Lecturas: Jo 3,1-5.10
             Sal 24
             Hech 9,1-22
             Mc 1,14-20

          Queridos sacerdotes y fieles,
          Hermanos y hermanas en el Señor:

          Celebramos hoy la fiesta de la conversión de san Pablo en este Año Jubilar Paulino en el se cumplen los dos mil años del nacimiento del Apóstol de las gentes. Hemos querido celebrar esta solemne eucaristía en esta iglesia parroquial de san Pablo, en la Capital. Todos somos conscientes de cuánto debe la evangelización llevada a cabo por la Iglesia primitiva a la vocación misionera de san Pablo. Sus viajes apostólicos que le trajeron probablemente hasta la Hispania romana, en el confín del mundo conocido en la Antigüedad, dan idea de la vasta obra que el Apóstol llevó a cabo y que él mismo describe como llena de peligros en la segunda carta a los Corintios (11,24-28). Sus palabras son conmovedoras y dan testimonio de la pasión de amor por Cristo que alentó en su espíritu y le lanzó a la empresa del Evangelio.

         Pablo en cierto sentido fue reducido por Cristo como fue reducido Jonás cuando se resistía a evangelizar Nínive, pero la diferencia entre ambos es patente. Pablo fue atraído al Evangelio en aquel encuentro singular con Cristo, que le descubrió la imposibilidad de separar a Cristo de su Iglesia. No se resistió como Jonás a la misión de predicar, sino que más bien cambió su celo por la ley de Moisés por el celo por el evangelio de Cristo, fiándose por entero de Jesús. El poder de Dios redujo a Jonás a la obediencia, porque Jonás no creía en el cometido que Dios le encomendaba: ¿Cómo podría convertirse Nínive, símbolo de la ciudad pecadora? Mejor sería esquivar una misión imposible, pero al ser reducido por Dios a obediencia, Jonás comprobó la eficacia de la palabra divina. Pablo fue reducido a obediencia por Cristo, que le mostró cómo su obstinación en la imposición de la ley mosaica era contraria al designio salvador de Dios,  y cómo perseguir a los discípulos de Jesús, perseguir a la joven Iglesia naciente iba contra ese designio divino.  Jonás se resistía a creer en la eficacia de la palabra de Dios, y Pablo se resistía a aceptar que Jesús era la Palabra de Dios encarnada que dejaba sin vigencia la letra muerta de la ley.  El encuentro con Jesús cambió la vida de Saulo de Tarso para convertirse en “vaso de elección”, como Jesús le dijo a Ananías: “Ese hombre es un instrumento elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes, y a los israelitas” (Hech 9,15), añadiendo: “Yo le enseñaré lo que tiene que sufrir por mi nombre” (v.16).

         Pablo, en verdad, hubo de soportar contratiempos y persecuciones, oposición, acoso y muerte bajo la espada, pues Jesús había dicho: “Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros (...) El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15,20). Jonás no quería afrontar una misión que intuía difícil e incluso estéril y arriesgada. Pablo se abraza a la cruz de su Señor, para que Cristo manifieste en él qué es configuración con Cristo y vivir de él. Por eso dirá: “Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Esta vida en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál 2,19-20). En la carta a los Colosenses dará un hondo sentido sacrificial y redentor a sus propios sufrimientos, que une a los dolores de la pasión de Cristo para que dé fruto su obra evangelizadora, y declara: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo [con ellos] lo que falta a las tribulaciones de Cristo en mi carne, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).

         La conversión a Cristo lleva consigo la identificación con su persona y su destino. El cristianismo tiene a Cristo en el centro, es religión de su persona como revelación de Dios. Para el cristiano Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros, es el revelador del Padre, que se manifiesta en él, y por eso mismo aquél que es revelado como el Hijo de Dios, tal como se lo dice Jesús a Felipe: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9). Por eso podrá decir san Pablo que Cristo “es Imagen visible de Dios invisible” (Col 1,15), porque él quiso Dios manifestar su gloria, como dice el Apóstol es en Cristo donde Dios “ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo” (2 Cor 4,6).

         El evangelio nos coloca ante la llamada de Cristo a apremiante llamada de Cristo a la conversión a Dios, a la fe en la salvación que llega con el Reino de Dios que Jesús anuncia. Ya no hay más tiempo: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios” (Mc 1,15). Jesús no sólo anunciaba el reino de Dios y la necesidad de convertirse a él, su apremiante llamada se hallaba además motivada por la inminencia del juicio divino que el hombre tiene que afrontar. Jesús situaba a sus oyentes ante la intervención definitiva de Dios, que ya no podía demorarse, su irrupción afectaba de lleno la vida de cada ser humano. Con su muerte y resurrección, se le ha revelado al mundo que el juicio de Dios ha sido resuelto en la cruz de Jesús, en ella han sido crucificados nuestros pecados. Pablo expone cómo en la muerte de Cristo ha sido muerto el hombre viejo, gracias a que Jesús ha ocupado nuestro lugar de pecadores.

         San Pablo desarrollo la doctrina sobre el bautismo sobre la base de la conversión a Cristo, de la mística identificación con él en su muerte y resurrección. Por eso dice en la carta a los Romanos: “Fuimos sepultados con Cristo por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom 6,4). La conversión precede al bautismo, pero es un proceso de permanente actualidad en la vida de cada cristiano. No hay vida cristiana si no hay novedad de vida, vida “en Cristo”. Para san Pablo esta novedad de vida se expresa en la vida según el Espíritu, que es vida en Cristo: muerte permanente al pecado y resurrección a la nueva vida del Espíritu en la libertad de los hijos de Dios, liberados por Cristo de la esclavitud del pecado; libertad que no es pretexto de para el libertinaje, sino que “produce frutos de santidad, cuyo fin es la vida eterna” (Rom 6,22).

         Necesitamos renovar una y otra vez nuestra vida, para acomodarla a la voluntad de Dios siguiendo la inspiración y las mociones del Espíritu Santo. San Pablo lo advierte con claridad: no podemos dejarnos llevar por las tendencias de la carne, que conducen a la muerte; hemos de seguir las tendencias espirituales que dan como fruto la justicia y la paz. La conversión a Cristo transforma la vida, cambia el orden de los valores y modifica la conducta de los discípulos de Cristo. Renovados por el Espíritu del Resucitado, los cristianos han de dar al mundo el testimonio de la fe en la que han creído mediante la acreditación de una vida irreprochable.

         Con la Fiesta de la conversión de san Pablo concluye el Octavario de oración por la unidad de los cristianos. No dejemos de orar para que el Señor nos conceda la unidad visible de la Iglesia, que haga verdaderamente creíble el anuncio de Cristo a los hombres de nuestro tiempo. Hemos dado pasos importantes hacia esta unidad desde aquel día, hace ahora cincuenta años en que el Papa Juan XXIII anunció al mundo su decisión de convocar un concilio ecuménico. Su objetivo había de ser una profunda renovación de la vida de la Iglesia, que impulsara el movimiento ecuménico hacia la restauración plena de su unidad visible. Damos gracias a Dios por las bendiciones que nos vinieron con el concilio y pedimos por intercesión del beato Juan XXIII ayuda para superar las dificultades con que hoy tropieza la evangelización.

Coincide además con este domingo III del tiempo ordinario la Jornada de la infancia misionera. ¿Cómo no tener hoy presentes a los niños, que se ven sometidos a tanta violencia de ideas y conductas contrarias a Dios? Queremos tener presentes a los niños abortados, abandonados, explotados por el comercio sexual, entregados a trabajos impropios de su edad, carentes de la educación necesaria para su desarrollo personal; a tantos niños que, por su situación, están privados del conocimiento de Jesús Salvador del mundo. Miramos con amor hacia los niños de Asia, el continente más poblado de la tierra, de antiquísimas culturas entre las cuales el cristianismo se abre paso con grandes dificultades. Que san Pablo, el gran evangelizador de los pueblos gentiles nos ayude a la misión de atraer a los niños a Jesús, y que por su intercesión y la de los santos Apóstoles, podamos permanecer fieles a la fe que hemos recibido de la predicación evangélica.

Iglesia parroquial de San Pablo
Almería, 25 de enero de 2009

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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