Homilía en la Epifanía del Señor
Ordenación de diáconos

Lecturas: Is 60,1-6
                Sal 71, 2.7-8.10-13
                Ef 3,2-3.5-6
                 Mt 2,1-12

         Queridos sacerdotes y seminaristas, religiosas y fieles laicos:

         La epifanía del Señor revela al mundo el misterio del nacimiento de Jesús en Belén de Judá. Es la manifestación del Mesías de Israel, hijo de David y Salvador de la humanidad. Dios nos ha revelado el misterio de Cristo, “manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, aparecido a los ángeles, proclamado a los gentiles, creído en el mundo, levantado a la gloria” (1 Tim 3,16) como un «misterio de piedad». En Cristo Jesús revelado a la humanidad como Salvador, Dios ha dado a conocer su misericordia entrañable descubriendo al mundo su voluntad universal de salvación, de suerte que “también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo” (Ef 3,6).

         En la persona de los Magos de Oriente que se presentaron en Jerusalén buscando al “Rey de los Judíos” (Mt 2,2) para prestarle adoración se hallaban representados todos los pueblos de la tierra, cumpliéndose así lo que habían predicho los profetas: “Tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar, y te traigan la riqueza de los pueblos (...) Vienen todos trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor”(Is 60,5.6). Palabras sobre el futuro de salvación que el profeta predice para los tiempos últimos, contemplando una peregrinación escatológica de pueblos y reyes al monte de Sión, cuando Dios decida realizar la salvación de Israel. Quienes hemos conocido la revelación definitiva de la salvación en Jesucristo sabemos que en él, en Cristo Jesús Dios ha revelado su misericordia y ha manifestado su irrevocable amor por el mundo perdido y alejado de él por el pecado. Por eso vemos en esta procesión escatológica el caminar de los pueblos hacia el conocimiento y la adoración de Cristo Señor y Salvador universal. Posiblemente el evangelista contempló en la adoración de los magos el símbolo y la representación de esta marcha de la humanidad al encuentro con Cristo.

         Jesucristo ha quebrado las barreras que separaban a los hombres: “Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro divisorio, la enemistad (...) para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo” (Ef 2,14.15b). Esta unidad de los pueblos se realiza por obra del único Salvador Jesucristo, al que vemos en la debilidad de nuestra carne para que, de esta manera, por designio de Dios, “hecho en todo semejante a nosotros menos en el pecado” (Hb 4,15), pudiera compadecerse de todas nuestras flaquezas, ya que ha sido probado en todo. Cómo no proclamar con el anciano Simeón con el corazón lleno de gozo espiritual: “Ahora, Señor, según tu palabra, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para anunciar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2,29-32).

         Nace en nuestra carne para probar nuestras flaquezas y, hecho semejante a nosotros, sufrir el dolor del mundo creado por el amor de Dios pero caído bajo el poder del pecado y alejado de Dios. Ya desde niño experimenta la crueldad del poder tiránico y sólo la huída de su humilde familia puede librarlo de la crueldad de Herodes, asesino de la infancia y símbolo de la dureza de corazón de una sociedad como la nuestra, que se ha vuelto insensible ante el misterio prodigioso de la procreación de la vida. El infanticidio de Herodes se prolonga hoy en la muerte prematura en el vientre de sus madres de los niños no nacidos y en el abandono de tantos miles de niños a su suerte, enfermos y desnutridos, privados de toda educación y entregados a una suerte incierta en la calle.

         Los Magos fueron avisados por el oráculo de la crueldad de aquel rey que veía en Jesús el rival de su poder, y volvieron a su tierra por otro camino. Burlaron de este modo a Herodes, después de haber adorado al Niño, al que ofrecieron, según la piadosa tradición de fe que interpreta el texto evangélico, oro como a rey, incienso como Dios y mirra como hombre. Aquellos sabios del Oriente, guiados por la providencia de Dios alcanzaron el significado divino del nacimiento del rey que había de heredar las naciones, como había dicho el Señor por el salmista: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. Pídemelo y te daré en herencia las naciones de la tierra” (Sal 2,7).

Absortos en el misterio de Belén, casa del pan, ciudad de David, padre de la dinastía de la que nació el rey de los judíos, los Magos sumaron su adoración a la de los pastores de la primera hora en la noche santa. Una estrella los condujo hasta la casa donde “vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron” (Mt 2,11a). Esta estrella, quizá símbolo de la estrella de Jacob, padre de las doce tribus, es la señal de la intervención divina en el camino de los pueblos hacia Cristo. Es la acción de Dios la que guía a los Magos hacia Jesús porque el designio de salvación divina es universal y Dios lo es de todos los hombres y de todos es creador y redentor.

Vosotros, queridos hijos, que hoy recibís el sacramento del diaconado en tránsito hacia el presbiterado, habéis sido conducidos hasta Jesús como los Magos, le habéis conocido y adorado, lo habéis amado y os habéis sentido llamados por él para conducir a los hombres a Dios. Al recibir hoy la consagración de aquel que por nosotros se hizo siervo, recordad que la diaconía es inseparable de la realeza de Cristo, que el amor es la más alta enseña del que “siendo rico por nosotros se hizo pobres para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8,9). Su humillación haciéndose siervo de los hombres fue el camino de su exaltación y gloria, como canta el himno transmitido por el Apóstol: haciéndose hombre por nosotros, Dios “lo exaltó y le otorgó el nombre sobre todo nombre” (Fil 2,9). Recordad que el servicio de la palabra de Dios y del altar del sacrificio eucarístico exige de vosotros la disposición al servicio del pueblo santo de Dios, la actitud y la forma de vida que os identifica con Cristo y os convierte en sacramento vivo de su entrega por nosotros.

Que la Virgen María, la sierva humilde del Señor, que acogió en su seno al Salvador, os guíe por el camino de la configuración personal con Cristo Siervo. En la escuela de María, como recordaba el Papa Juan Pablo II, aprendemos todos a entregarnos al servicio de Dios y de los hombres.

S.A. I. Catedral de la Encarnación
Almería, Epifanía del Señor de 2007

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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