Lecturas bíblicas: Is 9,1-3.5-6

                        Sal 44,11-12.14-117

                        Ef 1,3-6.11-12

                        Lc 1,26-38

                                              

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos esta asamblea litúrgica en la víspera de la fiesta de la Presentación el Señor, que nos dio por madre a María y la hizo figura de la Iglesia y de cada cristiano. María, Reina y Señora nuestra, es modelo de la gloria que esperamos. María, Virgen y Madre, es la imagen del discípulo de la Palabra encarnada. Ella la acogió en su seno y, convertida por disposición divina en Madre del Hijo de Dios y Rey mesiánico, es el modelo de todos y cada uno de los discípulos de Cristo, llamados a reproducir en sí mismos la imagen del hombre nuevo que tenemos en Cristo Jesús.

En María Dios nos ha adelantado el destino de la humanidad redimida por Cristo. San Pablo nos recuerda que fuimos elegidos en la persona de Cristo y en él “nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales y celestiales” (Ef 1, 3). Esta elección divina responde a nuestra predestinación a participar de la vida divina en la gloria, para que la felicidad y glorificación de la humanidad salvada por Cristo redunde en alabanza del mismo Dios. De esta suerte, con Cristo —como dice el Apóstol— “hemos heredado también nosotros” (Ef 1,11) el destino de gloria que Dios nos ha dado a conocer en la resurrección de Jesucristo de entre los muertos.

Este destino, fruto de la redención de Cristo, comienza a ser realidad en nuestro bautismo, mediante el cual somos injertados en Cristo, como les enseña san Pablo a los Romanos, para que “al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom 6,4). La herencia de la que vamos a participar Dios nos la ha mostrado en María, asociada a la cruz y a la resurrección de Cristo. El II Concilio Vaticano nos dice cómo la Virgen María «avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie (cf. Jn 19,25), sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima» (Vaticano II: Const. dogm. Lumen gentium, n. 58). El Concilio nos enseña cómo, en efecto, para ser incorporados al destino de gloria de Cristo en su resurrección hemos de pasar por el misterio de la cruz como pasó la Virgen María, peregrina de la fe y madre de la esperanza. Por eso, porque María creyó y esperó; porque consintió, fiada de Dios, en la entrega suprema de su Hijo por nosotros, del mismo modo que había asentido haciéndola suya la voluntad de Dios para ella revelada por el ángel en la Anunciación, María alcanzó la gloria de Cristo. Por eso, continúa el Concilio diciendo que María, «terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente con su Hijo, Señor de señores (cf. Ap 19,16) y vencedor del pecado y de la muerte» (LG, n. 59).

Decimos con verdad que la bienaventurada Virgen María es Reina del universo, porque es Madre del Hijo resucitado de entre los muertos, que fue exaltado a la derecha del Padre, y es Señor del universo y verdadero Rey de la gloria. Él la ha asociado a la “gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). María ha sido asociada a la resurrección de Cristo y reina gloriosamente asunta al cielo en cuerpo y alma, habiéndose consumado en ella el destino que nosotros esperamos por Cristo de Dios.

La realeza de María es participación de la realeza de Cristo, y en ella se anticipa nuestro futuro de gloria, cuando la muerte sea definitivamente vencida en nosotros y hayamos sido incorporados para siempre a la gloria de Dios, con nuestra identidad personal plena, redimido ya nuestro cuerpo y asociado a la nueva vida en Dios. Del mismo modo que Cristo es Rey, pero “no de este mundo” (Jn 18,36), viejo y marcado por el pecado, María es Reina gloriosa y su reino no es de este mundo. El reino de María es de naturaleza espiritual y ha llegado a él mediante la humildad de su fe, acogiendo la Palabra de Dios, con la respuesta de su aceptación al mensaje del ángel Gabriel; y, como consecuencia de su fiat generoso, haciendo suya la entrega a la muerte de su Hijo, para ser coronada de gloria y dignidad y «exaltada sobre los coros de los ángeles», como canta el prefacio de la liturgia. De modo que reinar con Cristo en la gloria es meta del camino que pasa por la fidelidad inquebrantable de la fe y la oscura realidad de la cruz. San Pablo le dice a Timoteo: “Es cierta esta afirmación: Si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él” (2 Tim 2,11-12).

Vivimos tiempos difíciles para fe y las tentaciones de abandono y de infidelidad y son muchas, porque el mundo reclama lo suyo y la indiferencia ante el Evangelio termina por alejarnos de Dios y de Cristo. Las dificultades de la fe son, ciertamente, muchas en una sociedad donde, a pesar de la crisis económica y social que ha sacudido muchas seguridades mundanas, sigue primando la mentalidad materialista y el relativismo de las opiniones, siguen faltando criterios morales que ayuden a vivir en presencia de Dios. Nuestra cultura no se rige por los mandamientos de la ley de Dios, que son la vida del hombre, sino por las leyes del mundo que hacen del interés y del placer criterios determinantes de la vida. Es verdad que la crisis que padecemos nos está ayudando a descubrir valores olvidados: la solidaridad fraterna, la unidad de la familia como regazo de amor y de apoyo que sostiene a sus miembros, la primacía de la justicia, incompatible con la mentira y el engaño como táctica de supervivencia y la corrupción como medio de asegurar el bienestar.

Esto es verdad, pero la mentalidad imperante sigue siendo la misma y esta mentalidad mundana es la que hemos de cambiar. Lo podremos hacer si con vertimos nuestro corazón a Dios y acogemos con María el Evangelio de la vida y del amor. Cuesta y exige sufrimiento y cruz, porque exige verdad y fraternidad, justicia y caridad, pero no hay otro camino para alcanzar la gloria de Cristo y de María. No desesperamos de conseguir este cambio de mentalidad en muchas personas que ven cómo el alejamiento de Dios es contrario a los verdaderos intereses del ser humano.

Estamos convencidos de que la luz que ha brillado en Cristo disipará las tinieblas del pecado y de la muerte que reinan en este mundo. La fe es la respuesta a la luz que, en las hermosas palabras del profeta Isaías, ha brillado alentando la esperanza en la fuerza liberadora de Dios: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló” (Is 9,1). Esta luz que ha brillado en Cristo es el sol que ilumina nuestras vidas, y tiene su reflejo en la luz de la estrella de María, que acompaña nuestro caminar en la noche. Hay motivo para la alegría y el gozo, porque la meta de nuestra esperanza es meta segura de la fe.

La Virgen María, Reina y Madre de misericordia, no deja de asistirnos como madre espiritual nuestra, amparando nuestros anhelos de virtud y ayudándonos a practicarla, llevándonos de la mano y socorriendo nuestra debilidad. Acudamos a ella, puesto que Cristo nos la dio por madre. María es Reina suplicante, que ejerce como protectora de sus hijos de la tierra ante su Hijo del cielo «intercediendo por todos los hombres como abogada de gracia y reina del universo» (Pontifical Romano: Prefacio de la misa de María Reina del Universo).

Cuando rezamos el santo Rosario vamos meditando los misterio de nuestra salvación mientras repetimos el Avemaría, siguiendo el camino que va del pesebre de Belén a la cruz del Calvario, para terminar contemplando la gloria del Resucitado, de la que María participa asunta en cuerpo y alma a los cielos y coronada por la santa Trinidad. Si presentamos a María nuestras súplicas, como hijos que confían en su madre, ella nos ayudará siempre a superar las dificultades de nuestro caminar hacia la gloria que esperamos.

La coronación de la imagen sagrada de la Patrona de esta villa de Gádor, que hoy habéis querido realizar, y para la que os habéis preparado espiritualmente con tanto esmero y amor, es una manifestación bien palpable de vuestra voluntad inquebrantable de vivir con Cristo esta vida y esperar de él la futura, con el auxilio y la intercesión de María, Reina gloriosa de los cielos.

La Iglesia no ha dudado nunca de la legitimidad del culto a las imágenes de Cristo, de María y de los santos, por eso ha legitimado con su autoridad apostólica la veneración de la imagen de Nuestra Señora que mueve a los fieles a colocar el símbolo de la realeza celestial de María sobre la cabeza de una imagen suya en la tierra. Vosotros, queridos hermanos y hermanas, colocáis hoy esta corona de materiales preciosos convenidos de la gloria que María tiene junto a su Hijo como Reina y madre de misericordia, como la invoca la Salve, que recitamos al terminar el rezo del Rosario. Esta plegaria secular es corona de alabanzas entretejidas de avemarías; es meditación de los misterios de Cristo y de María, a la que invocáis secularmente con la Iglesia en la advocación del santo Rosario.

Que por intercesión de María, «Reina del santísimo Rosario», Cristo siga rigiendo vuestras vidas y sólo a él reconozcáis como Señor y Dios nuestro por los siglos. Por él, con él y en él sea dado a Dios Padre, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos. Amén.

Iglesia parroquial de Santa María

Gádor, 1 de enero de 2014

                                               + Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

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