Misa del Día

“Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros” (Jn 1,14)

Queridos hermanos y hermanas:

El nacimiento de Cristo que hoy celebramos llena de gozo nuestro corazón, y en este día son extinguidas las tristezas que atenazan la vida del hombre. Con el nacimiento del Hijo de Dios en nuestra carne ha llegado la alegría al mundo. En la Misa de medianoche celebrábamos el alumbramiento de María, ante la admiración de José y su afán por dar cobijo y custodia a Jesús recién nacido y a María, colocándonos ante el Niño con espíritu de adoración junto a los pastores. En esta Misa del día somos introducidos por la sangrada Escritura en el sentido del misterio de Belén, donde la Palabra eterna de Dios se ha hecho visible.

El anuncio de los ángeles del alumbramiento de Jesús, que resonaba en la Misa de medianoche, se hace en esta Misa revelación de lo acontecido. Guiados por el evangelista llegamos a la verdad revelada en el misterio del nacimiento virginal del Hijo de Dios: que en Jesús, nacido de María, es Dios mismo quien hace propia nuestra humanidad. Que en el nacimiento del Hijo de Dios en nuestra carne, Dios comunica al hombre pecador la vida divina, anticipándole mediante el anuncio de la Buena Noticia de la salvación que llega la felicidad futura de la vida en Dios.

Comprendemos el alcance de las palabras proféticas: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregonas la victoria, que dice a Sión: «Tu Dios es Rey»!” (Is 52, 7). La buena nueva de la salvación que trae el Príncipe de la paz hace bienaventurados los pies fatigados del mensajero que anuncia la reconciliación de lo humano y lo divino en Jesucristo. Por la asunción de nuestra carne el Hijo de Dios puso en paz todas las cosas, pues Dios, de quien todo proviene, “nos reconcilió consigo por Cristo” (2 Cor 5,18).

En Jesús, Dios se hace hombre y a nosotros nos llega por su medio la vida divina. La generosidad de Dios se revela en este trueque e intercambio del que habla la liturgia de este día. Así lo dice el apóstol san Pablo: “Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por nosotros se hizo pobre a fin de enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8,9). Este intercambio es el contenido de la buena nueva, la gozosa noticia que nos libera de la pesadumbre de una vida sin Dios, porque en Jesús es Dios mismo quien, lleno de misericordia, sale al encuentro del hombre, por cuyo amor “entregó a su propio Hijo unigénito” (Jn 3,16).

Contemplamos en el pesebre de Belén, donde yace el Niño, el misterio de la Palabra hecha carne. En la débil humanidad de Jesús recién nacido Dios revela que ama incondicionalmente el mundo. Sólo la fe penetra este misterio de amor y reconoce en el Niño de Belén la presencia del Verbo de Dios. Jesús es la Palabra encarnada que “existía en el principio y estaba junto a Dios y era Dios” (Jn 1,1). Dios nos descubre en esta revelación de la Palabra eterna hecha carne que “por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho” (v. 1,3). La Palabra es creadora, por su medio crea Dios el mundo universo y hace posible la vida humana, porque Dios hizo al hombre “a su imagen suya” (Gn 1,27), para que por él pudiera circular la vida divina. Dios comunicó al hombre la vida de su Palabra, que es “la luz de los hombres” (Jn 1,4). Jesús es la vida verdadera, la vida misma de Dios que viene al mundo para que nosotros no perezcamos de muerte eterna. Es esta vida divina la que brilla en Belén y “alumbra a todo hombre, viniendo al mundo” (Jn 1,9).

En nuestro mundo, millones de seres humanos caminan sin haber conocido la luz de Belén, aun cuando las técnicas modernas del marketing comercial pudieran hacer creer que todo el mundo conoce la Navidad. No deja de haber además quienes, habiendo conocido la Navidad, desearían extinguir la luz que brilló en Belén. El laicismo beligerante de nuestros días, marcado por un espíritu no exento de totalitarismo sectario y de intolerancia, desearía una total exclusión de los ámbitos públicos de la Navidad, porque desean una sociedad sin Dios; o porque quieren hacer de Dios resultado de las creencias individuales y, por ello mera realidad subjetiva, como si Cristo no hubiese nacido en Belén hace veinte siglos. Como si la fe cristiana no hubiera dado cauce a la historia y la cultura de todo el Occidente; como si la fe de Cristo no hubiera comenzado a ser realidad en el Oriente próximo, donde apareció al gracia divina y desde donde comenzó la misión apostólica, y donde perdura, reconocible, el escenario de la historia de la salvación.

Al renovar cada año la celebración de la Navidad, no nos mueve a los cristianos sino el gozo de haber conocido en el hombre Jesús al Hijo de Dios encarnado y habernos sentido salvados por Dios en él. La Navidad viene a fortalecer nuestra fe e impulsar la que el Papa Francisco ha llamado la «salida misionera»; es decir, dar a conocer lo que hemos conocido, anunciando al mundo que Dios, en verdad, como dice la carta a los Hebreos, “habló antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo” (Hb 1,1-2).

Es la tarea de la nueva evangelización, que es para nosotros irrenunciable; una tarea que hemos de afrontar con los de dentro y los de fuera, con quienes tienen fe pero la han visto debilitarse poco a poco, cediendo a los deseos mundanos de una vida sin religión (cf. Ti 2,11); y con quienes están fuera o no quieren vivir en modo alguno según el Evangelio. La coherencia de nuestra vida de cristianos tiene que ayudarnos a llevar el mensaje de la Navidad a todos, para que en unos renazca el fervor por Dios y por Cristo que alentó su vida en el pasado; y para que en los otros de quiebre el muro con el que han blindado su existencia contra el designio de salvación de Dios.

Que esta Navidad acreciente en nosotros el deseo misionero de dar a conocer la vida y el amor revelados en Jesucristo, nacido de la Virgen María en Belén. Que su nacimiento acreciente en nosotros la coherencia de vida, abriendo la puerta de nuestro corazón a un estilo de vida solidario y fraterno, movidos por la generosidad de Dios, que siendo rico se hizo pobre por nosotros.

Que la Virgen María y san José, su esposo, custodio de Jesús y de María, y protector y amparo de la Iglesia, nos ayuden a responder al amor de Dios manifestado en Belén con verdadero amor por nuestros hermanos, en especial por los más necesitados, por los afligidos y por los pobres, por todos los que sufren y por cuantos necesitan de nosotros y están a nuestro lado cada día.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Natividad de Nuestro Señor Jesucristo

                                                           + Adolfo González Montes

                                                                Obispo de Almería

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