Lecturas Bíblicas: 2 Mac 7,1-2.9-14      

                          Sal 33,2-9

       1 Pe 14-17

         Mt 10,28-33

         Querido Sr. Cura párroco;

         Ilmo. Sr. Alcalde y Corporación municipal;

         Dignísimas Autoridades,

         Queridos hermanos y hermanas:

Es para mí un motivo de gran alegría presidir esta celebración solemne de la santa Misa en la fiesta de San Sebastián, mártir valeroso de Cristo, a quien la villa de Fiñana invoca como intercesor ante el Señor y protector de sus gentes, conocidas por su tradición cristiana y su fidelidad a la fe recibida de vuestros mayores, en la cual habéis sido educado y profesáis como tesoro espiritual que guardáis con gran amor.

         Al término de la visita pastoral, que concluíamos el pasado año, os prometí volver para las fiestas patronales; y hoy estas fiestas me dan ocasión a recoger con todos vosotros, las enseñanzas del martirio de san Sebastián, tan amado por el pueblo cristiano en tantos lugares de la Iglesia universal. Quizá se deba al hecho de que sus reliquias se repartieron con profusión desde muy pronto, y la llegada de las reliquias a las diversas iglesias dio ocasión a las fiestas en honor del santo. Su martirio se hace legendario por medio de las célebres actas de su pasión, que aunque tengan muchos elementos de ponderación y piadosa descripción conservan trazos históricos suficientes para trazar el perfil de este mártir tan amado.

Nacido en Milán en la segunda mitad del siglo III, Sebastián entró en la carrera militar y en la guardia del Emperador, fin de poder socorrer mejor desde dentro a los cristianos acusados de traición al Estado y llevados al martirio. Sebastián se distingue por su valentía para dar testimonio de Cristo, y por su fortaleza en sufrir las heridas y el atroz martirio que hubo de padecer, que no terminó con su vida en la primera acometida, pero que le llevó definitivamente a la muerte. Sebastián sucumbió, no bajo la espada como cabía esperar de su condición de ciudadano romano y militar de grado al servicio del Emperador, sino deshonrado primero, sometido a la tortura de las flechas, y azotado y golpeado hasta la muerte, cuando podía haber escapado del martirio después de haber sido curado y una vez sanaron las heridas que le causaron las flechas, cuando fue asaeteado y abandonado a su suerte mientras de las heridas manaba la sangre derramada por amor a Cristo.

Restablecido por la piedad de sus amigos y de la santa mujer que le socorrió, Sebastián no cejó en su empeño de denunciar ante el emperador Maximiano la crueldad de las persecuciones y la injusticia de aquella violación de la conciencia de los ciudadanos leales al Imperio. Este valiente militar romano, apenas restablecido de sus heridas, “afrontó de nuevo al emperador para echarle en cara su crueldad persecutoria, mereciendo así un martirio glorioso” (E. LODI, Los santos del calendario romano. Orar con los santos de la liturgia [Madrid 1999] 49).

Conocéis bien la historia de vuestro santo Patrón, adornada de elementos legendarios fruto de la piedad popular y la honda veneración que el mártir histórico suscitó en el pueblo fiel. San Sebastián fue siempre invocado como intercesor, pero singularmente en la Edad Media sus heridas le convirtieron en ejemplo de sufrimiento por Cristo e intercesor en favor de quienes las padecían, sobre todo en tiempo de peste. Su veneración perdura hasta nuestros días y su presencia en el nuevo calendario litúrgico es expresión de su ejemplaridad, que no ha perdido actualidad. Como hemos escuchado en el segundo libro de los Macabeos, el martirio se afronta con una fe inquebrantable en la resurrección de los muertos. Vemos cómo se dirige al rey inicuo que esclavizaba a Israel uno de los siete hermanos arrestados con su madre: “Tú malvado nos arrancas la vida presente; pero cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para la vida eterna” (2 Mac). El mártir está convencido de que nada es superior al amor de Cristo Resucitado, que ha roto las barreras de la muerte. Cuando Pedro y los apóstoles sean conminados a predicar en el nombre de Cristo crucificado, responderán: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech 5,29).

La persecución de los cristianos es una constante de la historia de la Iglesia desde el comienzo de la predicación evangélica. La muerte por lapidación del diácono Esteban, el primer mártir de la fe, abrió el camino de la sangre derramada de los discípulos, porque Jesús mismo lo había dicho: “El siervo no es más que su señor. Si me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra” (Jn 15,20).

Al terminar el Año de la Fe, la gran beatificación del pasado 13 de octubre de 522 mártires del siglo XX en España ponía de manifiesto este hecho ineludible. Esta beatificación se celebraba en Tarragona, donde fueron sacrificados en la hoguera el obispo san Fructuoso y sus diáconos en el año 259, cuya memoria litúrgica coincide con la de san Sebastián y la del Papa san Fabián, mártires todos del siglo III, que seguían el camino abierto por los mártires que les precedieron. No fueron los primeros porque el martirio comenzó mucho antes y acompañó la predicación del Evangelio desde sus comienzos. Los discípulos del Señor tienen por líder un crucificado, que elevado en la cruz ha quebrado la fuerza de la violencia en su cuerpo sacrificado, convirtiéndolo en lugar de paz y de reconciliación. La sangre de los mártires no reclama venganza ni revancha alguna, porque se une a la sangre de Cristo para ser una sangre pacificadora, sangre de perdón y de paz.

No podemos dejar de lamentar que en nuestro tiempo la persecución por motivos de conciencia religiosa siga siendo una cruel realidad. No podemos desentendernos del dolor inmenso de las muertes por causa de la fe, unidos como estamos en la plegaria con los cristianos que sufren la persecución en algunos países musulmanes del lejano Oriente y del Oriente próximo y medio, igual que África, donde los cristianos son sometidos a la violencia de los fundamentalistas religiosos, destruidas sus iglesias y amenazadas las familias, forzadas a huir o a padecer. Hemos de defender los derechos cívicos de los cristianos, como lo ha pedido el Papa Francisco en su reciente discurso al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, siguiendo la trayectoria de defensa de la libertad de conciencia y de religión como derechos fundamentales de la persona y de las colectividades.

Aun así, los cristianos no hemos de olvidar que las dificultades que ocasiona la fe son parte de la identificación con Cristo de quienes hemos sido bautizados para configurar nuestra vida con la suya. No debemos olvidar que los sufrimientos de la fe forman parte del discipulado de Cristo, sabiendo —como dice san Pedro— que seréis dichosos, “si tenéis que sufrir por causa de la justicia; no les tengáis miedo ni os amedrentéis” (3,14). Los cristianos han de saber dar razón de la fe que profesan y la esperanza que tienen en Cristo, y si tienen que sufrir la injusticia por su amor, han de hacerlo sin miedo alguno. Cuando los cristianos sean odiados por el nombre de Jesús, han de recordar la máxima del Señor, que hemos escuchado en el evangelio de san Mateo: “¡El que persevere hasta el final, se salvará!” (Mt 10,22).

Así nos lo enseñan los mártires, y con ellos, en muchedumbre de santos coronados con el martirio, san Sebastián, vuestro Patrono y protector, vuestro intercesor ante Cristo. Que cuando algo pidáis algo en su nombre al Señor, san Sebastián lo avale mostrándole a Jesús sus heridas, para que el Señor las vea como participación en las suyas y nunca os niegue cuanto de bueno esperáis recibir de él, es decir, de Dios mismo y de su Hijo Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos. Amén.

Fiñana, 20 de enero de 2014

San Sebastián

                                                           + Adolfo González Montes

                                                                    Obispo de Almería

Pin It

728x90ES2

BANNER02

728x90