Homilía en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Lecturas: Dt 8,2-3.14-16
                    Sal 147
                    1 Cor 10.16-17
                     Ev 6,51-52

Queridos hermanos sacerdotes,
Excelentísimas e ilustrísimas Autoridades,
Religiosas y seminaristas, queridos fieles laicos:

         La Eucaristía es el gran misterio de nuestra fe. En el sacramento del Altar la Iglesia hace memoria de nuestra redención y, por la acción del Espíritu Santo, Cristo resucitado y glorioso hace presente su sacrificio por nosotros, asociando a él la ofrenda de nuestra vida a Dios. La Eucaristía es, en efecto, memoria y presencia del sacrificio de la cruz que nos une mística y sacramentalmente a la oblación de Cristo; y es participación en el Cuerpo y la Sangre de nuestro Redentor como sacrificio de comunión. La Eucaristía es por esta razón banquete de vida eterna; en ella se nos da la prenda del banquete escatológico, en cual esperamos participar por los méritos de Cristo. Este banquete celestial consistirá en la participación de la vida divina y la visión permanente y feliz de Dios.

         Cada vez que participamos de la mesa eucarística anunciamos la muerte del Señor, en la esperanza de su retorno para consumar la vida humana y el mundo creado por Dios. La Eucaristía es todo esto, porque el sacramento del Altar es un signo de liberación que contiene aquello mismo que significa. Contiene, en verdad, la acción salvadora de Cristo, que nos ha liberado de la muerte eterna mediante su pasión y muerte. Esta liberación fue prefigurada en la pascua que arrancó al pueblo elegido de la esclavitud de Egipto, y cuya institución como acontecimiento de salvación nos transmite leemos en los libros del Pentateuco (Ex 12,1-13; Lv 23,5-8; Núm 16,1-8; Dt 6,1-8).  El banquete ritual y simbólico de la pascua de los israelitas nuestros padres anunciaba la pascua definitiva y el banquete de liberación que Jesús instituyó en la última Cena.

El manjar de este banquete fue también prefigurado en la historia de la salvación y tiene su imagen y figura anticipada en el cordero pascual. Jesús es el verdadero cordero de Dios inmolado para liberarnos definitivamente del pecado y de la muerte eterna, el más desgraciado de los efectos del pecado que hubiera arrastrado al hombre a su perdición definitiva, si no hubiera mediado el sacrificio redentor de Cristo. Con el cordero pascual, el maná del desierto es asimismo figura que anticipa el misterio de la Eucaristía; y en ella Dios manifestaba su amor por el pueblo elegido dándoles el sustento que les ayudaría a superar la prueba del desierto, el alimento y viático para el camino hacia la patria prometida. Por eso, el Señor recordará permanentemente a su pueblo que si vive, vive gracias a su amor: “No sea que tu corazón se engría y te olvides del Señor tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud (...) que sacó agua para ti de la roca del pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres” (Dt 8,14.15b-16).

El hombre llevado por su soberbia tiende a engreírse en la prosperidad, olvida que Dios es el suelo y el fundamento sobre el que se levanta su libertad y su felicidad, y olvida con facilidad las amargas experiencias del pecado y sus consecuencias. Jesús hará el mismo recordatorio a los judíos, para hacerles caer en la cuenta de que el verdadero pan que alimenta la vida del hombre es la palabra de Dios. Jesús se presenta a los judíos como aquel que viene de Dios y habla palabras de Dios, que son el alimento de vida eterna para el hombre. Este mensaje lo profiere Jesús en disputa con los judíos, para hacerles saber que fue Dios su Padre, y no Moisés, quien de verdad alimentó a los israelitas en el desierto con el maná. No fue el gran caudillo de Israel el que alimentó a su pueblo, Moisés fue sólo el guía que los conducía por mandato divino hacia la tierra prometida de la libertad que los israelitas rechazaron por el pan y el alimento perecedero, olvidando que “no sólo de pan vive el hombre, sino de cuanto sale de la boca de Dios” (Dt 8,3).

El ser humano tiende a olvidarse de Dios y cree poder salvarse a sí mismo; incluso cuando deja de invocar el auxilio de Dios cree haberse liberado de la esclavitud del sentimiento y de la tentación del débil que es incapaz de afrontar su propia limitación como ser mortal.  Detrás de tanta exhibición de realismo y de cordura del que quiere vivir sin Dios sólo hay desesperanza, falta de fe que alimente la esperanza de una vida definitiva y bienaventurada. El que deliberadamente prescinde de Dios se encuentra en la misma situación de los adversarios de Jesús: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (Jn 6,52). Los adversarios de Jesús entendían de forma grosera la manducación del cuerpo del Señor, no habían comprendido siquiera el sentido primero y radical de la afirmación de Jesús: que él mismo hablaba “las palabras de Dios” (Jn 8,47); y para acreditarlo les ofrecía los signos de Dios:“las obras que yo hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí” (Jn 10,25; cf. 5,36). Las obras que hacía estaban destinadas a suscitar la fe en el corazón de sus adversarios, pero lo tenían cerrado a cualquier inspiración del Espíritu. Encerrados en su autosuficiencia se incapacitaban para llegar a conocer a Jesús y ver en él el Enviado de Dios.

Hoy asistimos a un intento programado para alejar a los hombres de Dios y de Cristo. El evangelio y el cristianismo se han hecho insoportables para los sectores agnósticos y descreídos de nuestra sociedad, para los grupos laicistas que pretenden alejar a la sociedad de cualquier manifestación pública de fe en Cristo. ¿De qué libertad podría gozar una sociedad en la que no se pudiera pronunciar en público el nombre de Dios, en la que no fuera posible proclamar el discurso del pan de vida? Una sociedad que ha dejado de contemplar en la custodia de la Eucaristía el sacramento del amor de Dios, para contemplar en ella tan sólo una obra de estilo artístico, es una sociedad que ha perdido su referencia a Dios y ya no entiende sus signos, una sociedad que ya no es capaz de acoger la palabra de Cristo.

Ante esta situación, los cristianos no hemos aceptar pasivamente el silenciamiento de Dios y de Cristo. Si hoy salimos a la calle para pasear por nuestra ciudad la custodia con el sacramento del Altar, es para anunciar que no sólo de pan vive el hombre, sino de la palabra de Dios; que las ideologías de este mundo pasan todas y dejan tras de sí heridas de difícil reparación que infligen en el alma. Salimos con la custodia para decir que nuestra fe en Cristo es el alimento de nuestra vida y que esta vida nuestra quiere alimentarse de la palabra de Cristo, en quien reconoce al Hijo de Dios. Salimos para tributar a luz del día un homenaje de amor a Cristo, que entregó su cuerpo y vertió su sangre por nuestro amor. Salimos para proclamar que Dios lo ha resucitado y es Señor de la historia, que ha querido quedarse con nosotros has la consumación del mundo.

La Eucaristía nos descubre el misterio de la Iglesia, porque la Iglesia vive de la Eucaristía y tiene en la Eucaristía el fundamento de su unidad: “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan” (1 Cor 10,17). La celebración de la santa Misa reúne en la congregación de la Iglesia a personas de distinta procedencia, cultura, raza e ideas, porque en la Eucaristía Cristo nos ha entregado el fundamento de la unidad de la Iglesia, sacramento de la unidad del género humano (Vaticano II: Constitución sobre la Iglesia Lumen gentium, n.1). El Apóstol san Pablo enseña que la comunión eucarística alimenta la vida de los fieles, sosteniendo su fe contra la tentación de  alejarse de Dios alejándose de la congregación de la Iglesia. No hay vida cristiana sin participación en la comunión eucarística que acontece por mandato de Cristo y voluntad del Señor en la unidad de la Iglesia. Por eso hemos de valorar en su justa verdad dos cosas importantes: que el misterio de la Eucaristía es inseparable de la comunión de la Iglesia; y que al acercarnos a la comunión eucarística, si por el pecado nos hubiéramos alejado de Dios, se nos otorga su perdón por el ministerio de la Iglesia. Es así como hemos de disponer nuestro corazón a recibir el sacramento con esmerada preparación, libres del pecado mortal, que aleja de Dios al pecador. La penitencia nos ayuda a recobrar las condiciones en las que hemos de acercarnos a la comunión eucarística para recibir a Cristo. El deseo de la Eucaristía, si es verdadero, es un deseo de conversión y, por eso mismo, acicate de la purificación del alma requerida para recibir la Eucaristía entrando en plena comunión la Iglesia, cuya comunión rompe el pecador.

Hemos de apreciar intensamente la adoración eucarística que nos abre los secretos del corazón de Cristo, para unirnos místicamente al Señor y hallar en él al verdadero interlocutor del corazón del hombre necesitado de redención y plenitud de vida. Que hoy, al contemplar al Señor en la custodia sintamos deseos de su cercanía y recordemos las palabras de Jesús: “El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí” (Jn 6,57). Hemos de tener muy presente que nada podemos hacer sin el Señor y que el fracaso de muchas de nuestras empresas cristianas se debe a falta de fe eucarística suficiente: no son empresas sostenidas por la oración eucarística, ni son suplicadas ni son alimentadas por el alimento de la vida eterna, aun cuando no carecen de la mejor voluntad y de empeño apostólico, pero les falta fe eucarística.

Es tradicional celebrar la Jornada nacional de caridad en la solemnidad del Corpus, porque el alimento que da vida al mundo es el pan partido y repartido a los hombres que antes de venir a ser Cuerpo del Señor es alimento corporal. Debemos hoy tener muy presentes a los pobres y marginados sociales, a los necesitados de nuestra ayuda a causa de cualesquiera modos de carencia. El lema de este año es vivir una Eucaristía que de verdad sea para quienes la celebran fuente de esperanza. Lo será si nos disponemos a compartir cuanto somos y tenemos con nuestros hermanos más necesitados de pan, de cultura y amor, necesitados de acogida y hospitalidad de nuestra parte. Que así sea.

Catedral de la Encarnación
25 de mayo de 2008

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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