Homilía en la ordenación de Presbíteros

Lecturas: Jer 1,4-9
                Sal 109
                 2 Cor 4,1-2.5-7
                 Mt 9,35-38

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos; vosotros en especial, queridos hijos, que hoy recibía el sagrado orden del presbiterado;
Queridos seminaristas, religiosas y fieles laicos,
Hermanos todos en Cristo Sacerdote:

            El Señor nos concede ordenar hoy dos nuevos presbíteros, a los que ya hemos asignado las comunidades parroquiales de las que habrán de ser pastores inmediatos.  Demos gracias a Dios que así ha querido bendecirnos y en este último quinquenio nos ha permitido ordenar una veintena de nuevos presbíteros, que se vienen incorporando al presbiterio diocesano para sustituir a los ancianos sacerdotes que han entregado su vida al servicio del evangelio en el ministerio, muchos de los cuales nos han ido dejando. Sólo en lo que va de año hemos perdido cuatro sacerdotes, dos ancianos y dos en el meridiano de al vida. El Señor nos bendijo con su ministerio y los colmó de su gracia y se llevó a los jóvenes que nos había dado por misterioso designio de su voluntad para bien suyo, porque nada de lo nos acontece es ajeno al designio de salvación de Dios, que todo lo ordena incluso cuando tolera aquellos hechos luctuosos que sacude nuestra conciencia, recordándonos a todos que nuestra vida está en las manos de Dios.

            Hoy nos gozamos en esta nueva ordenación sacerdotal con que el Señor nos regala. Es él quien nos los da y quien los envía para que cumplan con el ministerio profético que les confía. Como envío a Jeremías en otro tiempo, que también sintió como ellos el vértigo de una llamada que provoca desasosiego y rompe la comodidad de una vida sin compromisos. Dios los ha elegido desde que estaban en el vientre de su madre y preservó sus vidas para formarlos en el seno materno como instrumentos de su palabra poderosa. La palabra del Señor tranquilizó a Jeremías al descubrirles que el verdadero protagonista de su palabra es Dios mismo.  Es cierto que acarrea sinsabores y que el enviado desearía mil veces no haberse visto en la situación de tener que hablar en nombre de Dios en una sociedad descreída y, por tantas razones blasfema.

El hombre de tiempos de Jeremías y el hombre actual es el mismo, igual a sí mismo, y siempre ha querido poner a Dios entre paréntesis. Recordárselo es arriesgarse a la protesta y la descalificación, incluso a la persecución y a la muerte, que tan real amenaza fue para Jeremías, al que infligieron sufrimientos insoportables, razón por la que la tradición de fe ha visto en él una figura de la pasión del Señor. Jeremías en una confesión estremecedora maldecía el día de su nacimiento, pero él mismo terminaría por confesar que Dios le había vencido: “Tú me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido (...) Había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía” (Je 20,7.9).

Muchos son los obstáculos que la cultura ambiente y la conducta colectiva pone hoy al seguimiento de la vocación sacerdotal por parte de los jóvenes, pero Dios es más fuerte y no dejará de enviarnos jóvenes capaces de amar y de seguir a Jesucristo. Sentirán miedo y temor ante la misión que se les encomienda. Se resistirán como el profeta: “¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho” (Jer 1,6),  pero seguirán escuchando por toda respuesta una admonición divina: “No digas: «Soy un muchacho», que a donde yo te envíe, irás, y lo que yo te mande, lo dirás. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte (...) Mira: yo pongo mis palabras en tu boca” (Jer 1,7-8).

            El sacerdote es, en efecto, ministro autorizado de la palabra y la autoridad con que ha de exponer la palabra evangélica es la autoridad de Cristo. Todo bautizado ha de anunciar la palabra de la salvación, pero al atraer a sí  y tomarlo al servicio de su propio ministerio profético, Cristo hace del sacerdote sacramento de sí mismo para la comunidad cristiana y para el mundo. Por esto el sacerdote tiene que entregarse al conocimiento y meditación de la palabra de Dios, hacerla tarea y proyecto de su vida. Un sacerdote no podrá jamás hurtarse al ministerio de la palabra, sin traicionar su propia condición sacerdotal. Por eso la exhortación previa a la ordenación de los presbíteros invita al candidato a considerar su propia disposición al estudio y dedicación de la palabra divina, a su proclamación y exposición e instrucción en ella.

La homilía y la catequesis se convierten en instrumentos preciosos de exposición de la palabra de Dios, que el sacerdote ha de cuidar, sin confundir sus propias opiniones e incluso sus inclinaciones ideológicas con la propia palabra de Dios. Son claras las palabras del Apóstol: “No nos predicamos a nosotros mismos, predicamos que Señor, y nosotros siervos vuestros por Jesús (2 Cor 4,5). Tendrá, por eso, que esforzarse por no adulterarla poniéndola al servicio de su propio pensamiento, antes bien podrá todo su empeño en dejarse conformar mentalmente por la palabra de Dio; y amoldar su vida a la palabra de Dios. Pues, de lo contrario, ¿con qué autoridad podrá presentarse ante la comunidad que preside en nombre de Cristo?  Del mismo modo, no permitirá que nadie manipule la palabra de Dios, porque el evangelio que ha de proclamar no es materia de libre configuración. No es posible seleccionar aquello que agrada y excluir lo que desagrada, asumir aquello que resulta asequible a la propia conducta e ignorar deliberadamente lo que parece inasequible.

Por esta razón, el magisterio de la Iglesia viene insistiendo en la necesidad de que los obispos seleccionen cuidadosamente a los candidatos al ministerio pastoral. No sólo han de ser personas humanamente sanas y equilibradas en su conducta, sino asimismo verdaderamente dúctiles a las orientaciones de la palabra de Dios y a la palabra de la Iglesia que interpreta la palabra de Dios. ¿Cómo podrá un sacerdote predicar a Cristo y descalificar el magisterio de su Iglesia? Es un grave la descalificación del magisterio eclesiástico desde el interior de la Iglesia, pero tiene particular gravedad cuando esta resistencia se da por parte de aquellos a quienes Cristo ha confiando el cuidado pastoral de los fieles, a los cuales han de instruir en este magisterio. Tal actitud rompe la comunión eclesial, colocando a quienes así actúan al margen del ejercicio colegial del ministerio recibe por la imposición de manos del Obispo y cuyo marco propio es el conjunto del presbiterio diocesano. Tampoco los sacerdotes religiosos pueden situarse al margen del presbiterio diocesano. Como tampoco las religiosas y los laicos pueden obrar apostólicamente con frutos de salvación  si su acción apostólica y pastoral no se realiza en comunión con el Obispo y su presbiterio, en la comunión con el Papa, fundamento visible puesto por Cristo de la unidad de toda la Iglesia.

La selección de los candidatos al sacerdocio es tarea de todos, pero en particular de los sacerdotes, que han de estar en contacto con las familias y seguir la educación en la fe de los niños y adolescentes con particular atención y esmero. Especial atención han de poner en los sacramentos de la iniciación cristiana, que es iniciación catequística y sacramental a un mismo tiempo. Los sacerdotes han de cultivar la vocación de los niños, y estar prontos a discernir los signos de esta vocación que adornan la personalidad de tantos niños que experimentan la primera llamada de Jesús en la comunidad parroquial.  Corresponde a los sacerdotes descubrir y acompañar la maduración vocacional de los jóvenes, cuya inquietud por discernir si el Señor los llama han de seguir con responsable actuación como directores de conciencia.

Todos, pero en especial el Obispo y los presbíteros tenemos que propiciar las vocaciones, mientras toda la comunidad cristiana suplica al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies, porque en verdad “la mies es abundante, pero los trabajadores son pocos” (Mt 9,37). La Iglesia, por voluntad de Cristo, necesita de los sacerdotes, para que se prolongue en el tiempo la salvación de todos, que llega por el ministerio de la palabra y de de los sacramentos, al que están llamados los nuevos presbíteros, respondiendo con humildad y amor al don gratuito que se les ha entregado. Es un reto para la caridad pastoral del sacerdote el acoso del mundo, pero nada puede contra Cristo el mundo, vencido en su muerte y resurrección. Los sacerdotes han de ser muy conscientes de las palabras de san Pablo: “Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros” (2 Cor 4,7).

Quiera el Señor, queridos hijos, que respondáis con fidelidad a toda prueba a la misión que él os confía. Contáis con nuestra bendición y apoyo, con la fraterna acogida de los presbíteros y la oración de toda la Iglesia diocesana. Que la santísima Virgen, madre de los sacerdotes y reina de los apóstoles os ayude en llevarla a pleno cumplimiento.  Que san Juan Crisóstomo, padre y doctor de la Iglesia interceda por vosotros.

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