Homilía en la Fiesta de San Juan de Ávila

Lecturas: 1 Cor 9,16-19.22-23
                Sal 15
                Mc 1,14-20

 

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos
Queridos seminaristas:

            La fiesta de san Juan de Ávila es una ocasión propicia para dar gracias a Dios por el don del sacerdocio y del ministerio pastoral en al Iglesia. El modelo que tenemos en el santo Maestro Ávila nos invita a seguir por el camino de la configuración con Cristo que él abrió, tomando por modelo a los Apóstoles y, particularmente a san Pablo, al que tanto imitó en su vida al preocuparse de todas las Iglesias del sur de España. Los Apóstoles de Cristo y los santos pastores que los han seguido son, en efecto, modelo de seguimiento del Señor hasta la entrega de la vida por él.

            Permitidme, queridos sacerdotes, que insista en la necesidad de recobrar el fervor primero que, en algunos momentos de nuestra vida, puede experimentar merma y altibajos a causa de nuestra debilidad, tras el ejercicio de algunos años de ministerio, o tal vez después de haber dedicado a él gran parte de la vida. Una necesidad que ni siquiera desaparece cuando se le ha dedicado al ministerio la vida entera, ya que hasta el último momento el sacerdote está llamado a ser siempre causa de salvación para los demás. No porque él, como muy bien sabéis, pueda por sí mismo salvar a nadie, sino porque es Cristo quien por medio del sacerdocio que nos ha entregado no deja de recuperar de la perdición a muchos hermanos, de sostener a otros y de auxiliar a todos con miras a la salvación. Por medio del sacerdocio ministerial es Cristo quien confirma en la fe a los hombres, nuestros hermanos, y los estimula espiritualmente para mantenerse fieles a Cristo, y afrontar con coraje el testimonio del Evangelio ante los hombres.

            El sacerdote se identifica con Cristo, sacerdote, profeta y pastor en forma tal que, por su medio todo el pueblo de Dios que le ha sido confiado vive sacerdotalmente, da testimonio profético de Cristo y alcanza aquella libertad, fruto de la gracia, que le rescata de las esclavitudes de este mundo. El sacerdote es, en efecto, aquel que el Señor ha llamado para hablar en nombre de Cristo y ejercer el magisterio que sólo a Cristo ha entregado el Padre: nadie es, en verdad, maestro, “porque uno sólo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8). El sacerdote no ejerce un magisterio propio, sino que su magisterio es presencia y prolongación en el tiempo del único magisterio de Cristo. Los fieles esperan su orientación y su consejo, necesitan de la guía espiritual del sacerdote, llamado a ejercer de pastor que conduce el rebaño de Cristo hacia las verdes praderas de su reino.

            Me habéis oído en ocasiones que no basta acompañar ni siquiera seguir el proceso de maduración humana y espiritual de quien se tiene al propio cuidado. La cura pastoral no es meramente acompañamiento y estar al lado de alguien, porque no es ejercicio de mera solidaridad. Es preciso orientar y guiar a los demás, algo que el sacerdote no podrá hacer, si él no conoce, por propia y honda experiencia espiritual, siempre experiencia de gracia, a aquel que le ha llamado y a quien él representa para los demás; a aquel cuyo ministerio sacerdotal y pastoral ejerce y prolonga en la Iglesia. La guía pastoral de los bautizados no es yugo pesado jamás, porque si lo fuera Jesús no nos habría introducido en círculo de sus amigos. No se trata de controlar la libertad de quienes son hermanos, sino de ayudarles a liberarla, porque la libertad interior del hombre es experiencia de liberación divina, que sólo puede venir de la gracia de Dios. Todo dominio obsesivo sobre la conciencia del prójimo no viene de Dios ni es ministerio de Cristo. La dejación de la guía de las almas y el abandono del ministerio de la enseñanza de la fe es un signo inequívoco del estado de debilitamiento y confusión, de la falta de convicción y de la pérdida de identificación con el propio ministerio sacerdotal.

También los diáconos en su propio grado, en su condición de predicadores del Evangelio y catequistas de la comunidad, han sido llamados por Cristo a colaborar con el magisterio del Obispo y de los sacerdotes en la guía espiritual de la comunidad cristiana. La santificación de los ministros ordenados es el fruto granado del ejercicio del ministerio que desempeñan. No es necesario que el sacerdote diocesano busque fuentes de santificación al margen de su ministerio y, si es que sigue alguna escuela de espiritualidad, deberá procurar hacer de ella un apoyo para su mejor y más honda identificación con su propio ministerio; de lo contrario, abandonaría la propia fuente de santificación a causa de otros compromisos espirituales, que le alejarían la vía ordinaria de la santidad que Dios ha querido para él. El sacerdote diocesano se santifica ejerciendo su ministerio y alimenta la espiritualidad que lo nutre de la condición humano divina de las acciones sacerdotales, pero muy particularmente del estudio y meditación de la Palabra divina que proclama y que explana para el pueblo fiel, y de la celebración de la Eucaristía, cumbre del ministerio sacerdotal y fuente de donde dimana la caridad pastoral que va configurando la vida del sacerdote con Cristo buen Pastor. Hemos de recordar la enseñanza de la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis una vez más: “La misión no es un elemento extrínseco o yuxtapuesto a la consagración, sino que constituye su finalidad intrínseca y vital: la consagración es para la misión. De esta manera, no sólo la consagración, sino también la misión está bajo el signo del Espíritu, bajo el influjo santificador” (n. 24). A lo que la Exhortación añade: “La conciencia de ser ministro de Jesucristo Cabeza y Pastor lleva consigo también la conciencia agradecida y gozosa de una gracia singular recibida de Jesucristo: la gracia de haber sido escogido gratuitamente por el Señor como «instrumento vivo» de la obra de la salvación. Esta elección demuestra el amor de Jesucristo al sacerdote. Precisamente este amor, más que cualquier otro, exige correspondencia” (n.25). Con razón la Exhortación evoca en este lugar las palabras de Jesús a Pedro: “Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?”, indicando que a la respuesta de Pedro sigue la misión “Apacienta mis corderos” y “Apaciente mis ovejas” (Jn 21,15.16). Este amor de predilección de Jesús por los sacerdotes, que hace de ellos pescadores de hombres (cf. Mc 1,17), debe ser correspondido, como Jesús pedía de Pedro.

 La santidad del sacerdote brota de las acciones sacerdotales: del anuncio de la palabra divina y de la celebración de los divinos misterios. Cualesquiera medios que hayan de contribuir a  la vida sacerdotal serán meros auxilios que contribuyan a situar al sacerdote en el ejercicio de su ministerio, que nunca han de apartar de la comunión fraterna del colegio presbiteral, donde cada sacerdote es llamado a compartir la misión para la que ha sido llamado. La misión que urge el corazón sacerdotal y se nutre de la misma palabra que anuncia. La misión que ha de configurar en modo tal la vida del sacerdote que le hace sentir como acicate la expresión de san Pablo: “¡Ay de mi si no anuncio el Evangelio!” (1 Cor 16). Pero para ser fiel a esta misión de anunciar el Evangelio es preciso alimentarse de él, ahondar en el estadio reposado de aquellos textos que se han de explanar ante los fieles, abriendo su mente al sentido de la Escritura y sometiendo la vida a la luz que de ella dimana.

            La Eucaristía es la gran experiencia cotidiana de la entrega sacerdotal de Cristo para salvación del mundo y la identificación con Cristo, que se entrega al designio de Dios por amor al Padre y a los hombres. Esta entrega de Jesús es el paradigma de toda entrega sacerdotal, modelo supremo de quien está llamado a hacerse “débil con los débiles, para ganar a los débiles (...) todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos” (1 Cor 9,22); a lo que añade el Apóstol: “Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes” (v. 23). La oración mental y la recitativa, ambas, nutren la vida del presbítero y del diácono que en nombre de la Iglesia y unido a Cristo el intercesor y liturgo definitivo intercede por el pueblo de Dios y por la salvación del mundo. La recitación reposada de la liturgia de las Horas, la contemplación del Sacramento del Altar y el dejarse estar con Cristo ante la Reserva eucarística donde su presencia se prolonga en el tiempo como sacramento permanente del amor incondicional, no sólo nutren la vida personal de quienes ejercen el ministerio pastoral, sino también la de toda la comunidad de los fieles, que descansa en la vela permanente de sus pastores ante el trono de Dios, que es el trono permanente de la gracia de Cristo, al que nos invita Dios mismos a acercarnos, cuando dice: “Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar la gracia de un auxilio oportuno” (Hb 4,16).

            Es difícil entender que un sacerdote tenga que descansar de la Eucaristía. Cuando esto sucede es que su ministerio sacerdotal no está bien orientado, porque, ciertamente, si toda la existencia cristiana es eucarística, por su propia naturaleza lo es  la existencia sacerdotal En el corazón del sacerdote han de resonar aquellas palabras de su ordenación: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor” (Pontifical Romano: Rito de ordenación del Obispo, de los presbíteros y de los diáconos, n. 150; cf. Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis, n. 80).

Si el presbítero ha en encontrar en la Eucaristía el misterio sacramental de la entrega sacrificial de Cristo clave del ministerio pastoral y fundamento de la caridad pastoral, el diácono ha de ver en ella el servicio diaconal por excelencia de Cristo al mundo, el Señor se hace servidor de las mesas y en ellas es su cuerpo y su sangre el manjar que distribuye a sus hermanos. En la Eucaristía es Jesucristo, Sacerdote y Diácono del Padre, quien atrae a sí y configura con su entrega a los ministros del Nuevo testamento para la vida del mundo.

            El santo Maestro Ávila es ejemplo fehaciente de esta configuración con Cristo, en la cual nutria su amor por las almas, razón de sus prolongadas vigilias de oración y de su incansable apostolado. Nada que esté en sus manos para el bien de sus comunidades pueden dejar de hacer aquellos a quienes se ha confiado el ministerio pastoral y son los pastores inmediatos de sus hermanos. En situaciones como la nuestra, cuando Dios nos va bendiciendo con nuevas vocaciones y, sin embargo, faltan operarios en al mies del Señor, hemos de hacer todo cuanto esté a nuestro alcance para que a ninguna de las comunidades les falte la palabra y la Eucaristía, el perdón y la instrucción catequística, el consuelo en al enfermedad y siempre el consejo y la orientación espiritual. Es preciso que sean atendidas todas las comunidades de los fieles y que a ninguno falte la presencia de sus pastores.

            Los ministros del Señor están reclamados por mil urgencias, pero tarea suya es también, discernir entre ellas, nunca abandonar. El cansancio sólo lo supera el orden en el ejercicio del ministerio y la paz del corazón de quien sabe que el suyo reposa en el Corazón de Cristo. Sólo aquel que sabe quién es el Cristo de Dios, aquel que confiesa su divino misterio como hizo Pedro en Cesarea de Filipo, aquel que reconoce en él al verdadero Hijo de Dios, es quien puede darlo a conocer a los hombres.

            Quiera el Señor atraernos a sí y configurarnos con él de tal manera que por su amor todo pierda peso e interés a pesar del reclamo de tantas cosas que distraen y apartan de él. Que nos ayude san Juan de Ávila, nuestro patrono, apóstol lleno de ardor y de mística experiencia de Cristo, maestro y guía espiritual de santos, para que lleguemos a ser verdaderos pastores según el Corazón del Señor. Que la próxima fiesta del Corazón de Jesús, Jornada mundial por al santificación de los sacerdotes, contribuya a rehacer nuestra vocación sacerdotal y podamos decir con los discípulos de Emaús si nuestro corazón no nos arde por dentro cuando nos hablaba y nos invita a la fracción pan de la cual que partimos para alimentar a sus discípulos (cf. Lc 24,32).

            Que la santísima Virgen María, mujer eucarística, nos ayude a lograrlo en el gozo de haber sido llamados a estar con su divino Hijo para servirle en nuestros hermanos.

Almería, 10 de mayo de 2008
Fiesta de San Juan de Ávila

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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