Homilía en el II Domingo de Cuaresma

Lecturas bíblicas: Gn 12,1-4a

           Sal 32,4-5.18-21

   2 Tim 1,8-10

   Mt 17,1-9

Queridos hermanos y hermanas:

En este segundo domingo de la Cuaresma que hemos comenzado a recorrer camino de la Pascua anual, se hace particularmente presente en la misa dominical el quincuagésimo aniversario de la erección canónica de Caritas Diocesana de Almería. Desde aquel ya lejano 1964 en que nuestro venerado predecesor Mons. Alfonso Ródenas García erigiera canónicamente Caritas Diocesana, ha transcurrido medio siglo de acción caritativa, social y humanitaria de nuestra Iglesia diocesana para con los más pobres y marginados. Una acción que dimana del Evangelio y responde a la voluntad explícita de Cristo, que ha preparado su Reino para quienes socorren a los hermanos más humildes: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo (…) cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (25,40).

Caritas se ha hecho en estos cincuenta años la expresión viva de la caridad de la Iglesia diocesana y de sus Obispos para con los más necesitados. Nacida al calor del apostolado social del voluntariado de la Acción Católica, Caritas se convirtió pronto en toda España en el instrumento idóneo de la acción caritativa y social de la Iglesia Católica en nuestro país para luchar contra la pobreza, paliando sus peores efectos. Fue posible gracias al «Plan de Comunicación Cristiana de Bienes» puesto en marcha en los primeros años sesenta. Desde entonces, Caritas se viene caracterizando por su constante empeño en combatir eliminar la pobreza mediante programas de asistencia y de promoción de los más pobres y necesitados para arrancarlos de la marginación de la sociedad. Un compromiso y un empeño de los católicos que dimana de la fe en Jesucristo, manifestado por Dios como “mi Hijo, el amado, el predilecto” (cf. Mt 17,5), a quien han de escuchar todos los hombres para acceder al Padre de las misericordias y Dios de la compasión amorosa.

La fe es motor de la caridad y obra por medio de la caridad, la fe viva tiene obras que son fruto de la transformación interior del hombre redimido por Cristo. Si dejamos, en efecto, que la Palabra de Dios ilumine cómo la fe transforma la vida del hombre, se nos hará patente que la fe es motor de transformación precisamente porque obra por medio de la caridad, cuya mayor expresión es la entrega de la propia vida por aquellos a quienes se ama.    

En el primer domingo de Cuaresma veíamos cómo Jesús salió victorioso de las tentaciones del diablo, alentándonos con su victoria a superar nuestras propias tentaciones, no fiando en nuestras fuerzas, sino consolados con la victoria de Jesús y sostenidos por la gracia de la redención que nos ha hecho justos ante Dios y capaces de recibir el Espíritu Santo consolador. San Pablo nos enseña que, en verdad, es la acción santificadora del Espíritu la que transforma nuestro hombre interior creando en nosotros un hombre nuevo.

Esta transformación interior lleva consigo un desarrollo progresivo que exige una permanente actitud de conversión y de apertura a la gracia, que nos capacita para aceptar y realizar la voluntad de Dios. No sería posible sin la fe, que orienta nuestra nueva vida. La fe no sólo nos conduce al bautismo, sino que acompaña la peregrinación del hombre, su camino hacia Dios. Es lo que hoy vemos realizado en Abrahán, el padre de la fe. Llamado por Dios, se dejó conducir por la fe fiándose plenamente de Dios, que lo arrancaba de su tierra y de su parentela, para guiarlo a una tierra nueva y desconocida, a la que sólo sería conducido por su fe. La fe guía nuestro caminar y por la fe podemos superar las tentaciones y las dificultades que nos salen al encuentro en nuestro itinerario hacia Dios. La fe nos descubre el amor de Dios que sustenta nuestra vida y nos abre al misterio de nuestra condición social en cuanto que hemos sido creados para el amor, a imagen del Dios que es amor. Por eso, la fe conduce inevitablemente a la práctica de la caridad.

         Con razón podía argumentar Santiago: “Muéstrame tu fe sin obras y yo te mostraré por las obras mi fe (…) Porque así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Sant 2,26). Las obras son la expresión visible de la obediencia que la fe debe a Dios como criatura sometida al poder creador de su palabra; y así lo dice el salmista alabando la eficacia creadora de la palabra divina: “La palabra, del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca sus ejércitos” (Sal 32,6). Se puede decir que la semejanza del hombre con Dios acontece como realidad constatable cuando el hombre que cree da forma y figura a su fe en las obras, transformando y transfigurando la realidad creada, como una prolongación de la transformación que de su propio interior, mente y corazón, realiza la gracia. Transformación de las realidades temporales como «consagración del mundo», para que la vida del hombre se acerque más y más a la voluntad de Dios.

La fe, en verdad, es “garantía de lo que se espera; la prueba de lo que no se ve” (Hb 11,1); y, como acabamos de escuchar en la primera lectura, fue por la fe como “Abrahán, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que habría de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe peregrinó hacia la Tierra prometida (…) Pues esperaba la ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor era Dios” (Hb 11,8-10). Porque creyó en Dios y actuó como creyente Dios hizo de Abrahán el paradigma de la fe. Ciertamente, la fe justificó a Abrahán, pero esta fe se acreditó por su obediencia abandonando su tierra para encaminarse hacia la Tierra prometida y convertirse no sólo en padre de un pueblo numeroso, sino también en “padre de todos nosotros” (Rom 4,16).

La fe moviliza la vida de los creyentes y los impulsa a transformar la tierra y hacer fecundas las relaciones humanas, inspirando en ellas la caridad. Es así, porque los ojos de la fe alcanzan a ver la realidad de Cristo que no veían en él sus discípulos, para las cuales Jesús se transfiguró delante de ellos. Lo hemos escuchado en el Evangelio de hoy. Les faltaba fe en Jesús, en su verdad divina. No veían en su Maestro al Hijo eterno, que había de comprar la salvación del mundo al preciso de su sangre, y sentían natural repugnancia ante los sufrimientos de la pasión que Jesús les anunciaba había de padecer en Jerusalén. Jesús se transfiguró en la montaña santa manifestando, en aquel hecho extraordinario de revelación, la gloria de su resurrección, la victoria sobre la muerte, a la que había de llegar mediante el sufrimiento y la cruz para rescatarnos del pecado, haciendo patente que el Padre tiene tan grande amor al mundo como para “darle a su Hijo unigénito” (Jn 3,16).

         La transfiguración de Jesús anuncia, en efecto, la gloria de la humanidad redimida e incorporada a la resurrección de Cristo Jesús. Ciertamente la condición pecadora del hombre al presente y la experiencia de la muerte pueden inmovilizar al hombre en un conformismo relativista que todo lo soporta con paciencia y sin entusiasmo. Muy al contrario, la gracia que infunde la fe en nuestros corazones nos ayuda a superar los efectos del pecado, entre los que se encuentran las injusticias y las desigualdades que generan pobreza y marginación. Lo hace tomando como meta de la promoción y defensa de la dignidad de la persona humana, en todos los ámbitos de la vida, su incorporación a la humanidad resucitada del Salvador. La transfiguración de la realidad humana y social anuncia y anticipa en cierto sentido la llegada del Reino de Dios. No es una idea utópica, sino el resultado de la fe en la resurrección de Cristo, que se plasma en la búsqueda y promoción de la justicia y de una verdadera paz social, que sólo puede llegar cuando sean satisfechas las necesidades humanas de los pobres.

         En este sentido, la promoción de la justicia es inseparable de la fe que obra por medio de la caridad. La búsqueda de la justicia forma parte de los que san Pablo llama “duros trabajos del Evangelio” (2 Tim 1,8b). Lo decía con gran énfasis el venerable siervo de Dios Pablo VI, cuando afirmaba que no se pueden contraponer promoción y evangelización. Su pensamiento es bien claro: «Entre evangelización y promoción humana —desarrollo y liberación— existen efectivamente lazos muy fuertes (…) ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la Redención que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir, y de justicia que hay que restaurar» (Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 31a).

         La Cuaresma que estamos viviendo tiene que ayudarnos a lograr en nosotros aquella conversión de mente y corazón que san Pablo pide de los Efesios exhortándoles a la renovación del espíritu de su mente, para poder “revestirse del Hombre Nuevo, creado según Dios, en justicia y santidad de la verdad” (Ef 4,24). La justicia ha de ser vivificada por la caridad, como recordaba el Papa Benedicto XVI en la encíclica Caritas in veritate de tanta trascendencia para el desarrollo contemporáneo de la doctrina social de la Iglesia.

Se trata de alcanzar aquella renovación interior que nos haga verdaderos para ser caritativos, un cambio radical de nosotros mismos que sólo puede realizar en nosotros el Espíritu Santo, que es quien infunde en los corazones la fe que obra por la caridad; la fe que se manifiesta en las obras de amor en favor de nuestros hermanos necesitados. El cincuentenario de la creación diocesana de Caritas nos ha de ayudar a revitalizar nuestro compromiso con los pobres y los marginados, con la promoción de la vida y de la dignidad del ser humano, que Cristo ha redimido con su sangre. La evangelización de nuestra sociedad depende en gran parte de este compromiso, de la capacidad de ofrecer al mundo la imagen del hombre nuevo que tenemos en Cristo.

Que la Virgen María, madre espiritual de todos los discípulos de Cristo, y auxilio de los pobres y los necesitados, de cuantos a ella acuden en la esperanza de ser acogidos en su maternal cuidado de sus hijos, interceda por nosotros, para que logremos seguir en fidelidad el mandamiento del amor de Jesucristo, porque en él, en Cristo Jesús, que “nos amó hasta el extremo” (Jn 13,1b), encuentran cumplimiento toda la Ley y los Profetas, tal como se revela en la hermosa cristofanía de la transfiguración del Señor en la montaña santa.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

16 de marzo de 2014

                                                           + Adolfo González Montes

                                                                       Obispo de Almería

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