Solemnidad de Cristo Rey

Clausura del Año de la Fe

Queridos hermanos y hermanas:

Clausuramos hoy el Año de la Fe que hemos recorrido del 11 de octubre de 2012 a este 24 de noviembre de 2013. Durante estos catorce meses de gracia todos hemos vivido con un mismo afán y empeño: renovar la vida de fe de la Iglesia y dar al testimonio cristiano el vigor que reclama la obra de evangelización, tarea que Jesús resucitado confió a los Apóstoles y dio como quehacer a la Iglesia.

Viene a nuestra memoria la apertura del Año de la Fe, en la gran concelebración del 11 de octubre de 2012 en torno al Santo Padre Benedicto XVI, después de la apertura de la XIII Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos el 7 del mismo mes. En aquella memorable ocasión fueron proclamados doctores de la Iglesia universal dos grandes santos: san Juan de Ávila, padre y maestro de otros grandes santos españoles del siglo XVI; y la mística doctora santa Hildegarda de Binga, cuya sabiduría de las cosas divinas brilla en la historia medieval de la Iglesia en Europa.

San Juan de Ávila, patrón del clero español, ha impulsado con acrecentado fervor la renovación de la vida espiritual y pastoral del clero; su obra de evangelización en el sur de la península le acredita como el «apóstol de Andalucía». Su predicación evangelizadora y santidad de vida hicieron de él un modelo de pastor según el corazón de Cristo que la Iglesia propone a imitación de los sacerdotes. Su mística pasión de amor por Cristo crucificado le convierte en el padre y maestro de pastores y fieles, porque el amor a Cristo crucificado, que reina desde el madero de la cruz, descubre y desvela el misterio de la vida cristiana como configuración con Cristo, que no ha venido “a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20,28).

Cristo nuestro Señor se entregó a la muerte, dando su vida por nosotros en obediente actitud al designio de Dios Padre. Cuando Pilato hizo poner sobre la cruz el título de la condena de Jesús a morir crucificado, el letrero colocado sobre la cruz de Jesús “en escritura griega, latina y hebrea decía según el evangelio de san Lucas, que hemos proclamado hoy: «Este es el Rey de los judíos»” (Lc 23,38). Lo que el procurador romano no podía sospechar es que el Nazareno condenado a la cruz subiría a ella como el Rey que sube al trono para iniciar su reinado. En la elevación en la cruz de Jesús se cumplieron las palabras proféticas del mismo Jesús: “Y yo, cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). El evangelista san Juan contempla a Cristo crucificado como el centro del universo que atrae hacia sí y da unidad y cohesión a la entera humanidad y a toda la creación. El evangelio de san Juan ve de est e modo cumplidas asimismo en el Crucificado la profecía de Zacarías: “Mirarán al que traspasaron” (Za 12,10).

Para el evangelista, en efecto, la crucifixión y la glorificación de Cristo coinciden, porque a la gloria del Padre llega Jesús por medio de su elevación y muerte en la cruz. De este modo, la cruz se convierte en el medio de revelación suprema del Hijo de Dios. En la controversia que Jesús mantiene con sus adversarios les dice: “Cuando hayáis levantado al Hijo de hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta, sino que lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo” (Jn 8,28).

San Juan de Ávila aprendió de rodillas ante el crucifijo, en largas horas de meditación y mística comunión con Cristo crucificado, que en la cruz se revela el amor de Dios por los seres humanos, como el mismo Jesús manifiesta a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Jesús entrega su vida para que el pecador la recobre para siempre. Por eso, el gran apóstol de Andalucía ve a Cristo como nuevo y verdadero Noé que, abatido por la embriaguez del poderoso vino del amor por el pecador, no duda en padecer la deshonra de la cruz para salvarlo, y así el místico doctor de la Iglesia exclama transido de amor por Cristo: «Este amor te hace morir tan de buena gana; éste te embriaga de tal manera, que te hizo estar desnudo y colgado de una cruz, hecho escarnio del mundo (…) Oh maravilloso amor, que a tal extremo descendiste» (San Juan de Ávila, Tratado del amor de Dios, 8).

El reino de Jesús no es, ciertamente, de este mundo, pero se inaugura en este mundo cuando Cristo sube a la cruz para entrar en la gloria del Padre y reinar, revelando que sólo Él tiene el poder y la gloria y sólo Él es el único Pastor, “que “da la vida por sus ovejas” (Jn 10,11); y sólo Él es el Redentor del hombre, el único que puede devolverle la vida precisamente porque ha pasado por la muerte como prenda suprema del amor para entrar en la gloria del Padre. En Jesús muerto y resucitado se cumplen sus propias palabras: “En verdad, en verdad, os digo: si el grano de trigo no cae en la tierra y muerte, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

Queridos hermanos y hermanas: el amor de Cristo hasta la cruz revela el amor de Dios Padre, que lo acredita resucitando a Jesús de entre los muertos, para sentarlo a su derecha. La resurrección de Jesús es así el gran argumento que acompaña la proclamación evangélica. Por esto dice con toda justicia san Pablo: “Si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación, vacía también nuestra fe” (1 Cor 15,14). Por eso, la renovación de la vida cristiana, que hemos querido avivar este Año de la fe, no tiene otra piedra de toque que el amor de Dios por el mundo revelado en la muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la esperanza cristiana, aliento e impulso que colma de sentido al amor al prójimo.

En el amor al prójimo transmitimos con obras este gran mensaje: que sólo el amor es digno de fe, pero que lo es porque el amor de Dios, que no defrauda jamás, inspira y alimenta nuestro amor por los hombres nuestros hermanos. Si queremos ser y obrar como discípulos de Cristo, hemos de afrontar los retos de la sociedad descreída de nuestros días por el único camino que hemos de transitar, para llegar al corazón de los demás: el camino del amor sin reservas, que incluye el menosprecio por causa de Cristo y la cruz. Así lo entendieron los mártires del siglo XX en España, a cuya beatificación venimos asistiendo con gozo. Así lo entendieron todos los mártires a lo largo de la historia de la Iglesia, y así lo siguen entendiendo los mártires que hoy siguen entregando la vida como testimonio de la fe y prueba suprema de amor a Dios y al prójimo.

Hemos de estar dispuestos a sufrir por el Señor y, empeñados en llevar adelante la nueva evangelización que reclama nuestro tiempo, cargar con nuestros propios pecados, aceptando las incomprensiones de los hombres; y, fortalecidos con la contemplación de la cruz, no tener miedo a la situación compleja y a veces enojosa en que la cultura de nuestro tiempo nos pueda colocar. Hemos de vivir siempre convencidos de que el amor y la bondad de nuestro proceder no dejará insensibles a los demás.

La renovación de la Iglesia pasa por el testimonio ofrecido por la vida de los creyentes, por un modo de comportarse y actuar que manifieste la verdad que proclamamos como verdaderamente creíble. De este modo de actuar forma parte el asumir la condición de la Iglesia como congregación de quienes son santos, porque Dios los hace santos en Cristo por el Espíritu Santo, pero siguen siendo al mismo tiempo pecadores mientras caminan hacia el don de la comunión plena en Dios. Hemos de ser conscientes de nuestras limitaciones y de nuestros pecados.

La Iglesia siempre está necesitada de purificación, por eso —como enseña el Concilio—, sin ocultar esta necesidad de purificación, hemos de anunciar la cruz y muerte de Señor, sabiendo que nuestra fortaleza y nuestro consuelo no está en el reconocimiento que los hombres puedan ofrecernos, sino en el auxilio de Dios y de su gracia, para «poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz» (Vaticano II: Const. dogm. Lumen gentium, n. 8; cf. Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, n. 6).

Este Año de la fe que ahora clausuramos nos ha permitido confortarnos mutuamente en la fe, hemos vivido jornadas de consuelo y afirmación creyente, en las que la fe de unos ha fortalecido la fe de los otros y mutuamente nos hemos confirmado en la verdad que brilla en Cristo. Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y personas de vida consagrada; familias cristianas, seminaristas, novicios y novicias, catequistas, movimientos apostólicos y fieles todos. Unos y otros hemos vivido momentos especiales por su intensidad de gracia y esperanzada voluntad de renovación. Los enfermos se han sentido consolados y hemos querido hacernos solidarios de los más pobres y necesitados, los emigrantes y los desplazados. Hemos sentido la urgencia de la misión y del diálogo necesario con los que se están al margen de la vida eclesial e incluso de cuantos libremente quieren estarlo, pero no rechazan hablar con nosotros y buscar juntos una sociedad más justa y moralmente más sana que nos permita superar la larga crisis económica y social que padecemos.

No es una tarea que acaba con la clausura del Año de la fe, sino que se ha de prolongar como estilo de vida y programa de evangelización. De nada valdría el empeño que hemos puesto en estos acontecimientos extraordinarios y en las manifestaciones de fe que hemos ofrecido, si no nos proponemos ahondar en la renovación de la vida cristiana y amoldarnos a la horma del Evangelio, para proseguir con fe esperanzada la obra de la evangelización, conscientes de que la iniciativa es de Dios, que nos quiere apoyados en su gracia. Hemos de proseguir la tarea a la que nos convoca el Papa Francisco, para llevar la Buena Nueva de la salvación a los hombres nuestros hermanos, para que —siguiendo la exhortación de san Pablo— todos podamos dar gracias a Dios porque en Cristo “nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados” (Col 1,12).

Con este himno a Cristo, de tan gran belleza y expresión de la fe en el misterio divino del Hijo del hombre a quien el Padre ha constituido juez de vivos y muertos, quiere ser el tributo de adoración a nuestro Rey y Señor nuestro Jesucristo, cuyo reino es la Iglesia, en la cual se inaugura y se manifiesta incipiente el reino de Dios, Trinidad santa del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, a quien sea dada toda gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Lecturas bíblicas: 2 Sam 5,1-3

                          Col 1,12-20

                          Lc 23,35-43

S. A. I. Catedral de la Encarnación

24 de noviembre de 2013

Solemnidad de Cristo Rey del Universo

                                                           + Adolfo González Montes

                                                                  Obispo de Almería

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