Homilía en la Misa crismal
Miércoles Santo, 19 de marzo de 2008

Lecturas: Is 61,1-3.6.8-9
               Sal 88, 21-22.25.27
               Ap 1,5-8
               Lc 4,16-21
             
Querido y venerado hermano señor Obispo emérito;
Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, religiosas y seminaristas,
Queridos fieles laicos, hermanos y hermanas en el Señor:

Nos reunimos en torno a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía en esta Misa crismal, de la que saldrán los santos óleos y el santo Crisma de la salvación. Con los óleos ungimos a los catecúmenos y a los enfermos, para que por la acción del Señor en ellos sean fortalecidos en la fe y en la enfermedad. Con el Crisma son consagrados los fieles y ungidos los obispos y presbíteros para el ejercicio del sacerdocio, y también las cosas santas como las iglesias y los altares. Esta misa expresa el misterio de la Iglesia como sacramento universal de salvación (LG, n. 48b). En la santa Iglesia Cristo, que elevado sobre la tierra atrajo a sí a todos los hombres (cf. Jn 2.32), derrama el Espíritu Santo sobre los fieles congregados para que a todos alcance la justificación y la santificación. Cristo actúa, en verdad, en la Iglesia por medio del Espíritu Santo, y se sirve de los signos exteriores que son los sacramentos, que contienen en sí aquello que significan. En los sacramentos de la iniciación cristiana, Cristo atrae a sí a los fieles configurándolos con su muerte y resurrección. Mediante la unción fortalece a los catecúmenos y a los enfermos, y consagra a los bautizados con el Crisma de la salvación. Los sacramentos de la iniciación cristiana incorporan a Cristo a los creyentes mediante su agregación a la Iglesia. Esta incorporación a Cristo se realiza en estos sacramentos por medio de la donación del Espíritu Santo, con el cual fue ungido Cristo por el Padre, tal como profetizara Isaías, cuyas palabras alcanzaron cumplimiento en Cristo, como nos informa el evangelio de san Lucas. De esta suerte, los discípulos de Cristo vienen a ser partícipes de la unción del Espíritu que el Padre derramó sobre Jesús en el bautismo, después de haber sido concebido por obra del Espíritu Santo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1286).

Los profetas habían anunciado que “esta plenitud del Espíritu no debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada a todo el pueblo mesiánico (Ez 36,25ss; Jl 3,1-2)” (CCE, n. 1287). Mediante la participación sacramental en el Espíritu de Jesús, al ser incorporados a Cristo, los fieles son también hechos partícipes de su sacerdocio, porque al pueblo al cual son agregados por esta unción es un pueblo profético y sacerdotal. Este sacerdocio lo ejercen los bautizados mediante la participación en el sacrificio eucarístico, fuente y cima de toda la vida cristiana, pues por ella “ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos con ella” (LG, n. 11). Según el Vaticano II, es así como  los bautizados son incorporados al culto cristiano.

El Vaticano II enseña que los fieles, además de participar del sacerdocio de Cristo, participan de su misión profética. Por eso, refiriéndose a la crismación, dice el Concilio: “El sacramento de la confirmación los une más íntimamente a la Iglesia y los enriquece con una fuerza especial del Espíritu Santo. De esta manera se comprometen mucho más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y sus obras” (LG, n.11). Se añade de este modo a la condición sacerdotal de los bautizados el alcance profético de su misión como testigos de Cristo ante el mundo, que ha de ser evangelizado con la palabra y la acción testimonial de los cristianos.

Hemos de tener presente, queridos sacerdotes, que esta incorporación a Cristo y a la Iglesia como pueblo sacerdotal de los fieles cristianos sucede por medio de nuestro ministerio, el ministerio que cada obispo recibe por la imposición de manos de al menos tres obispos consagrantes, a la que se agrega la unción de la cabeza con el santo Crisma, tal como establecieron los concilios de la Iglesia antigua. Los presbíteros, a su vez, reciben con la imposición de las manos del Obispo, la unción de sus propias manos con el mismo Crisma que hoy vamos a consagrar, para que durante todo el año constituya el signo sacramental de la donación del Espíritu Santo en orden a la incorporación a Cristo mediante la agregación a la Iglesia.  Al recibir la plenitud del ministerio sacerdotal, los Obispos, a cuyo lado están los presbíteros, hacen presente a Cristo como sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza. Cristo actúa por medio de sus ministros, a los que ha llamado a sí mediante elección y singular consagración, para que todo el pueblo de Dios venga a ejercer el sacerdocio del Nuevo Testamento que el mismo Cristo ha inaugurado en el misterio pascual.

El Santo Padre Benedicto XVI ha querido recordar en la exhortación Sacramentum caritatis, hace ahora un año, la doctrina de la Iglesia sobre la naturaleza del ministerio sacerdotal, que actúa en la persona de Cristo cabeza; y a este propósito, observa: “Es necesario, por tanto, que los sacerdotes sean conscientes de que nunca deben ponerse ellos mismos o  sus opiniones en el primer plano de sus ministerio, sino a Jesucristo. Todo intento de ponerse a sí mismos como protagonistas de la acción litúrgica contradice la identidad sacerdotal. Antes que nada, el sacerdote es servidor y tiene que esforzarse continuamente en ser signo que, como dócil instrumento en sus manos, se refiere a Cristo. Esto se expresa particularmente en la humildad, obedeciendo y correspondiendo con el corazón y la mente al rito, evitando todo lo que pueda dar la sensación de un protagonismo inoportuno” (SCa, n. 23). Para concluir, en el mismo lugar citado, recomendando al clero “profundizar siempre en la conciencia  del propio ministerio eucarístico como un humilde servicio a Cristo y a su Iglesia”.

Es necesario que los sacerdotes sirvan al ministerio sacerdotal que han recibido mediante una plena identificación con Cristo pastor humilde y abnegado. Es preciso que, imbuidos de aquel espíritu sacerdotal que inspira y alimenta en ellos la entrega generosa de la vida a la misión de Cristo sacerdote y pastor de su grey, sean capaces de afrontar el reto de una mentalidad laicista y descreída como la que se extiende en nuestra sociedad ahogando la espiritualidad de la entrega oblativa al servicio del hombre, necesitado de salvación, por estar necesitado del amor de Dios.

Por esto, queridos hermanos sacerdotes, os exhorto a hacer hoy vuestra de nuevo la misión sacerdotal de Cristo identificándoos con él plenamente, para lo cual es preciso renovar con fe viva y corazón abierto la disposición a recibir y secundar las mociones de la gracia sacerdotal, con la que fuisteis enriquecidos el día de vuestra ordenación sacerdotal. Os exhorto a ser fieles a las promesas sacerdotales que con tanta ilusión hicisteis entonces vuestras; y hoy, además, os pido que incluyáis en ellas el compromiso de trabajar por las vocaciones sacerdotales, para que algunos jóvenes de nuestras comunidades, como vosotros un día, puedan de ser incorporados al ministerio ordenado.

Tened en cuenta que, a pesar de la falta de suficientes vocaciones al sacerdocio, el Papa exhorta a los obispos a realizar el discernimiento vocacional adecuado, no sacrificando a esta necesidad “los requisitos necesarios para el servicio sacerdotal”. La maduración de la vocación requiere que los candidatos al ministerio sacerdotal sigan el camino de configuración con Cristo que hará de ellos sacramento vivo de su presencia en la Iglesia y en el mundo; y observa con particular atención cómo no es posible contentarse con medidas meramente pragmáticas, que sustraigan a los candidatos a una formación adecuada. Ni los sacerdotes ni los diáconos pueden soslayar esta necesidad. Por eso, refiriéndose a la necesidad de contar con un clero bien formado, agrega el Papa: “Un clero no suficientemente formado, admitido a la ordenación sin el debido discernimiento, difícilmente podrá ofrecer un testimonio adecuado para suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo” (SCa, n. 25).

Para conseguir el clero que necesita la Iglesia se ha de contar con la contribución y el empeño de toda la comunidad cristiana y, tal como venimos insistiendo y con palabras del Papa, se ha de poner en práctica  “la acción de sensibilización de las familias, a menudo indiferentes si no contrarias incluso a la hipótesis de la vocación sacerdotal. Que se abran con generosidad al don de la vida y eduquen a los hijos a ser disponibles ante la voluntad de Dios” (ibid.).

Estas reflexiones, justo hoy día 19 de marzo, cuando otros años celebrábamos la fiesta de san José, bajo cuyo patrocinio la Iglesia ha puesto las vocaciones sacerdotales, quieren estimular el compromiso de todos con las vocaciones, pero muy en particular de los sacerdotes. Vuestra contribución específica y propia, queridos sacerdotes, es de singular valor para el logro de este objetivo, vital para la vida de la Iglesia y la salvación del mundo.

Confiamos a la intercesión de la Santísima Virgen y de su esposo San José las vocaciones al ministerio ordenado, también al diaconado, para que por su entrega generosa a hacer presente a Cristo en la comunidad cristiana y el desempeño del ministerio pastoral para la santificación del pueblo de Dios, la Iglesia sea percibida por los hombres de nuestro tiempo como el sacramento de salvación que Dios ofrece al mundo.

Miércoles Santo, 19 de marzo de 2007
Catedral de la Encarnación de Almería

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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