“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Nueva a los que sufren (…) para proclamar el año de gracia del Señor” (Is 61,1.2).

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos, hermanos y hermanas:

Estas palabras del profeta Isaías se las aplicó Jesús a sí mismo en la sinagoga de Nazaret, “donde se había criado” (Lc 4,16), según dice el evangelista san Lucas. Jesús lo hizo así para manifestar su misión y, por medio de ella, llevar al descubrimiento de su identidad mesiánica y redentora a la multitud que le comenzaba a rodear en el escenario de la Galilea donde comenzó la obra de evangelización que el Padre le había confiado. Cuando llegue el momento de la polémica agria con sus adversarios, Jesús se defenderá diciendo: “Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es quien realiza las obras” (Jn14,10). La evangelización es justamente eso: hablar las palabras de Dios y hace sus obras. No porque el evangelizador pueda evitar el rechazo del evangelio, sino para darlo a conocer en su verdad. El evangelizador no se anuncia a sí mismo ni tampoco acomoda el evangelio a su propia interpretación, sino que se rige por la actuación de Jesús: “Mi palabra no es mía, sino del Padre que me ha enviado” (14,24).

El paso de la palabra evangelizadora de Cristo a la palabra evangelizadora de la Iglesia consiste en anunciar Cristo mismo como Palabra de Dios encarnada y enviada al mundo para revelar el amor y la misericordia de Dios. Evangelizar —decía el Siervo de Dios Pablo VI— se define “en términos de anuncio de Cristo a aquellos que lo ignoran, de predicación, de catequesis, de bautismo y de administración de los sacramentos. Ninguna definición parcial y fragmentaria refleja la realidad rica, compleja y dinámica que comporta la evangelización, si no es con el riesgo de empobrecerla e incluso de mutilarla” (Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 17).

La evangelización de nuestra sociedad y cultura es el reto que tenemos delante. No somos todos los que seríamos necesarios para llevar adelante la obra de la evangelización en esta hora del mundo y de la Iglesia, pero somos aquellos a quienes el Señor ha confiado la misión apostólica y es nuestra misión alimentar la vida de los bautizados y guiarlos según la mente de Cristo, ejerciendo el ministerio con aquella caridad pastoral que constituye el estilo propio que exige de nosotros el cometido apostólico que se nos ha confiado. Nuestra tentación es la de sustraernos al ejercicio de este cometido. Una tentación que se presenta bajo formas múltiples y diversas, que el Papa Francisco ha definido con tanta precisión y conocimiento de causa en su todavía reciente Exhortación apostólica, de suerte que frente a la “dulce y confortadora alegría de evangelizar” (cf. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, nn.9-13), nuestras excusas son tantas veces expresión inequívoca del absentismo con el que nos apartamos de aquello que se nos ha confiado. Unas veces es la apelación a la salud y al descanso de quien siente insoportable, otras es la libertad de acción con que queremos conducirnos y otras nuestra distancia frente al supuesto inmovilismo de quienes consideramos incompatibles con lo que nosotros pensamos o decimos que es o, lo que es peor, “debe ser” evangelizar. ¡Qué bien nos puede hacer el releer cuanto el Papa dice sobre las excusas con que podemos fácilmente nos sustraernos a nuestro deber de evangelizar!: la preocupación exacerbada por los espacios personales de autonomía y de distensión, la confusión que padecen algunos evangelizadores al identificar la vida espiritual con “algunos momentos religiosos que brindan cierto alivio pero no alimentan el encuentro con los demás (…) aunque oren” (EG, n. 78).

El Papa nos advierte sobre la fuerza de la cultura mediática que nos asfixia mediante la asimilación que nos propone al trabajo profesional remunerado y regulado por una normativa que es ya más resultado de las reivindicaciones convertidas en objeto de sí mismas, que de un sincero deseo de mejor contribuir al bien común. Estamos dominados por una cultura de los derechos y de su ampliación sin contrapartidas. Una cultura que puede llevar la obra evangelizadora a un estilo de vida mediocre. La forma obsesiva con que algunos se ocupan de sí mismos, aislándose del colegio al que pertenecen evidencia “una acentuación del individualismo, una crisis de identidad y una caída del fervor” (EG, n. 78).

Recientemente, la nueva edición del Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros se refiere a este tipo de tentación que ronda al sacerdote de reducir la caridad pastoral al funcionalismo, como si se tratara de “desempeñar determinados servicios y garantizar algunas prestaciones”, en lo cual consistiera la existencia sacerdotal asimilada a un trabajo social más. Por eso, precisa: “Pero el sacerdote no ejerce sólo un «trabajo» y después está libre para dedicarse a sí mismo: el riesgo de esta concepción reduccionista de la identidad y del ministerio sacerdotal es que lo impulse hacia un vacío que, con frecuencia, se llena de formas no conformes al propio ministerio” (Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros [11 de febrero de 1913], n.55).

El Señor nos convoca, queridos sacerdotes, a retomar nuestro ministerio con ilusión y a superar las tentaciones que lo rondan, para seguir siendo instrumentos de la acción de Dios en una sociedad que se aleja del horizonte cristiano de la vida; y para poder llevar a Cristo a todos los que están de hecho fuera de este horizonte, no sólo alejados de la vida cristiana a pesar de su bautismo, sino enteramente ubicados en una sociedad no sólo post-cristiana, sino incluso alternativa a la visión cristiana de la vida.

Por eso hemos de reavivar en nosotros, queridos sacerdotes, la gracia de la ordenación sacerdotal y sentir en nosotros sus efectos eficaces, que nos integran en la acción colegial del presbiterio y la plena comunión con el Obispo como sucesor de los Apóstoles y principio y fundamento visible de la unidad de la Iglesia diocesana. La alegría de evangelizar se vive en la conjunción y convergencia de esfuerzos de todo el colegio presbiteral en la acción pastoral y evangelizadora.

No podemos engañarnos, si todavía hay algunos que puedan pensar as; no se torna útil o legítimo el ministerio por su eficacia instrumental en favor de los necesitados y los pobres, sino que la eficacia del ministerio se expande y se manifiesta en la preocupación por ellos. La evangelización de los pobres es un signo de la llegada del reino de Dios en Cristo, cuya caridad divina alimenta la fraternidad humana alentando el servicio a los más necesitados; pero esta evangelización es resultado de la proclamación ineludible de la conversión corazón a Dios y de la acogida del evangelio de Cristo, único Redentor y Salvador de la humanidad. Nada ha resultado más estéril que la inoportuna oposición entre evangelización y vida sacramental de la Iglesia, porque la meta de la evangelización es el bautismo de cuantos vienen a la fe y su culmen es la Eucaristía.

Esta misa crismal es la expresión hermosa en su propia colación, cuajada de simbolismo sacramental, de la verdadera meta de la evangelización: la participación de los creyentes en Cristo de la vida divina a la que accedemos por medio de la acción sacramental de la Iglesia. Pongamos el mayor empeño en fundamentar bien la iniciación cristiana y en guiar a la plena integración en la comunidad de la Iglesia a los bautizados. El ejercicio del ministerio exige una ordenación razonable de las diversas tareas y oficios eclesiásticos que se nos confían, sin aislarnos del colegio presbiteral y siguiendo las orientaciones del Obispo; confiando en que la gracia de nuestra ordenación sostiene nuestra existencia sacerdotal y ésta se nutre de su acción eficaz en nosotros.

No podemos perder la fe en la acción de la gracia sacerdotal en cada uno de nosotros, a los que Dios ha llamado para secundar la acción de Cristo haciéndole sacramentalmente presente como portador la misericordia del Padre. Una actuación sacramental en la que la administración del perdón adquiere en la confesión y en la dirección espiritual una particular dimensión sacerdotal, mediante el ejercicio del ministerio de las llaves. Esta acción medicinal va unida a la que mediante la unción de los enfermos sólo pueden administrar los sacerdotes como ministros ordenados para actuar en la persona de Cristo, sin separar la acción pastoral y de orientación y consuelo espiritual de la acción sacramental. No es indiferente o discrecional que el sacerdote administre este sacramento a los fieles verdaderamente enfermos, que esperan justamente del sacerdote, de su palabra y de su cercanía y caridad pastoral la experiencia de la divina misericordia.

Al acercarse la canonización de los bienaventurados papas Juan XXIII y Juan Pablo II su magisterio se hace cauce singular de la verdad de la fe que ellos proclamaron y propusieron con voluntad de esclarecer la tradición de fe para nuestro mundo, a la altura de la sociedad de nuestro tiempo. El buen Papa Juan se comprendía a sí mismo como párroco de pueblo y Dios lo hizo timonel de la Iglesia a mitad del pasado siglo, en una singladura histórica compleja, para orientar su camino hacia los nuevos tiempos. El Papa Juan al convocar el Concilio último, confió su éxito a las oraciones de todos, pero de modo particular a las oraciones de los niños y de los enfermos y a los que sufren —decía— “para que sus dolores y su vida de inmolación, en virtud de la Cruz de Cristo, se transformen y alcen en plegaria, en redención, en fuente de vida para la Iglesia” (Juan XXIII, Carta apostólica Humanae salutis [22 diciembre 1961], n.8).

Juan Pablo II, evangelizador con talla de gigante, recorrió el mundo llevando el mensaje de Cristo redentor, nos legó la encíclica Salvifici doloris, en la que ahondó en el sentido salvífico del dolor, que él mismo soportó ante el asombro de todos, sin dejar de ejercer su misión pastoral, aceptando con humilde sometimiento a la voluntad de Dios la enfermedad hasta su fase terminal.

Que la intercesión de estos santos pontífices romanos, unida a la de la santísima Virgen María, Madre del Redentor, y la de san José, su castísimo esposo, nos ayude a alcanzar la fidelidad a Cristo que nos llamó a seguirle para estar junto a él y cooperar con él mediante el ejercicio del ministerio al servicio del Evangelio. Que así sea.

Lecturas bíblicas: Is 61,1-3a.6a.8b-9

     Sal 88,21-22.25.27

     Ap 1,5-8

     Lc 4,16-21

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 16 de abril de 2014

                                               + Adolfo González Montes

                                                      Obispo de Almería

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