, en el bello e impresionante cántico del Siervo: “Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, / (...) / No oculté el rostro a insultos y salivazos. / Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, / por eso ofrecí el rostro como pedernal, / y sé que no quedaré avergonzado” (Is 50,7).

San Pablo exhorta, en la carta a los Filipenses, a los cristianos de aquella primera hora a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús, el cual, “actuando como un hombre cualquiera, / se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, / y una muerte de cruz.”(Fil 2,7-8). El cristiano tiene por eso tiene que imitar a Cristo, no tomando su cruz, sino la propia, aquella que a cada uno le reserva la vida, afrontando el dolor y el sufrimiento con fortaleza, sabiendo que su sentido descubre el pecado del mundo cuyos efectos alcanzan también a los justos, porque también los justos pecan. Todo sser humano es pecador y a todos se les da la posibilidad de asumir el sufrimiento y darle un sentido trascendente, si saben asumir el valor redentor del dolor, aun cuando se necesario luchar contra toda forma de sufrimiento y trabajar por vencer sus estragos.

         El hombre se resiste a aceptar que el sufrimiento forma parte de su vida porque se niega a reconocerse pecador; se oculta a sí mismo culpablemente la condición pecadora en la que todos nacemos y con la que todos complicamos nuestra vida. Cristo nos ha librado de ella cargando sobre sí el pecado de toda la humanidad. Su victoria sobre el mal y la muerte es el fruto de su obediente entrega a la cruz como forma suprema de amor por nosotros. Por esto, nada ha de estar más lejos de la conciencia del cristiano que la desesperanza, porque sabe que la victoria es ya de la vida, porque Cristo ha vencido a la muerte con su cruz.

El cristiano no ama el dolor ni la muerte porque cree en el Dios que nos creó para la felicidad eterna, los asume en la esperanza de ser definitivamente salvados, porque dice san Pablo que ya hemos sido “salvados en esperanza” (Rom 8,24). Así nos lo recordaba el Papa Benedicto XVI en su carta encíclica Spe salvi. El cristiano es frontal enemigo de toda cultura de la muerte, porque el cristianismo es la religión  de la vida. El cristiano sabe que Cristo resucitado es la razón de ser de su esperanza en el triunfo de la vida sobre la muerte. El cristiano es defensor de la dignidad de la vida, porque la vida procede de Dios y es el gran don divino entregado al hombre, por eso defiende la inviolabilidad de la vida desde la concepción a la muerte natural y se opone a todo atentado contra la vida, pero señala con valor la crueldad de la violencia homicida ejercida contra la vida más desvalida e inocente, que es la vida no nacida.      

En esta Semana Santa, cuando abrimos los desfiles procesionales que llevarán a nuestras calles la representación del misterio redentor de Cristo, hemos de abrir nuestros ojos al sufrimiento de tantos seres humanos en los que hoy se prolonga la pasión de Jesús. Tántos seres humanos que son víctimas de la violencia y del desamor, del odio que generan las guerras y del egoísmo que las alimenta, que cierra el corazón y las entrañas a los necesitados y a los pobres, a los que no tienen trabajo y viven sin hogar ni esperanza de futuro.

El Papa ha entrega hoy, en la Jornada Mundial de la Juventud la cruz a los jóvenes que han ido a recibirla para que recorra nuestras diócesis hasta la celebración en 2011 de la gran Jornada mundial de la juventud. Cómo deseo que esta cruz que ha recorrido el mundo lleve también entre nosotros tras de sí a los jóvenes deseosos de una justicia mayor y de un mundo más humano, más conforme con los planes de Dios.  Pidamos hoy, Jornada mundial de la juventud celebrada cada año, por los jóvenes que crecen en una sociedad como la nuestra, en la cual se oculta cada vez más a Dios y se la despoja de los signos de su presencia. Una sociedad que oculta el dolor y sólo presta atención al valor útil y placentero de la vida, sin sentido trascendente alguno y sin esperanza en la vida eterna, la vida sin fin de Dios, que Cristo ha conquistado para la humanidad con su cruz, el sacrificio realizado de una vez para siempre que se hace ahora presente en el sacrificio eucarístico del altar.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
Almería, 5 de abril de 2009
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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