Lecturas: Hb 6,8-10; 7,54-59
             Sal 30,3-8.17.21
             Mt 10,17-22

         Excmo. Cabildo Catedral, queridos hermanos sacerdotes;
         Ilustrímo Sr. Alcalde y Autoridades,
         Hermanos y hermanas:

          Nos congrega la tradicional fiesta del Pendón, aniversario de la entrega de la Ciudad de Almería a los reyes Católicos, para dar gracias a Dios por su recuperación para la cristiandad. El Reino de Granada fue el último territorio que los reinos cristianos de España reintegraron a la Europa cristiana. Aun cuando vivimos en tiempos nuevos, el pasado constituye la historia que nos da identidad y sin la cual tampoco sería posible la novedad de los tiempos presentes. El deseo de construir una sociedad en paz y libertad se hace realidad en la misma medida en que tenemos conciencia de nuestro origen. Hoy damos gracias a Dios por la recuperación de la Ciudad en un nuevo clima que quier ser de entendimiento y apertura a todos.

La sociedad de nuestros días es una sociedad globalizada, en la cual hemos de intentar, con tesón y voluntad clara de justicia y solidaridad, dar a cada uno según sus necesidades, y por eso con particular atención a los que más lo necesitan: los que han perdido a causa de la crisis económica que padecemos su puesto de trabajo, las familias en las que se hace difícil cubrir las necesidades básicas de sus miembros, los ancianos con pocos recursos y faltos de atenciones familiares, los extranjeros más desprotegidos y obligados por las circunstancias a abandonar nuestro suelo, y otras personas, como los indigentes, de difícil acomodo social.

Los cristianos hemos de dar testimonio constante del amor que Cristo ha venido a traer a la tierra, aportando al bien común cuanto nos sea posible mediante el ejercicio de la caridad y el compromiso permanente por la justicia social, pero al mismo tiempo aportando aquella visión de la vida y del orden social que dimana del evangelio de Cristo. En este sentido, hemos de estar dispuestos a afrontar las incomodidades que se siguen de proponer a la sociedad y de forma pública el evangelio como ideal de vida. ¿Cómo podríamos callar que Jesucristo es la Palabra definitiva de Dios hecha carne? ¿Cómo no dar a conocer que por medio de Jesús y en su persona tenemos acceso a Dios y hemos llegado a conocer su designio de misericordia y amor por los seres humanos?

En el mensaje de Navidad he repetido lo que vengo diciendo sobre la crisis de valores que padecemos, para recordar a todos que un orden moral justo no puede excluir a Dios, porque la inmensa mayoría de la humanidad, independientemente de la religión que profesa, ve en Dios el fundamento del orden moral. No es cuestión sólo de número, sino de recta razón y de justicia para con la inteligencia humana. No se pude imponer obligatoriamente una visión sin Dios, sencillamente porque esa inmensa mayoría de seres humanos discrepa de un ateísmo militante o de un agnosticismo beligerante y actúa con el convencimiento de que Dios ocupa un puesto relevante en su vida de cada uno. Esto tiene sus consecuencias en la vida social, donde los ciudadanos han que poder manifestarse como realmente son conforme a las convicciones y creencias que inspiran su vida y su historia, sin que la voluntad de los gobernantes pueda impedírselo mediante leyes injustas. No se trata sólo de hacer tolerable la religión porque forme parte de la cultura; esto es importante, pero insuficiente. La Declaración universal de los derechos humanos pide mucho más: pide el reconocimiento de la libertad de religión en toda su extensión, que no se reduce tampoco al solo ejercicio del culto. La libertad de religión es la más fundamental de las libertades, porque en ella las personas expresan su propia visión de la realidad que configura y determina su conducta privada y pública.

No se ha de imponer a nadie una religión determinada, pero nadie tiene autoridad sin caer en el totalitarismo y atentar contra las libertades ciudadanas a reprimir las manifestaciones religiosas de la sociedad, siempre pero sobre todo cuando esas manifestaciones responden al sentir de una amplia mayoría social.

 Nosotros, que mayoritariamente somos cristianos hemos de tener criterio claro en tan importante asunto, tal como he dicho en el mensaje de Navidad: “El fundamento religioso de los valores es la garantía de la consistencia del orden moral; del mismo modo que el fundamento religioso de los derechos humanos es la garantía de la inviolabilidad de los derechos fundamentales de la persona. Sólo la existencia de Dios puede dar consistencia moral a la vida humana en totalidad.” Sostenerlo así es parte fundamental de la aportación que los cristianos hacemos a la paz social. ¿Quién podrá ser libre en una sociedad en la que, en nombre de una supuesta neutralidad democrática, se reprimieran las manifestaciones  sociales que lleva consigo la práctica de la religión? Los derechos de las minorías son legítimos y han de protegerse siempre, pero esto es algo que no puede hacerse dejando sin amparo legal los derechos de las mayorías. Una ley de libertad religiosa que pretendiera igualar la legitimidad histórica y sociológica de todas las religiones, en una sociedad cuya historia está configurada por una religión concreta, no haría otra cosa que grave injusticia al cuerpo social en su conjunto. Si recuerdo estos principios, es con el mejor propósito de iluminar la conciencia moral de los católicos que tienen responsabilidades públicas y han de hacer valer un justo orden social, en el cual tienen prioridad los derechos fundamentales de la persona.

La vida propia nunca puede estar por encima de Dios, y si Dios no nos manda sacrificar la vida propia por los demás, sí inspira gestos de amor que pueden llevarnos a entregar la vida por el prójimo. Dios quiere que respetemos la vida como el principal de sus mandatos con relación al prójimo. Por eso hemos de hacer valer la defensa de la vida como el bien más preciado con que contamos. Dios quiere que defendamos sobre todo la vida de los más indefensos; que respetemos y amparemos la vida concebida y no nacida, y la vida en precaria situación de los enfermos y de los ancianos. Los católicos que están en la vida pública han de hacer cuanto esté en su mano para que estos derechos fundamentales sean respetados por el ordenamiento jurídico.

San Esteban es el primer mártir de Cristo y la Iglesia ha colocado su fiesta al día siguiente de la Navidad, dejando con ello patente que Jesús es signo de contradicción desde el pesebre hasta la cruz, y que seguir a Jesús es aceptar ser signo de contradicción entre los hombres. El protomártir san Esteban, uno de los Siete diáconos instituidos por los Apóstoles, no tuvo miedo a proclamar que Jesús es el camino verdadero, en el cual quedan superados otros caminos, incluido el camino de Moisés. Llamó a la conversión a Jesús y fue apedreado hasta la muerte, no por imponer a Jesús, sino por proclamar que sólo se nos ha dado el nombre de Jesús para ser salvos. Su mensaje irritó sobremanera a sus adversarios, que no sólo “no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba” (Hech 6,10), sino que en su impotencia, “oyendo sus palabras se recomían por dentro y rechinaban los dientes de rabia” (Hech 7,54). Su muerte le configuró plenamente con Cristo, muriendo con el perdón en los labios para sus enemigos: “Señor, no  les tengas en cuenta este pecado” (Hech 7,58).

El evangelio de san Mateo que hemos escuchado recoge aquellas palabras de Jesús con las que advierte los testigos del evangelio han de tener precaución: “No os fiéis de la gente: porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles” (Mt 10,17-18). Jesús une el riesgo de creer en él al testimonio que sus discípulos han de dar de él ante los hombres. A veces quisiéramos ser cristianos sin incomodidades de conciencia. El seguimiento de Jesús pasa, sin embargo, por estas incomodidades, que en los tiempos de turbulencia se trocan en persecución y riesgo de muerte. Pero Jesús nos dice: “Tened ánimo: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

      Que la contemplación de la debilidad del Niño Dios nos ayude a mirar con ojos de fe la vida de los débiles y desamparados. Adoremos el misterio de la palabra hecha carne y contemplemos la humanidad de Dios que se ha hecho uno con nosotros para llevarnos a todos al amor de Dios. Que la Virgen María y san José, a los cuales se une la intercesión de san Esteban protomártir, así nos lo alcancen.

Catedral de la Encarnación
26 de diciembre de 2008

+Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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