Homilía en la Fiesta de la Presentación del Señor
Día de la Vida consagrada

 

Lecturas: Ma 3,1-4
             Sal 23,7-10
             Hb 2,14-18
              Lc 2,22-40

Queridos hermanos sacerdotes, religiosos y religiosas,
queridos fieles laicos:

Después de haber celebrado la epifanía y el bautismo del Señor, antes de entrar en la Cuaresma celebramos hoy la fiesta de la presentación, cuarenta días después del nacimiento del Redentor, para prolongar así en el tiempo aquella prescripción de la ley mosaica según la cual el recién nacido debía circuncidarse a los ocho días, mientras la madre debía permanecer “treinta y tres días más purificándose de su sangre” (Lv 12,4a). La prescripción del Levítico obligaba a la mujer después del parto, para que por el rito de purificación fuera devuelta a la integridad de la salud corporal y anímica. Este rito purificador le abría de nuevo las puertas del santuario, donde debía presentar la ofrenda del sacrificio.

Si el hijo era varón y primogénito, el rito de purificación iba acompañado del rescate, de acuerdo con la prescripción establecida en la ley mosaica, según la cual: “Rescatarás también todo primogénito de entre tus hijos” (Éx 13,13; cf. Núm 18,15). Esta prescripción del rescate se halla descrita en el Éxodo como evocación de la liberación de Egipto: “Y cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: «¿Qué significa esto?», le dirás: «Con mano fuerte nos sacó el Señor de Egipto, de la esclavitud»” (Éx 13,14). La legislación mosaica contemplaba la situación modesta de los oferentes de la víctima para el sacrificio, de suerte que el animal que había de ser sacrificado no fuera de costosa adquisición como una res menor. En su lugar se presentaban dos pichones o tórtolas, tal como acabamos de escuchar en el evangelio de san Lucas.

Este es el acontecimiento evocado en esta fiesta de la Presentación de Jesús en el templo. Con este misterio de la vida de Jesús, nacido de mujer bajo la ley (Gál 4,4), está unida la fiesta mariana de la purificación de la Virgen Madre. El itinerario de María es un itinerario de acompañamiento del Hijo desde el anuncio del nacimiento de Jesús a la cruz.

Esta fiesta ha tenido en la historia litúrgica y oracional tal eco mariano que la Virgen ha sido contemplada por los fieles con su Hijo en brazos entrando en el templo de Jerusalén como portadora de aquel que es la Luz del mundo, como declara, exultante de gozo por haber contemplado al Salvador, el anciano Simeón: “Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2,30-32). María es así contemplada, al tiempo que como madre de Dios (Theotókos), también como madre de la luz (“Phōstēra”) o portadora de la luz divina que nos ha llegado en su Hijo. Así la contempla la Iglesia, que ve en ella la figura de la Iglesia  descrita en el Apocalipsis: “vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap 12,1-2).

María es la figura de la Iglesia portadora de la Luz de Cristo al mundo: “Luz de lo alto que nos ha visitado para alumbrar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1,78-79). En María presentando a su Hijo en el templo se prefigura y anticipa el misterio de la Iglesia y su misión. Los cristianos están así llamados, como dice el Apóstol, a comportarse en medio de “como hijos de Dios sin tacha en medio de una generación incrédula y perversa [cf. Mt 17,17], en medio de la cual brilláis como estrellas en el mundo, manteniendo en alto la palabra de la vida” (Fil 2,15-16).

Este es el sentido de esta bella y simbólica celebración que hemos comenzado con una procesión de antorchas caminando tras la Sagrada Familia portadora de la Luz del mundo, que entra para alumbrar definitivamente el santuario. Desde entonces Dios ha realizado para siempre la purificación del santuario. El cuerpo y la humanidad de Jesús es el verdadero santuario, al cual se refería cuando fue preguntado por la autoridad con la que se atrevía a purificar el templo de piedra de Jerusalén, figura del templo de su propio cuerpo: “Destruid este santuario y en tres días lo levantaré” (Jn 2, 19). Jesús es el nuevo templo de Dios, donde “reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col 2,9; cf.1,19).

Podemos entender lo que significa entonces la visión de la ciudad celestial, humanidad nueva consumada que desciende de los cielos, contemplada  por el vidente del Apocalipsis: “No vi Santuario alguno en ella; porque el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero, es el Santuario. La ciudad ni necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero.” (Ap 21,22-23).

Queridos religiosos y religiosas, esta es la ciudad que habéis de prefigurar vosotros también en vuestra vida consagrada ante Dios y los hombres. María os precede y acompaña como anticipo de la ciudad nueva, que es invocada por la Iglesia como la aurora  luciente que precedió al Sol de Justicia, Cristo nuestro Redentor (Liturgia de las Horas: Laudes del común de la Virgen María). A la Virgen María, portadora de la Luz, Candelaria de nuestras vidas encomendamos nuestra confiada plegaria por todos los bautizados y hoy con especial afecto por cuantos viven una vida de consagración religiosa o laical.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 2 de febrero de 2008
Fiesta de la Presentación del Señor

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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