Lecturas bíblicas: Lam 3,17-26

         Sal 62

        Rom 6,3-9

        Mt 25,1-13

         Queridos hermanos y hermanas:

        

         El autor del libro de las Lamentaciones habla hoy por todos nosotros para expresar con un grito de auxilio el dolor de la desdicha. Pareciera que la muerte prematura de nuestro Vicario episcopal para el Clero nos hubiera sumido en el sinsentido, desaparecido en entrega plena al ejercicio de su ministerio. Su muerte viene a ser iluminada por las palabras del autor sagrado que llora la ruina de Jerusalén, que cayó cautiva de sus enemigos en el siglo VI a. C. dejando sumida en el llanto a la ciudad santa.

El libro de las Lamentaciones refleja el estado de patética desolación tras la desgracia, y el autor manifiesta este estado de ruina de la ciudad santa tras la derrota con estas palabras: “Se me acabaron las fuerza y mi esperanza en el Señor” (Lam 3,18). Pareciera que la desolación padecida ha inclinado al autor sagrado a pronunciar palabras temerarias que expresan dramáticamente la pérdida de la fe en Dios. Sin embargo, apenas ha tomado conciencia del estado de abatimiento y amargura comparable a la hiel que envenena el alma, confiesa con humildad que Dios es siempre fiel a sus promesas y el fundamento de la esperanza. Hay esperanza, porque hay un Dios de misericordia; porque Dios se compadece y perdona, y la misericordia y la compasión de Dios “se renuevan cada mañana” (3,23).

         Ante la desgracia que nos acecha y la muerte que sale al encuentro de quien no la espera, siempre emerge de la conciencia del hombre abatido la pregunta por el sentido del drama que acaba con la vida. Frente a este grito desgarrador del ser humano, reflejo de la pasión y del amor por la vida como bien irrenunciable, la fe viene a iluminar el sentido de la muerte como tránsito hacia la vida definitiva. El autor sagrado sabe que Dios es siempre fiel y no abandona a su pueblo y concluye esperanzado: “¡Qué grande es su fidelidad! «El Señor es mi lote», me digo, y espero en él” (3,23-24)

         Tememos la muerte porque no tenemos suficiente fe en Dios, que nos ha devuelto la vida cuando ya estábamos destinados a la muerte eterna. San Pablo lo enseña con apasionado entusiasmo: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rom 6,4).

A anunciar esta vida que nos ha sido dada por la muerte de Cristo dedicó nuestro Vicario episcopal don Manuel Menchón la suya, vida mortal y limitada como la de todos los humanos, convencido de que merece perder esta vida por Cristo con tal de ganar a los demás para la vida eterna; la vida sin fin y feliz que Dios da a quienes sin la muerte de Cristo y su gloriosa resurrección estarían destinados a perder definitivamente toda esperanza de superar la propia muerte, que es destino común de todos los mortales. El autor de las Lamentaciones recuerda el verso del salmo, que parece conocer y seguir de cerca: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; / mi suerte está en tu mano: /me ha tocado un lote hermoso, / me encanta mi heredad” (Sal 15,6). Cada uno de nosotros, configurado con la muerte y resurrección de Cristo, puede decir con el salmista que Dios es nuestro haber y el fundamento de nuestra esperanza. Una convicción de fe difícil en estos tiempos materialistas, tiempos sin otra esperanza que la puesta en los bienes pasajeros y la felicidad provisional y transitoria del momento presente. Hasta que somos sorprendidos por la muerte y Dios sale a nuestro encuentro para hallarnos sin esperanza.

No seamos como las vírgenes necias de las que habla la parábola del evangelio, que ahogaron la esperanza en la oscuridad de la noche y se durmieron. Don Manuel sabía que el Esposo de la Iglesia podía llegar y no quiso interrumpir su generosa entrega a las tareas del ministerio, consciente como él era de la insustituible misión del sacerdote. Se había venido recuperando de sus dolencias, pero conocía el estado precario de su salud y sabía cuáles eran sus límites. Quise descargarle de algunas de sus tareas y sólo le convencí de que dejara la Vicaría de la Ciudad. Me decía cuánto le estimulaba servir a los sacerdotes en lo que pudiera como responsable del clero. Confiaba en superar limitaciones de su salud, pero era consciente de ellas y creía con intensa certeza de fe cuanto afirma el Apóstol: “Ninguno de vosotros vive para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor” (Rom 14,7-8). Su lámpara estaba encendida y podía olvidarse de sí mismo, sabiéndose en las manos de Dios; y Cristo, el Esposo de la Iglesia, vino a buscar al amigo para llevarlo al encuentro definitivo con la vida que no termina y es plena participación de la vida de Dios.

Pedimos al Buen Pastor que, cargado sobre sus hombros, sea introducido en el banquete de las bodas eternas, y a nosotros nos dé quien pueda sustituirle, para seguir proponiendo al mundo de hoy que Cristo es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). Pedimos a la Santísima Virgen que interceda por él y maternalmente ampare el perdón de sus faltas, para que nada pueda interponerse en su accenso, acompañado por Cristo, a la casa del Padre de las misericordias.

Iglesia parroquial de Santa Teresa de Jesús

Almería, 17 de marzo de 2014

                                                           +Adolfo González Montes

                                                                    Obispo de Almería

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