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Lecturas: Mal 3,1-4
             Sal 23,7-10           
            
Hb 2,14-18
             Lc 2,22-40

         Queridos hermanos sacerdotes, religiosos y religiosas;
                  Miembros de los institutos laicales de vida consagrada;
                  Hermanos y hermanas:

 Un año más celebramos con gozo la Fiesta de la Presentación, una fiesta del Señor, pero tradicionalmente vivida como una fiesta mariana por ir unido el misterio de la presentación de Jesús en el templo de Jerusalén a la purificación, conforme a la ley mosaica, de la madre de una nueva vida. Fiesta de la Candelaria porque Dios ha iluminado nuestros ojos con la luz de la salvación, como recitó el anciano Simeón, tras haber contemplado al Niño en brazos de su madre en el templo: “Mis ojos han visto a tu Salvador (...), Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” (Lc   ).

La purificación de María nos permite contemplar el verdadero alcance de la comunión de Cristo con los hombres como designio divino de redención. La luz que ha brillado en Cristo disipa las tinieblas del pecado que Jesús cargó sobre sí solidario con nuestra condición de pecadores para librarnos de ella. Esta solidaridad con los pecadores es la que explica el significado de la necesaria purificación de María, libre como estuvo por gracia divina de toda mancha de pecado. María sigue a Jesús  en esta comunión que libera y salva. Así se desprende de la Escritura: Al cumplirse los días de su purificación (...), si a ella no le alcanza para presentar una res menor, tome dos tórtolas o dos pichones, uno como holocausto  y otro como sacrificio por el pecado; y el sacerdote hará expiación por ella y quedará pura” (Lev 12,6.8).

         Jesús cambiaría el concepto de lo puro e impuro con relación a la ley de Moisés, sin dejar de matizar de qué forma todas las realidades humanas están afectadas por la condición de pecadora del hombre. Por esto, Jesús mismo como justo que cargó sobre sí con los pecados del mundo quiso someterse a la ley para librarnos de ella; porque, como se enseña san Pablo, aunque es santa y buena, la ley es origen del pecado, puesto que el hombre no puede cumplirla. Dice el Apóstol que la Ley fue dada “en razón de las transgresiones hasta que llegase la descendencia” (Gál 3,19), es decir, Jesucristo, que nos liberó de ella. San Pablo, aclara que Dios previó esta situación del hombre encerrado en su propio pecado, y si soportó que la humanidad viviera bajo la ley, lo hizo conforme a su designio de amor por nosotros: “a fin de que la promesa fuera otorgada a los creyentes por la fe en Jesucristo” (Gál 3,22). De este modo todos, judíos y gentiles, reciben por la fe el don de la promesa de la salvación.

         La purificación de la Virgen María hay que verla en este contexto religioso en que la sitúa el evangelio, que narra cómo la sagrada Familia sólo volvió a Nazaret, “cuando cumplieron todo lo que prescribía la Ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret” (Lc 2,39). Jesús es el Hijo enviado por el Padre al mundo para ser el Redentor del hombre, “nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos” (Gál 4,4-5). No es lo importante reparar en las reglas de pureza e impureza establecidas por la ley mosaica, lo importante es reparar en que tales reglas descubren la experiencia objetiva de lo pecaminoso en sí, del pecado como condición de la existencia humana, de la cual sólo la fe en Cristo puede liberar al hombre. No hay realizad humana que no necesite ser redimida, como no hay dimensión de la existencia que no requiera el rescate de la redención; como necesitan ser redimidas las facultades del hombre y rescatada su libertad. No hay libertad sin que el Hijo nos haga libres (cf. Jn 8,36).

         Como dice el autor de la carta a los Hebreos, la solidaridad de Cristo con nosotros exigía este sometimiento a Ley, para poder conducirnos a Dios: sólo haciéndose miembro de la familia humana podía redimirnos, porque, en efecto, “los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos” (Hb 2,14-15).

         Se comprende así el hallazgo de Pablo de Tarso, que él formula como «conocimiento de Cristo», por el cual Pablo está dispuesto a darlo todo, pues aquello que hasta conocer a Cristo entendía él que era ganancia,  lo juzga ahora una pérdida a causa de “la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas” (Fil 3,8). Pablo contrapone el conocimiento de Cristo por la fe al conocimiento de la Ley, contraponiendo de esta suerte los dos modos de existencia que dividen su vida en dos etapas contrapuestas: antes y después del conocimiento de Cristo. Por eso no duda en considerar cerrada la etapa de fervor por la Ley que marcó su juventud sin Cristo, para en adelante no apoyarse más en la Ley, sino en Cristo: “en la justicia que viene de de Dios, apoyada en la fe y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Fil 3,9-11).

         Esta y no otra es la razón de ser de la afirmación paulina: “para mí la vida es Cristo” (Fil 1,21): todo queda relativizado y todo se puede recobrar en Cristo. La vida religiosa es sacramento de esta existencia en Cristo, en la cual el mundo está crucificado para quien vive una vida de consagración a Dios en Cristo y el que esta vida vive está crucificado para el mundo Gál 6,14). La vida de consagración anticipa el futuro de la humanidad redimida en Cristo, pues “los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias” (Gál 5,24). Los religiosos están llamados a dar testimonio de  esta vida en modo singular, para que todos en la Iglesia lleguen así a “conocer el amor de Cristo, que excede todo conocimiento” (Ef 3,19). No podrán realizar una existencia consagrada si, como todos los bautizados no realizan ese permanente despojo de la carne de pecado para revestirse de Cristo.

         Una vida de entera y radical consagración exige un constante desprendimiento del mundo, de sus pasiones y concupiscencias, de sus querencias y ambiciones. Este es el estilo de vida que hace pobre a quien así se deja despojar por Dios para vivir en Cristo. Un despojo que es muerte  permanente a uno mismo para vivir para Dios entregando a los demás la vida. Vosotros, queridos religiosos y religiosas, personas de consagración de vida, así lo habéis querido hacer. Quiera el Señor purificarnos a todos del pecado y configurarnos con Cristo revistiéndonos de él. Que así nos lo obtenga de Cristo su Hijo la Virgen de la Purificación, Madre del Redentor, que hoy entrado en el templo de nuestra humanidad para redimirla.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 2 de febrero de 2009

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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