Misa de Medianoche

“Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres”

(Ti 2,11)

Queridos hermanos y hermanas:

En esta noche santa la gracia de Dios se ha hecho visible en la humanidad de Jesucristo, nacido de la Virgen María. Con su nacimiento en nuestra carne, Cristo nos trae la esperanza de la salvación. Este es el mensaje de esta noche, en la que la luz de Dios ha brillado en el mundo en tinieblas, cumpliéndose así las promesas que Dios hizo en otro tiempo a nuestros padres. Esta noche ha brillado la luz, y ya nada ni nadie podrán extinguir este brillo, porque ilumina la vida del hombre aun cuando las tinieblas quieran ofuscar esta luz que viene de Dios.

         El tiempo del Adviento ha ido disponiendo nuestras almas para acoger la luz divina que brilla en la carne de Jesús, y así hemos comprendido que en verdad, el nacimiento de Cristo en la noche buena anticipa la luz de la resurrección. Hemos acogido el mensaje de los ángeles dirigido a los hombres que ama el Señor: “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). El verdadero heredero de la dinastía de David es Jesús, nacido de la estirpe de David y como tal será aclamado, cuando haya de ir hacia su glorificación en la ciudad santa, en su entrada triunfal en Jerusalén.

         En Jesús se cumple la promesa de Dios hecha a David, por medio del profeta Natán, de consolidar su trono para siempre: “Afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. (Él constituirá una casa para mi Nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre). Yo seré para él el padre y el será mi hijo.” (2 Sam 7,12-14). Aunque el profeta está hablando de la dinastía de David, la esperanza de la dinastía estaba puesta en el Mesías, que nacería de ella y recibiría la misión real de acaudillar a Israel y conducirlo a Dios.

Jesús es declarado por los ángeles el Mesías y el Señor nacido en Belén, la ciudad de David. De este modo las voces angélicas declaran cumplidas las promesas hechas a David en Jesús. En él viene Dios al encuentro del hombre para llevarnos a la salvación y reparar cuanto perdimos en Adán convirtiéndonos en humanidad pecadora, por eso el nacimiento de Cristo nos enseña a “renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa” (Ti 2,12). Es decir, a renunciar a una vida sin Dios y, por eso, sin meta definida de consumación y carente de esperanza trascendente, sin salvación eterna.

Como Mesías, Jesús trae con su nacimiento de salvar al pueblo de su postración y conducirlo al tiempo de revelación y gozo en que se mostrará al mundo su condición de pueblo elegido. Como Señor, Jesús recibe los poderes de la divinidad, porque este título de «Señor» el Antiguo Testamento lo reserva a Dios. Que Jesús sea reconocido como Señor le coloca en la esfera de la divinidad, con la misión de salvar a Israel de sus pecados, como el ángel había anunciado a José, pidiéndole que recibiera a María sin temor alguno: “Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21).

El mensaje de Belén es un mensaje de gozo y salvación, como dijo el ángel a los pastores, porque es el mensaje de “la Buena Noticia, la gran alegría para todo el pueblo” (Lc 2,10). Es el mensaje del perdón y cancelación de los pecados por la desbordante misericordia de Dios. Viene el Hijo de Dios a nuestra carne para recuperarnos de la muerte, como dice el Apóstol: “Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda impiedad, y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a los buenas obras” (Ti 2,14).

Cada Navidad, queridos hermanos y hermanas, es renovación de la esperanza en el poder de Dios e impulso para las buenas obras con los hombres. En esta noche en que brotan los sentimientos de paz y de reconciliación, hagamos propósito de cancelar las deudas que los demás tengan con nosotros, para que Dios cancele las nuestras. Abramos nuestro corazón a nuestros prójimos, a los que están a nuestro lado y a los que están lejos. Tengamos presentes a cuantos sufren por el pecado de los hombres y se han vistos arrastrados por los deseos mundanos.

Abramos nuestro corazón a la solidaridad con los pobres y marginados, con los que están solos, con los enfermos y deprimidos, para llevarles la esperanza de un futuro verdaderamente fraterno, compartiendo hoy con ellos sus carencias y su dolor, acercándolos al fuego de Belén que caldea los corazones, suscitando en ellos la caridad que lleva al amor recíproco y socorrer a los nada tienen, ni bienes ni esperanzas, a quienes carecen así también de fe.

Con María y con José entreguemos al mundo el tesoro de la salvación hecho carne por nosotros; y con los pastores que presurosos acudieron a la gruta de Belén, a contemplar “la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo” (Ti 2,13), anticipada en la debilidad de la carne del Niño de Belén; y unidos a los pastores, adoremos al Hijo de Dios hecho mortal por nuestro amor, para darnos la vida de Dios.

S.A.C. de la Encarnación

Nochebuena de 2013

                                               + Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

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