Homilía en la Conmemoración de la Muerte del Señor del Viernes Santo

Lecturas: Is 52,13-53,12
                Salm 30, 2.6.12-13.15-17.25
                Hb 4,14-16; 5,7-9
                Jn 18,1-19,42
            

Queridos hermanos sacerdotes, religiosas y seminaristas,
Queridos fieles laicos, hermanos y hermanas en el Señor:

         El Hijo de Dios, que se hizo hombre por nosotros y por nuestra salvación, pende entre el cielo y la tierra, y así suspendido y con los brazos abiertos como para abrazar al mundo que el Padre el ha dado como herencia, reina sobre el madero. Jesús es contemplado por el evangelista como el cordero pascual sacrificado, al que el mandato ritual no permitía quebrantarle hueso alguno (Éx 12,46), ha muerto en la cruz y, como los soldados que lo custodiaban lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas como hacían con los condenados, a fin de que la muerte se produjera rápidamente por asfixia, al quedar el cuerpo de los crucificados pendiendo de los brazos sin apoyo alguno para los pies. Dice el evangelista: “Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua” (Jn 19,33-34).

         Jesús ha abierto su corazón a la humanidad pecadora para que en él encuentre el cobijo divino que perdió cuando fueron expulsados del Paraíso nuestros primeros padres. La humanidad puede ahora volver a la casa paterna, a la que se llega a través del corazón traspasado del Redentor. La cruz de Jesús ha sido contemplada por los padres de la antigua Iglesia como la barca que permitió a Cristo cruzar el abismo que separa la región de los muertos. Cristo desciende a ella para tomar de la mano a Adán y Eva y devolverlos a la vida feliz que espera a los redimidos por su sangre. La humanidad primigenia representada en Adán y con ella, las generaciones todas que descienden de esa primera humanidad han alcanzado por la muerte de Cristo en la cruz la redención. El hombre ha sido salvado por el amor redentor del Padre de las misericordias, que en su Hijo entregado a la muerte por nosotros nos ha manifestado el alcance de su amor devolviéndonos la vida.

         La cruz, instrumento del más atroz e ignominioso de los suplicios, se ha convertido en medio de salvación. Jesús ha sido torturado hasta la muerte: brutalmente azotado y coronado de espinas, ha llevado el madero hasta el montículo de la Calavera, fuera de las murallas de la ciudad santa, y allí ha sido crucificado. La agonía le ha sobrevenido más temprano que de costumbre y, ya exánime, ha pronunciado sus últimas palabras, en las que recapitula una historia de sufrimiento y de amor: “Todo está cumplido” (Jn 19,30).

         Se ha cumplido en su vida y en su muerte el designio de Dios, como él mismo dijo a Pilato: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo” (Jn 18,37). Vino para dar testimonio de la verdad y manifestarnos así la verdad de Dios y la verdad del hombre: que Dios es Padre y es amor y que, por eso, el hombre no puede vivir sin Dios; y que él mismo, Cristo Jesús, nos ha devuelto a Dios con su muerte y resurrección.

         El hombre de nuestra sociedad de bienestar es un hombre que cada vez se aleja más de Dios, pero Dios no deja de estar cerca del hombre. En Cristo crucificado Dios se ha acercado al hombre para hacer suyos los sufrimientos humanos y la muerte de los que somos pecadores. Parte de la carga de la cruz que hubo de soportar el Señor es esta ignorancia culpable de tantos seres humanos que, habiendo conocido a Cristo, viven como si nunca hubieran oído hablar de él: no dan cabida en su vida a la revelación del amor de Dios en la muerte de Jesús y la hacen aparentemente sin sentido. Jesús exculpó a quienes le crucificaban y pidió para ellos el perdón de su Padre, y sigue pidiendo para nosotros nuestro perdón: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

         Este perdón es eficaz y definitivo. Dios nos ha perdonado y nada humano es ajeno a Dios, porque Dios nos creó en Cristo y en él nos ha redimido. Cristo es el molde de la humanidad, el modelo que Dios quiso para nuestra humanidad, pero que Adán frustró a causa del pecado. Ahora restablecida la dignidad del hombre por Jesucristo, en él tenemos el modelo de la nueva humanidad.

La humanidad tiene en Jesús el modelo y el paradigma de todo lo verdaderamente humano, y Dios le ha entregado a Cristo su reino, a fin de que todo le sea sometido. El evangelista muestra a Jesús crucificado como polo y centro de atracción de cuanto existe, tal como él mismo había profetizado de su muerte en la cruz: “Cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos a mí”. Dios nos ofrece la renovación de la humanidad en Cristo crucificado porque en él Dios nos muestra el amor verdadero realizado y cumplido. San Pablo dice que la exaltación de Jesús es resultado de su humillación: “[Cristo] se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó ...” (Fil 2,8-9). El evangelio de san Juan nos presenta a Pilato ignorante del significado verdadero de sus palabras, cuando dijo a la multitud que pedía la crucifixión de Jesús: “Aquí tenéis a vuestro Rey” (Jn 19,14). Es lo que hizo escribir sobre la cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos” (19,19). Pilato ignoraba que elevado sobre la tierra, Jesús atraía a sí todas las cosas, y que, en el patíbulo de la cruz, Jesús comenzaba su reinado universal, cumpliéndose la profecía de Zacarías: “Mirarán al que atravesaron” (Za 12,10; Jn 19,37).

Dice san Pablo que “Dios lo exhibió [a Cristo crucificado]  como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, habiendo pasado por alto los pecados cometidos anteriormente” (Rom 1,25). Con ello el Apóstol anuncia que Dios ha cancelado nuestras deudas y que, por la fe en Jesucristo, hemos sido absueltos de todo pecado. La cruz ha comenzado a dar frutos de redención y el cielo ha sido abierto. ¿Cómo no contemplar al Crucificado como verdadero rey de la nueva humanidad? ¿Cómo no ver en la cruz el trono glorioso de la propiciación? Porque Jesús reina desde el madero de la cruz, la carta a los Hebreos puede exhortarnos a acudir a ese trono de gracia y de misericordia que es la cruz, donde el nuevo y verdadero sumo sacerdote ha ofrecido la víctima de su propia inmolación para recuperarnos de nuestra condición perdida. Se nos invita a acudir a esta fuente de gracia y a este trono de misericordia con palabras que alientan y fortalecen: “Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para ser socorridos en tiempo oportuno” (Hb 4,16).

Tenemos confianza plena para acudir a este trono de gracia, porque Cristo, una vez ha entrado ya en los cielos, su sangre, ofrecida de una vez para siempre, nos ha reconciliado con Dios y él ahora, como sumo sacerdote intercede siempre por nosotros. Nada de lo nuestro le es ajeno y por él Dios acoge todas nuestras urgencias y necesidades, sufrimientos y temores, angustias y desesperanzas, conflictos y dificultades, con tal que queramos dejarnos amar por Dios. No rechacemos la divina misericordia y dejémonos guiar hasta el Padre, entrando a él a través de la puerta abierta por la lanza del soldado en el costado de Cristo. Esta llaga preciosa del Señor y las aberturas de sus manos y sus pies son entrada franca por donde llegaremos seguros al Padre que nos amado.

"Tu cruz adoramos, Señor,
y tu santa resurrección alabamos y glorificamos;
por el madero ha venido la alegría al mundo entero.”

Catedral de la Encarnación
Almería, a 21 de marzo de 2008
Vienes Santo

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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