Homilía en el IV Domingo de Adviento
Dedicación de la nueva iglesia de Santa Ana y San Joaquín
del Puerto de Roquetas de Mar

Lecturas: Ne 8, 2-6.8-10
             Sal 18, 9-10.15
             Rom 16, 25-27
             Lc 1, 26-38

 

         Ilustrísimo Sr. Vicario;
                  Querido Sr. Cura párroco y hermanos sacerdotes;
                  Ilustrísimo Sr. Alcalde;
                  Respetadas Autoridades;
                  Queridos fieles laicos:

 Este es un día de gran gozo para la parroquia del Puerto de Roquetas; más aún, para toda la población de esta querida ciudad. El templo que hoy vamos a dedicar a Dios nuestro Señor ha constituido la gran ilusión no sólo de la comunidad parroquial durante años, sino también de toda la población. El Señor me ha concedido llevar adelante este gran empeño pastoral y, después de haber concluido la iglesia parroquial de San Juan Bautista, en el barrio de «Las Doscientas», consagramos hoy esta nueva iglesia parroquial.

Si, cuando fue creada, la parroquia fue puesta bajo la advocación titular de Santa Ana, siguiendo la tradición devocional del Puerto, ahora hemos querido añadir a la advocación de Santa Ana la de su esposo San Joaquín, y poner la parroquia bajo la protección de estos santos esposos, padres de la Inmaculada Virgen María. De este modo ofrecemos a las familias cristianas, en un tiempo de grave crisis social, el valor de la fidelidad de los esposos y de la vida familiar, invitando a todos a tener presente que la familia es lugar y ámbito donde se procrea la vida y se transmite por voluntad del Creador de unas generaciones a otras. En esta transmisión de la vida los nietos hacen abuelos a los padres de sus padres, fortaleciendo así la unidad familiar y ensanchando la comunidad de amor que es toda familia conforme al designio de Dios, que en el principio “a imagen de Dios los creó, varón y mujer los creó” (Gn 1,27). Esta sucesión degeneraciones, el arte cristiano la ha representado desde la Edad Media colocando sobre el regazo de santa Ana a la Virgen María y sobre el regazo de ésta al Niño Jesús.

Quiso Dios que su Hijo eterno al hacerse hombre por nosotros naciera en el seno de una familia constituida conforme a la ley de Moisés, cuyos miembros vivían en santidad siguiendo los mandamientos divinos y agradándole en todo. La tradición identifica con los nombres de Joaquín y Ana a los padres de la Virgen María y abuelos de Jesús. La fiesta de estos santos esposos se celebra el día de la muerte de santa Ana y es conocida esta celebración en el Oriente cristiano desde el siglo VI. La veneración de la santa madre de la Virgen pasaría a Occidente desde el siglo XIII traída por los cruzados. Después con la ordenación del culto a los santos, se uniría a la fiesta de santa Ana la celebración de su esposo san Joaquín en una misma fiesta. Al consagrar hoy esta iglesia a Dios nuestro Señor y ponerla bajo la advocación de ambos esposos, nos dirigimos llenos de agradecimiento a Dios con las palabras del prefacio de la fiesta de estos santos: “Nosotros te ensalzamos en la gozosa memoria / de san Joaquín y de santa Ana / adorando el amoroso designio con que tu misericordia / ejecutó la redención del género humano” (Prefacio MA II).

El IV Domingo de Adviento de este año de gracia quedará en la memoria de la comunidad parroquial, porque esta iglesia que hoy dedicamos es imagen y figura de la Iglesia y de la Jerusalén celestial que esperamos. Si en la Iglesia nacemos a una vida nueva por el bautismo, en la Iglesia esperamos ver consumada esta renovación de nuestra humanidad en el cielo. Esta humanidad nueva es simbolizada por la Jerusalén celestial, de la que habla el libro del Apocalipsis para referirse a esta humanidad redimida y salvada. Del significado religioso del templo habla la primera lectura del libro de Nehemías, que hemos escuchado. Este libro histórico nos cuenta cómo el retorno escalonado de los exiliados en Babilonia, al mando de Nehemías, da comienzo a la restauración nacional de Israel. No será restaurada solamente la muralla, sino el templo y el culto. Toda la obra de Nehemías, joven líder que gozó del favor del rey persa Artajerjes II y llevó a cabo la reconstrucción de Jerusalén, estuvo alentada por la lectura del libro de la Ley de Moisés, la palabra de Dios proclamada en la plaza pública en espera de la reconstrucción del templo. El libro de Nehemías pone así de relieve que, en la obra de reconstrucción de Israel, lo importante es la palabra de Dios, que ha de guiar la obra de restauración nacional. El olvido por el pueblo elegido de que el hombre vive de la palabra que sale de la boca de Dios fue el origen de su caída; la desgracia de Israel tuvo su causa en la desobediencia a los mandamientos de Dios, acarreando al pueblo elegido la ruina del cautiverio y del exilio.

También nosotros hemos de escuchar la palabra de Dios, si hemos de alcanzar la nueva Jerusalén del cielo. Jesús vino en nuestra carne para devolvernos a Dios y hacer de nosotros hijos adoptivos del Padre. Para esto quiso nacer de la Virgen María, modelo perfecto de acabada hermosura de obediencia a Dios, y de acogida humilde de su palabra salvadora. Lo hemos escuchado en la proclamación del evangelio de san Lucas en este IV domingo del Adviento: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).

Si queremos formar parte de este templo vivo de Dios que es el cuerpo místico de Cristo, del cual Jesús mismo es la Cabeza y nosotros sus miembros, hemos de acoger la palabra de Dios en nuestras vidas; hemos de hacer de la palabra de Dios la guía y el norte de nuestra existencia, acomodándonos a la voluntad de Dios, lejos de toda desobediencia a sus mandamientos. La palabra de Dios es salvación y vida del hombre redimido, y se proclama cada domingo en la celebración de la Eucaristía. ¿Cómo podemos llamarnos cristianos y no acoger la palabra de Dios como la acogió María? Para que las jóvenes generaciones vivan de la palabra de Dios, la familia tiene que vivir de ella, transmitirla e instruir en la fe a los hijos.

Vosotros, queridos fieles del Puerto, amáis a la santísima Virgen y debéis imitarla. Todos hemos de imitar la obediencia de la Virgen María y esperar, como ella espero, la llegada de Dios convertido para nosotros en Enmanuel, esto es, en Dios-con-nosotros. Fue en su vientre bendito donde el Hijo de Dios se hizo hombre para conducirnos a Dios. Si acogemos la palabra de Dios en nosotros, también Dios hará que fructifiquemos en frutos de vida, dando testimonio del evangelio ante los hombres, mediante una vida acorde con nuestra fe. De poco valen las devociones que no se hallan respaldadas por la coherencia de vida. San Pablo, en la carta a los Romanos, como también hemos escuchado hoy, nos dice que proclama a Jesucristo como salvación para los hombres de palabra y de obra; y lo hace, añade el Apóstol de las gentes, porque la obra que Dios le ha encomendado está en “atraer a todas las naciones a la obediencia de la fe” (Rom 16,26).

Cercana ya la fiesta de la Natividad del Señor, hemos recibido hoy este gran regalo de Dios que es nuestra nueva iglesia parroquial, un edificio para la proclamación de la palabra divina y la celebración de los sacramentos, particularmente de la Eucaristía, en la misa cotidiana y en las misas de cada domingo. El altar que ahora vamos a consagrar es la pieza central de este templo: altar para el sacrificio eucarístico y mesa del banquete celestial, donde el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos son ofrecidos como alimentos de vida eterna. Que sepáis apreciar el significado de este altar, al que habéis de asociar el ambón, donde se proclama la palabra de Dios; y la sede, donde el sacerdote preside la asamblea en nombre de Cristo. Al altar llegamos los cristianos entrando por la puerta del bautismo, que es el sacramento de la fe que nos regenera e integra en el cuerpo vivo del Señor que es su Iglesia. Por esto, al entrar en la iglesia os encontráis con la capilla del baptisterio, donde somos liberados del pecado. Porque somos pecadores y el Señor ha tenido misericordia, nos brinda el perdón cada vez que arrepentidos nos acercamos al sacramento de la penitencia en la capilla penitencial.

Quiera el Señor concederos vivir este acontecimiento de la consagración de la iglesia parroquial como experiencia singular de su amorosa misericordia en los signos de la fe. Podemos decir que la humanidad de Cristo se prolonga así en estos signos de gracia que alberga esta casa de Dios, que es también casa de la asamblea cristiana.

Que la Santísima Virgen y santa Ana y san Joaquín os concedan vivirlo así y dar de ello testimonio ante los hombres.

Roquetas de Mar, 21 de diciembre de 2008.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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